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Me gusta releer, y lo he hecho muchas veces, a gusto, poema por
poema, lentamente, con largas pausas, El
arte de callar (poemas de Rodolfo Alonso. Alción Editora, Córdoba,
Argentina, 2003, 112 pp.) Los horizontes son múltiples, muy diversos, cada
poema tiene el suyo, el que le da su razón de ser y lo ubica en la estela
que despliega, como en el instante mismo en que tuvo lugar el impacto con lo
real. Pero la mirada es siempre la misma, y es ella la que sería necesario
poder asir si se quisiera absolutamente unificar las perspectivas. Pero
precisamente, parece que no es necesario hacerlo, y dejar por el contrario
que la vida se despliegue, se extienda, se expanda según un destino que le
es propio y que nada en el mundo puede prever: estamos en la indeterminación
real, estamos liberados por fin de toda teleología (la que desde hace más
de dos mil años nos impone la civilización occidental platónico-cristiana).
Dicho de otra manera estamos en una región que sólo percibe y puede
recorrer la poesía en su libertad absoluta, y así resulta, me parece, que
si la mirada es única, la visión, o el “ver” es, por naturaleza, para
siempre múltiple. El “ver”, porque es necesario desconfiar del siempre
posible relente de mesianismo que ofrece la “visión”, el “ver”
descubre, revela lo real por medio de la mirada, y esa mirada, en Rodolfo
Alonso, desde siempre, es no solamente de una rara agudeza, sino como
marcada, en su naturaleza misma, por una suerte de empatía, e incluso (no
vacilemos en emplear una palabra que nuestra cultura ha vuelto obsoleta), de
bondad. Diría más ampliamente de generosidad. Pero nos encontramos mucho más
allá de toda sentimentalidad a flor de piel, o de psicologismo primario;
estamos, con esta obra (no solamente esos últimos poemas) al nivel del
afecto fundamental que un gran filósofo como Erwin Strauss sitúa en el
corazón de su pensamiento: “En el sentir, estoy yo y el
mundo, yo con el mundo”. Esta
cita, se la tomo a Henri Maldiney de una de sus obras capitales, Abrir la nada, el arte desnudo
(Ed. Encre marine, 2000, p. 290). Ese
“sentir”, es evidentemente nuestra capacidad de emoción frente a los
acontecimientos que no cesan de atravesar nuestro yo en sus relaciones
consigo mismo y con el mundo. Y cada uno de los textos de El arte de callar fue provocado por una emoción esencialmente
generosa experimentada después de un encuentro con el otro, con el mundo.
No es por nada que este poeta ha conservado las fechas de cada uno de sus
poemas: son la forma libre que ha tomado, cada vez, un contacto
–generalmente doloroso— con el exterior. Es decir que el instante del
impacto ha permanecido esencial, no ha perdido nada de su fuerza, da incluso
el sentido de la universalidad que él desencadena. Porque si el choque
continúa siendo perceptible, es su irradiación la que le da su verdadero
alcance. Y la transferencia de uno a otra, del impacto a la irradiación está
totalmente impregnada de generosidad, de su
generosidad, es decir de su participación sensible –la del
“sentir”— en la vida que lo une con el otro, con los otros, con el
mundo. Una de las características de ese “sentir”, es justamente esa
bondad de la que hablaba, y que es infinitamente sensible en cada uno de sus
textos. Es ciertamente uno de los raros poetas que conozco que trasciendan
de un golpe todo el sentimentalismo banal que puede nimbar a la bondad. Hay
seguramente otra cosa allí. Está la “apertura”, en el sentido que le
daba Rilke y que asegura a estos poemas su espacio que excede siempre a eso
que la “literatura poética” impone tan a menudo. Cada texto da salida
al aparecer de una presencia interna, inmanente, y justamente suscitada o
provocada por el “acto” poético. Presencia a la vez íntima,
personalizada, y también despersonalizada porque situada de conjunto al
nivel de una “común presencia”, como diría nuestro amigo Gonzalo Márquez
Cristo siguiendo a René Char. Se podrían percibir algunas influencias en
los poemas de esta colección, pero sería un error: hay escrituras
diferentes, según el clima y las perspectivas en que se encuentra o se
ubica. No está lejos de hacerme pensar en las “ventanas simultáneas”
de Robert Delaunay, rilkeanamente abiertas sobre el mundo, pero a partir de
las cuales esa misma mirada de la que hablaba, ese “ver” de una cierta
manera, se despliega. Esa “común presencia” es el lugar mismo donde se
manifiesta su generosidad, es decir donde se manifiestan sus actos de
conciencia (quiero decir sus poemas), donde sus miradas sobre el mundo le
permiten una participación estrecha con los acontecimientos que allí se
producen. De donde la diversidad que el “ver” favorece por la mirada
siempre renovada, siempre “sensible” enfocada sobre esos
acontecimientos.
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Fernand Verhesen (Bruselas, 1913). Fundador del Centre International
d’Études Poétiques, de su Courrier
y de la Bibliothèque Internationale de Poésie. Incansable traductor de la
mejor poesía española e hispanoamericana, a la cual dedicó numerosas
ediciones. Publicó, además, muchos libros propios de poesía y ensayo. Los
más recientes: Secrète assonance (Le Taillis Pré, Châtelineau, 1990), Lieu d’être (L’Arbre à paroles, Amay, 1991), Propositions (Le Courrier, Bruselas, 1994), L’instant sans appel (Le
Cormier, Bruselas, 1996) y Nulle part,
ici (Le Cormier, Bruselas, 2001).
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