Comentario sobre la vejez.
Tonado de un trabajo del autor presentado en la Maestría de Salud Pública (U.B.A.).
Buenos Aires,1999.
EL VIEJO Y EL MAR
Por Rodio Raíces
“El viejo y el mar” es el título de un libro de Ernest Hemingway, Premio Nobel de Literatura 1954, cuyo nombre he copiado por su fuerza expresiva, para dejar planteada la problemática social del anciano: una ISLA, el viejo que se AISLA y que se asola -de una parte-, roseado del mar, la sociedad bullente que lo contiene, lo rodea, y hasta lo enquista -por la otra-.
En primer término creo necesario referirme a las tiempos del hombre.
Se ha dicho – y con razón - que el ser humano tiene no una sino varias edades:
A) La edad del calendario, que se mide generalmente desde la fecha del nacimiento, pudiendo hacerse también desde la concepción. Actualmente se aceptan los 65 años como límite inferior de la última etapa de la existencia.
B) La edad que los otros consideran que tenemos.
C) La edad que uno siente como propia.
D) La edad de cómo vivimos.
E) La edad de nuestro cuerpo (tejidos, órganos y funciones), de la que informan nuestra capacidad física y el rendimiento intelectual.
F) La edad según la prevalencia de las enfermedades.
G) La edad de acuerdo a la inserción en el contexto social.
H) La edad en razón de la capacidad de adaptación al cambio.
I) La edad según los rasgos caracterológicos.
J) La edad del comportamiento sexual.
También se dice que la vejez puede dividirse en dos períodos:
- Presenilidad, en que el individuo se encrespa contra la inminencia del fin de su vida (momentos de rebeldía), que generalmente sucede antes de los 75 años.
- Senilidad, en que sobreviene la aceptación de esta realidad (momentos de resignación), comúnmente luego de los 75 años.-o-O-o-
Según el célebre naturalista Georges Leclerc, designado por Luis XV como conde de Buffon (siglo XVIII), los animales pueden vivir hasta una edad dada por la cifra obtenida de multiplicar el tiempo de crecimiento de sus huesos (20 años para los seres humanos) por el número 7, siendo disminuido éste número a 5 por el fisiólogo francés Pierre Flourens, en el siguiente siglo. Estas concepciones establecen un término parecido al señalado por los egipcios, que fijaban en 110 años el límite de la existencia humana, risueñamente presumo, por la influencia benéfica de Imhotep, dios de la Medicina al que se le atribuían algunos importantes tratamientos de rejuvenecimiento.
Es de interés señalar que animales evolucionados, como los monos antropoides, y también los hombres primitivos, solían respetar y hasta venerar a los más viejos, especialmente por la experiencia recogida en su trajinar, pero al notar notorios signos de debilidad los eliminaban, o los expulsaban del grupo, o los abandonaban a su suerte (tal vez como un acto de venganza - se ha interpretado - contra el poder omnímodo y despótico ejercido hasta entonces por los viejos; según otra concepción, a causa de la rémora producida por estos en la dinámica del grupo. La citada actitud era especialmente frecuente en los pueblos nómades y semi nómades (porque los viejos dificultaban su desplazamiento y acción).
Algunas filosofías orientales aceptadas en China y en Japón (sobre todo el confucionismo) que tenían al saber como la máxima virtud, variaron la tesitura mencionada respecto de los mayores, desde que identificaron a la vejez con la sabiduría.
De igual modo se expresaba La Biblia de los judíos, al indicar que los ancianos debían ser honrados y obedecidos; lo que sentó las bases de una sociedad patriarcal. El Sanedrín, supremo Tribunal que dictaba leyes y establecía la relación con los romanos que ocupaban Palestina, estaba constituido totalmente por viejos. Lo cual se correspondía con el Salmo 16: “Corona de honra es la vejez, que se halla en el camino de la justicia”, y con el Eclesiastés, el libro de Salomón: “la experiencia es la corona del anciano”.
Los griegos creían por lo general que la juventud era la única edad digna de ser vivida, lo que no impidió que el historiador Homero uniera en el rey Néstor a la sabiduría y a la justicia con su vejez, atribuyéndole por añadidura el ímpetu de los demás héroes que invadieron a Troya.
El legislador Solón, que vivió entre 638 y 559 a C. - y fue considerado el padre de la democracia de Atenas - hizo ponderaciones de la vejez y les ddio a sus titulares el poder de la Ciudad. Y aunque Píndaro, el mayor vate lírico de los griegos ensalzara la ancianidad, los poetas Mimnermo de Colofón, Teognis de Megara y Anacreontre de Teos, entre otros, sólo cantaron a la juventud y a la vida, mientras Aristófanes y Menandro ridiculizaban a los viejos en sus comedias.
Los espartanos, contra lo que podría pensarse por sus actitudes toscas y aguerridas, eran muy respetuosos de los viejos y nombraron a 28 de estos como miembros de la Gerusia, aunque eran convocados por 5 éforos más jóvenes.
