Salón de Notables
del Hospital Rivadavia:
Samuel Molina.

SAMUEL  MOLINA,

“EL  DIRECTOR”

DEL  HOSPITAL RIVADAVIA

Por el Dr. Rodio Raíces

***
Uno de los episodios más tétricos de la Historia de Buenos Aires, patéticamente plasmado en el lienzo por el uruguayo Juan Manuel Blanes, ese mismo año, fue la epidemia de fiebre amarilla de 1871.
    De enero a julio murieron 13.614 personas. Ausentes éstas y las del éxodo, los 190.000 habitantes de la Ciudad quedaron reducidos a unos 60.000 apenas, de los que sólo un puñado se dispuso a la ayuda.

    Las damas de Beneficencia, reunidas diariamente en lo de Josefa del Pino (que sucumbiría en el combate) decidieron constituir un lazareto en la llamada “quinta del Dr. Leslie” (de Azcuénaga y Córdoba), a cuyos efectos concurrieron las hermanas del Huerto, el practicante Pedro F. Roberts y el Dr. Adolfo Señorans, todos del Hospital de Mujeres.
    La atención se inició con 25 camas, y se atendieron - desde el 28 de marzo hasta el 7 de julio, en que se clausuró el local - 338 enfermas, escapando de la muerte sólo 171 (o sea casi la mitad).

    El mencionado profesional, que se encontraba al frente de la Casa desde 1856 (quince años trabajando gratuitamente), cayó heroicamente en cumplimiento del deber. Su ayudante enfermó también, pero la fuerza de la juventud venció al virus y, una vez recibido, se lo colocó al frente de la institución.

    Haciendo uso de una beca para especializarse en Oftalmología, el 2 de junio de 1873 el “médico de Sala” Dr. Roberts solicitó licencia por el término de dos años para viajar a Europa, proponiendo en su reemplazo a Samuel Molina, que había sido practicante del Hospital hasta la cercana fecha del 10 de octubre de 1872. El flamante galeno, que asumió enseguida como “médico de entrada”, recién aceptó formalmente su nombramiento el 12 de septiembre de 1875, tal vez esperando el regreso de su antecesor, que lo hizo tardíamente al año siguiente.

    Al hallar ocupado el sillón, a su regreso, Roberts se molestó sobremanera y el 2 de junio de 1876 presentó una carta de protesta, mas su voz fue desoída por la Sociedad de Beneficencia y Molina continuó al frente del Hospital, bien que explicando la dignidad de su conducta en nota que fechó el 2 de julio. Tal episodio no eclipsó sin embargo la estrella de Roberts, que fue nombrado profesor sustituto de Oftalmología y Clínica el 27 de mayo de ese año, siendo designado en 1880 presidente (fundador) de la Cruz Roja Argentina, y tiempo después director (fundador) del Hospital de Ojos Santa Lucía, administrado por la misma Sociedad de Beneficencia.

    Molina se mostró diligente en el proceder y hábil para organizar, al través de todo su mandato, siendo de su iniciativa la instalación de los primeros Consultorios Externos de que se tenga noticia, medida revolucionaria para la época (año 1880).
    Al efectuarse el traslado del nosocomio a Palermo (en 1887) nuestro doctor debió planificarlo o improvisarlo todo, sin renunciar a la titularidad de la docencia en Partos ni a la jefatura de la Maternidad
(situada ahora en el novísimo Pabellón N° 5).

    El profesor Molina tuvo más de un entredicho con las damas de Beneficencia, pese a la profunda devoción que éstas eternamente le profesaron, de lo que informa el acto público de reconocimiento a su labor, realizado en 1917. Un áspero roce sucedió por ejemplo en 1918, el día en que el Dr. Peralta Ramos fue puesto a cargo de su Servicio, debiendo resignar la jefatura - a regañadientes - para seguir s&oaccute;lo al frente de la dirección del establecimiento.

    En pos de un mejor cometido, este buen catamarqueño compró en 1899 un lote de tierra a espaldas del Hospital (Pacheco de Melo entre Gallo y Bustamante), tal vez con intención de edificar, para ejercer una mejor vigilancia y evitarse de paso la incomodidad de los viajes reiterados.

