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Rodolfo
Alonso (Buenos Aires, 4 de octubre de 1934) tiene una larga y prestigiosa
trayectoria como poeta, traductor y ensayista. Sus más de veinte libros
han cosechado numerosos premios. Acaban de otorgarle el Premio Konex.
A
favor del viento es una muy cuidada edición que rescata los seis
primeros libros de Alonso, que en su prólogo anota: “Este milagroso
volumen viene a reunir, tan milagrosamente como fueron producidos, entre
la última niñez y la primera juventud, aquellos seis primeros libros de
poesía.” El prólogo es extenso y entusiasta, una interrogación que
pretende aproximarse a ese joven que acaso pueda contestarle al hombre
adulto la pregunta que ahora hace allí: “¿De dónde surge la inclinación
por la poesía?” Nacemos en el lenguaje y como lenguaje; somos lenguaje.
Alonso contesta y no contesta, transcurre: “La lengua venía de la vida,
y era también la vida.” Eso es lo que experimentó el niño que se abría
a las palabras. “Y al mismo tiempo hay que volver atrás. Porque nunca
ha podido decirse nada del todo.” Esto es lo que sabe el hombre que
ahora relee aquellas palabras. Y sin embargo eso no ha desaparecido, ha
madurado. Hay un origen sacral, osado y convencido, una raíz.
Lo
que se revela en aquellos seis libros iniciales es una fuerza poética;
hay en ese primer aliento entusiasmo, esperanza y certeza. Así lo expresa
en Salud o nada, el primer libro: “la muerte ha de morir /
sabemos lo que amamos / sobre qué piedra sobre qué raíz / habrá que
aventurarse” (página 43). Y en Buenos vientos, el segundo libro,
se establece un solo pecado original: “Ha malgastado su silencio.”
(60). El tercer libro, El músico en la máquina, revela ya la
afinidad espiritual que Alonso siempre ha tenido con el Camus de Bodas
y El verano (textos que insisten también sobre la infancia y la
juventud): “El árbol crece, la tierra gira y vence: los párpados arden
en el sol.” (74). Y también: “Aire de la mañana, blanco, sorprendido
en su gracia.” (76). (Camus dice: “No es que hayan leído las tediosas
prédicas de los naturalistas... es que están bien al sol.”)
Ya
en el cuarto libro, Duro mundo, esas certezas físicas y lenguajes
inmediatos quieren tornarse comunión, necesidad de los otros: “quisiera
hablar de mí / sin olvidar a nadie” (84); “y para recordar / sé cuánto
pesa la esperanza // la esperanza / tu mano sobre mí” (85-86). El
contacto con la naturaleza también puede abrir hacia los otros; así, en
el quinto libro, El jardín de aclimatación, en la página 105:
“Esta noche respira. / Es vida sin usar, silencio abierto, amores que
creímos abandonar. / Mi soledad que cede.” Y en el hermoso poema
“Gente del río”, que es cercano a Alberto Caeiro: “Libres al bajo
sol, los isleños maniobran dulcemente sobre el lomo del agua. / Sus
embarcaciones se nos adelantan con intolerable rapidez. / Sus brazos
crecen. Sus cuerpos cultivados por el tiempo conocen la alegría de estar
en el mundo, la única seguridad. / Nosotros podemos saludarlos de lejos
con un gesto.” (112).
El
sexto y último libro, Gran Bebé, está hecho de exhuberancia y de
avidez: “Ejerzo la desocupación más definida: no estoy harto de
nada.” (121). “Yo ceno como Dios. Lo siento en la garganta.” (122).
“Gran Bebé acaricia el pan antes de comerlo.” (122). “Gran Bebé
tiene confianza.” (130).
Rodolfo
Alonso se proyecta y se seguirá proyectando desde allí, por ejemplo
desde los dos últimos versos de este libro: “Y estas son tus palabras y
tus gestos, tus alabanzas y tus decisiones, lo mejor de ti mismo.”
(133).
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