Si bien Platón asignó a la vejez un destacado papel político en La República, y recomendó la veneración de los viejos por sus descendientes en Las Leyes, no tardaría Aristóteles, su egregio discípulo, en destacar la falta de cualidades que caracterizaban a las personas mayores: EGOISMO, MEZQUINDAD, RETICENCIA, DESCONFIANZA, FALTA DE VERGÜENZA y CÚMULO DE ERRORES, contrapuestas al FERVOR, APASIONAMIENTO y MAGNANIMIDAD de los jóvenes, a los que prefirió en su Política, para el ejercicio del poder.Los romanos, aunque al principio arrojaban a los viejos desde el puente - para que se ahogaran - más tarde hicieron el Senado (formado por ancianos), cuerpo que produjo un orador como Marco Tulio Cicerón (106 - 43 a.C.), autor del libro De Senectus (Sobre la Senectud o Ancianidad), en que Catón el viejo, un lúcido octogenario, argumenta contra los prejuicios acerca de los gerontes. A su tiempo también se conoció a Séneca (4 a.C. a 65 d.C.), sabio de la Córdoba española que defendió la vejez en sus Cartas a Lucilio. Mas en la vereda de enfrente – como pasó entre los griegos – se colocó un grupo detractor de las virtudes de los viejos, como los célebres Plauto, Horacio y Marcial.
El cristianismo - de su parte - que destacó la primacía del amor entre los hombres, no sólo predicó el respeto por las personas de edad, sino que lo hizo desde el ángulo de su ínsita dignidad espiritual. San Pablo, en su segunda Epístola a los Corintios, capítulo 4, versículo 16, dijo que la vejez es una fase de la vida en la cual “aunque nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior, no obstante, se renueva día a día”.
Durante el Bajo Imperio y la Alta Edad Media no gobernaron los ancianos, a excepción del rey visigodo Gisdasvinio y del emperador Carlomagno, ambos más que septuagenarios.
Y esto sucedió durante toda esa época de la Historia, en que predominaron las figuras de los caballeros, capaces de empuñar una espada y de blandir una lanza, y galantear a las damas, que ejercieron en sus castillos la maravillosa influencia de la dulzura y del amor.Rara excepción fue la República de Venecia, donde se instaló una gerontocracia, en virtud de la revalorización de la experiencia y la sabiduría, valiéndose destacar el caso de Enrico Dándolo, que a los 80 años, aun ciego, fue nombrado Dux, y a los 90 probó su fortaleza cruzando el Bósforo y puso sitio a Constantinopla, que cayó en 1203, edificándose sobre las ruinas de los griegos el fuerte imperio de los latinos.
Tiempo después Alfonso X el Sabio (1221-1288), rey de Castilla y de León, y una de las más eminentes figuras políticas y culturales de toda la Europa medieval, escribió una cuarteta que destaca ciertos placeres originados en lo antiguo:
Viejo amigo a quien hablar,
viejo vino que beber,
vieja leña que quemar,
viejo libro que leer.Lo que no obsta reconocer el histórico hecho de la ponderación de la fuerza de los jóvenes, y su importancia en las lides.
Para que ninguno quedara excluido de los beneficios del vigor, la literatura de la época creó la fuente de Juvencia y la isla de Avallon (donde nadie envejecía ni moría, a excepción de los viejos que la abandonaban). En consonancia con este ideal surgieron los alquimistas que deslumbraban con el “elixir de la larga vida”, y se fabricaron los “talismanes para el rejuvenecimiento”, que se adquirían al elevado precio que la fe les adjudicada.
Durante la Baja Edad Media, en cambio, el nacimiento de los burgos o centros urbanos - donde se entronizó el comercio - hizo posible la existencia de algunos viejos que atesoraban riquezas y las empleaban para deslumbrar a las bellas y obtener sus favores. Estos nuevos personajes fueron ridiculizados en el Decamerón por Giovanni Boccaccio (1313-1375) y en los Cuentos de Canterbury por Geoffrey Chaucer (1343-1400). Y aunque el médico musulmán Avicena (980-1036), y el científico y teólogo inglés fray Roger Bacon (1214-1294), hurgaran en el envejecimiento, nada se ahondó por entonces en un tema harto difícil de por sí.
Durante el siguiente período del Renacimiento, que enalteció la belleza física y actualizó la admiración por el desnudo que tanto había seducido a los griegos, la vejez no inspiró para nada a los magníficos pintores y escultores (los más grandes de todos los tiempos), a excepción de unos pocos como Rafael, Tiziano y el Tintoretto, que tomaron modelo en los viejos para retratar a sus santos.Las monarquías hereditarias entronizaron en el poder tanto a jóvenes como a viejos, según correspondiera a la línea sucesoria, y sería extensa e innecesaria la mención de las edades aun de los personajes sobresalientes que posaron para los artistas.