    Era delgado, no muy alto, de facciones angulosas y bigote alargado. Usaba moño al cuello y traje impecable. Ágil en el caminar y decidido en la acción, llegaba antes que todos y se iba después que nadie, como para dar el ejemplo.
    No sobresalía por su altura física, mas su estatura moral alcanzaba dimensiones colosales. Dio pruebas de ello al constituirse en el primer médico que atendió a las tuberculosas en el Pabellón Siglo XIX, precediendo al Dr. Carlos Malbrán y a otros intrépidos, en la época que hacerlo era de gravísimo riesgo por la posibilidad del contagio y la paupérrima eficacia de los tratamientos.

    En su constante deseo de mejorar los servicios prestados, donó un buen día este doctor 100 miligramos de radio (radium), costeados de su hacienda, que fueron adquiridos en Europa por el Dr. Marcelo T. de Alvear, ministro en París. Este gesto, que hizo del Hospital Rivadavia el primero en contar con ese elemento terapéutico, destacó al mismo tiempo su pasión progresista y su
vocación filantrópica.

    Viejo y gruñón ya - de viva voz y mediante enérgicos escritos - se opuso a la propia jubilación, mencionando la lucidez y eficiencia de grandes eminencias europeas de edades provectas, que ocupaban los más altos escaños de las corporaciones galénicas. La Sociedad de Beneficencia desechó sus razones y tuvo que irse en 1924, bien que con la “satisfacción” de un agasajo público emocionante encabezado por la señora Dolores Lavalle de Lavalle, la presidenta de turno. En una foto tomada tras el acto (expuesta en el Museo Histórico del Hospital Rivadavia) se lo aprecia con un bastón en la mano, símbolo de la falencia física pero también del deseo de seguir. El fin, sin embargo, estaba próximo. Murió en Buenos Aires, el 18 de febrero de 1926 (al año y medio de su retiro), dejando atrás seis hermanos y una nutrida “sobrinada”. Los funerales se efectuaron con la mayor sencillez, “por expresa disposición del extinto” asentada en testamento, y se lo condujo al Cementerio de la Recoleta, previa misa de cuerpo presente en la Capilla del Hospital.

    Había muerto el más añoso de los médicos argentinos de entonces. El decano de la Facultad de Medicina mandó que la bandera argentina ondeara a media asta y que una comisión de profesores velase sus restos y se ocupara de los discursos. Justísimo homenaje a quien fuera “uno de los primeros que dieron en el país la enseñanza metodizada de la obstetricia”.

    Al retirarse de sus tareas, la Sociedad de Beneficencia, en Asamblea del 24 de marzo de 1924, lo había designado Director Honorario, disponiéndose la creación de un premio anual con su nombre para el practicante que demostrare mayor celo en el cumplimiento de su deber. Y se descubrió una placa de bronce en su homenaje, a la entrada de la Casa de Sanidad, dándose también su nombre al Pabellón Nº 2. No sé si bastó a su ego, pero de todos modos fue harta expresión de la gratitud y del cariño generales.

Creo, sin lugar a dudas, que las honras tributadas a Molina fueron más que merecidas, en todas las ocasiones. Había actuado como practicante a las órdenes del Dr. Frank Soler en la guerra del Paraguay, sin carpa para dormir ni para atender a los heridos, sin medicamentos, y en medio de una espantosa miseria. Apenas repuesto de estas vicisitudes partió a los campos de batalla de la primera guerra de Entre Ríos (revolución de López Jordán), desempeñándose con amor y coraje. Cuando -ni bien sofocado este movimiento- arribó a Buenos Aires -y se topó con la fiebre amarilla (en 1871)- fue Molina de los primeros en anotarse para la tarea de atender a las víctimas.
    Y cuando el Hospital de Hombres se trasladó en aquel momento, de la calle Comercio a la Casa de Expósitos, a falta de médicos y practicantes, que no alcanzaban para la atención de tanto enfermo, los estudiantes de tercer curso Carlos Lloveras y Samuel Molina se hicieron de su cargo durante dos meses. Al año siguiente ambos ingresaban al Hospital de Mujeres.

    También de su trayectoria se destaca la condición de orador, siendo la elocuencia de su palabra y la del Dr. Ricardo Gutiérrez, las que desbarataron el proyecto de sacar al Hospital de la esfera directiva de la Sociedad de Beneficencia.

    Esto es la historia de una de las más importantes figuras de la Medicina argentina, que permanece casi olvidada aun de los eruditos.

    Una busto suyo, situado en el Patio de Honor del Hospital Rivadavia - obra del escultor Alberto Lagos - recuerda al personaje que durante más de cinco décadas rigió los destinos del Hospital Rivadavia.=




 
 
Hosted by www.Geocities.ws

1