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Hay
poetas que han necesitado una más o menos larga serie de ensayos hasta
encontrar el propio tono personal. Hay otros que desde el primer libro
publicado pareciera que han dado con el registro de voz que caracterizará
el resto de su obra. Este segundo caso, según nos lo muestra A favor
del viento. Poesía reunida 1952-1956, es el de Rodolfo Alonso. Hay
asimismo poetas cuya escritura ha remado en general contra la corriente poética
de su tiempo, inactuales por vincularse con épocas anteriores o por
anticipar épocas por venir. Hay otros, en cambio, que desde un primer
momento parecieran haber captado la orientación central, la estrella
polar estética de su tiempo, y hacia allí dirigen su obra. A favor
del viento, diría, es un ejemplo de esta segunda modalidad.
Rodolfo Alonso, en una
especie de autorretrato de poeta que traza en el prólogo del libro,
recuerda unos versos de Rafael Alberto Arrieta descubiertos en su libro de
lectura de segundo grado: “Sol de la mañana, / gloria del invierno”
(pertenecen al segundo poemario de Arrieta, El espejo de la fuente,
de 1912). En esos versos el niño se asoma al resplandor de la palabra poética,
que ilumina y entibia imaginativamente aún en la soledad matinal de la
existencia (la infancia melancólica que el autor rememora), aún en el
desamparo invernal de una época infeliz. En los años en que Alonso
comienza su obra la generación de Arrieta –tan valiosa poéticamente--
ingresaba en la sombra, de la que aún no ha salido; la mayoría de los
autores vanguardistas de los años 20 desde hacía dos décadas
aproximadamente se hallaban de vuelta de su vanguardismo juvenil y construían
obras de clásica modernidad (el caso ejemplar, claro, es el de Borges);
la lírica neorromántica surgida en la década del 40 tenía para
entonces una amplia difusión en diarios y revistas (todavía era el
tiempo en que un suplemento literario podía dedicar toda la página de
portada al poema de un nuevo autor argentino), pero su perfección misma
ostentaba cierto lustre de anacrónico manierismo estilístico...
Evidentemente, estaba sonando la hora de una transformación en la poesía
nacional, y a ese llamado acudieron paulatinamente --quienes antes,
quienes después-- los poetas que la crítica ha definido, con cierta
indefinición, como la generación del 50. Esta transformación es, a mi
juicio, la ruptura más profunda que se haya dado en la tradición poética
que inició el modernismo en la Argentina, al menos si tenemos en cuenta
sus efectos a lo largo de la segunda mitad del siglo XX. Se trata de un
cambio al mismo tiempo renovador y restaurador, en la medida en que
convertirá en “canon” compartido cada vez por más autores lo que había
sido aventura de unos pocos en las vanguardias históricas de las primeras
décadas del siglo. Creo que el nombre de neovanguardismo es el que
mejor les cuadra a las distintas tendencias que toman impulso en los años
50, cuyo vehículo de expresión paradigmático y englobador es la revista
Poesía Buenos Aires (1950-1960). Es este el aire estético que
sopla en los poemas que Rodolfo Alonso reúne ahora en A favor del viento.
Llama
la atención que en libros y plaquetas cuya redacción pertenece a años
“entre la última niñez y la primera juventud” del autor, éste haya
tomado tan decididamente el rumbo de la nueva poesía y la orientación
que guiaría el resto de su obra, con las lógicas variaciones que pueden
aportar los años. En este sentido, para aproximarse a la experiencia de
la formación del poeta, así como de la generación a la que pertenece,
son muy significativas las páginas de su “Aviso al lector
desprevenido”, que previamente habíamos leído en su Antología
pessoal publicada en Brasil. sus sentidas rememoraciones y sus lúcidos
análisis retrospectivos pueden inducir, no obstante, a una fácil confusión:
la de juzgar esta “poesía reunida” como obra de madurez. No es así,
claro. Esto se advierte, a mi ver, en varios signos, y en primer lugar
justamente en la excesiva madurez que los textos aparentan: es normal que,
a la edad en que esos textos fueron compuestos, el “artista cachorro”
busque mostrar las garras de un león adulto.
En
este libro el lector puede encontrar, en su estado naciente, los motivos
que desarrollará el poeta en su obra futura, así como no pocas de las señales
estilísticas que alumbrarán el espacio de la poesía argentina en los años
50 y 60. Entre tales señales, destacaría el recurso a la expresión aforística
(“nuestra orilla es un eco / una sola palabra que buscamos / para
abrevar el mundo”), la incursión en la poesía en prosa, el verso libre
como verso “moderno” por antonomasia, la elusión de la anécdota explícita,
la economía verbal, la analogía entre dimensiones distantes, casi
inabarcables, de raíz surrealista... Entre los motivos, distinguiría el
esplendor epifánico de la mujer; la ciudad como el lugar donde se juega
el destino del hombre contemporáneo; la naturaleza como fuente inagotable
de poesía y de felicidad; la solidaridad del solitario, consciente del
sufrimiento de los otros y de los límites del arte para aliviarlo; la
esperanza a pesar de todo, a pesar incluso del rencor que asedia a quien
se siente un extraño en la sociedad en la que vive... Y, lo mejor, el
lector puede hallar aquí y allá en esta compilación de los inicios de
un verdadero poeta esas líneas que invitan a ser dichas y repetidas en la
soledad, esos extraños amuletos de palabras que nos ayudan a sobrevivir:
“Aire abierto de la noche, ciñendo tu silencio. // Aire de la mañana,
blanco, sorprendido en su gracia.”.
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