Lo mismo vale en las publicaciones médicas y literarias sobre el tema.Así arribamos al siglo XVIII, que ve crecer la población en Europa, a expensas de una disminución de la mortalidad infantil. Y en que comienzan a publicarse trabajos sobre la anatomía y la fisiología de la vejez, entre ellos el libro “Medicina gerontocomía” del inglés John Floyer y el “Informe sobre el estado del cuerpo y de la mente en la vejez” del norteamericano Benjamín Rush.
A partir de aquí se hizo necesario un enfoque distinto y no tardó en aparecer la figura de Thomas Robert Malthus (1766-1834), economista y clérigo británico, catedrático de Economía Política e Historia Moderna, antecedentes estos que lo avalaban para exponer con autoridad una teoría sobre el tema demográfico, que es parte de la gerontología en cuanto que esta rama trata no sólo los problemas biológicos de la vejez, sino también los sociológicos y económicos. Su ponencia, publicada en el libro Ensayo sobre el principio de la población (1798), manifestaba que ésta tiende a crecer más rápidamente que la oferta de alimentos disponibles para sus necesidades. Cuando se produce un aumento de la producción de alimentos superior al crecimiento de la población, se estimula la tasa de crecimiento; por otro lado, si los habitantes aumentan demasiado en relación a la producción de alimentos, el crecimiento se frena debido a las hambrunas, las enfermedades y las guerras. La teoría de Malthus contradecía la creencia optimista, prevaleciente en el siglo XIX, según la cual la fertilidad de una sociedad acarrearía el progreso económico. La teoría maltusiana logró bastante apoyo y fue muchas veces utilizada como argumento en contra de los esfuerzos que pretendían mejorar las condiciones de los pobres.En honor a la brevedad omitiré la mención de las obras de Moliere, Swift y Beaumarchais, así como las concepciones de Arturo Schoopenhauer, un filósofo que, pese a su intrínseco pesimismo, expresó que la vejez “puede ser una parte muy tolerable de la vida” ya que desde allí se concluye en la vanidad de todas las cosas. Empero no puedo resistir la tentación de citar a Juan Wolfgang Goethe, que murió octogenario en 1832, un mes después de concluido su FAUSTO. La primera parte había sido publicada en 1808, aunque se ha encontrado una versión anterior de 1773, con antecedentes de algunas obras similares del siglo XVI, y las traídas a la Alemania del siglo XVIII con los espectáculos de marionetas, que de niño impresionaron al autor y lo motivaron a dedicarse a este tema durante toda su vida.
El personaje central cabe en la figura del viejo y frustrado Dr. Fausto, que habiendo dedicado sus años mozos a la lectura y a la ciencia, vende ahora su alma al diablo a cambio de la juventud, que le es concedida, y con la cual seduce a una inocente joven, Margarita, de la que tiene un hijo. Los diálogos entre Mefistófeles y el doctor Fausto evidencian la concepción de Goethe sobre la vejez y los medios para evadirla, sin soslayar el tratado de la sexualidad.El siglo XIX presenta un panorama demográfico muy especial: casi se duplica la población europea en virtud de la modificación de las tasas de natalidad y mortalidad, con aumento del número de viejos. Se plantea desde entonces el problema sociológico actual de un grupo etáreo provecto y pauperizado, parte de un proletariado surgido de la industrialización y hacinamiento en las urbes, causante del despoblamiento rural.
Frente a estos cuadros descarnados de viejos y chiquillos sumidos en la miseria, con poco tiempo para prodigar el amor, Víctor Hugo en Francia (autor de La leyenda de los siglos) y Carlos Dickens en Inglaterra (que escribió El almacén de antigüedades), establecen en sus escritos - y con ello ejemplifican y proponen - una conmovedora relación afectiva entre los ancianos y los niños, esos dos extremos de la vida que naturalmente poseen tamañas similitudes y se profesan tanto afecto.Muchos siglos han pasado desde que se enunciara que la vejez era una enfermedad (el senectus morbus ipsa est de Terencio) y desde que se dijera que esta edad sólo exponía a los males crónicos (el senectus longuis morbis patet de Celso), pasando por el concepto de Claudio Galeno, que ubicaba a la vejez a mitad de camino entre la salud y la enfermedad.
Desde 1899, en que Magnus Levy descubrió la disminución del metabolismo basal en el anciano, y desde 1905 en que Sir William Osler confirmó alteraciones anatómicas e histológicas en el cerebro y en el músculo de los viejos, han transcurrido casi diez décadas. Los progresos científicos y tecnológicos, desde entonces, han alcanzado dimensiones colosales, y la tasa de mortalidad ha disminuido: el mundo cuenta casi con 600.000.000 de personas de más de 65 años. Con ello han surgido nuevos problemas que necesitan de modernos enfoques para hallar una solución inteligente, adecuada y humanitaria. Porque sin esta última cualidad - el amor - la mente del hombre noo habría imaginado el cenit y todo su empeño fuera ni el atisbo de su realidad trascendente.=
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