Breves historias
del Hospital Rivadavia.LEYENDA DE UN ÁNGEL
Por Rodio Raíces
Allá por 1908 se inauguró -en el Hospital de Mujeres Rivadavia- el Pabbellón N° 6, que constaba de dos Salas dedicadas a Cirugía General y Ginecología, que eran especialidades inseparables como la Neurología y la Psiquiatría.
En una pared del vestíbulo del primer piso, donde funciona actualmente la Sala XIV, había una placa metálica in memoriam de Manuel Cobo y de su esposa doña Clara Ocampo, a cuyos nombres sus hijos habían donado los 300.000 pesos necesarios para realizar la construcción. Debajo de la inscripción aparecía, sobre su basamento, la estatua de un ángel, flanqueada de dos macetones también apoyados en sus bases. Se trataba de una esbelta figura de mujer con alas desplegadas, que venía a contradecir la costumbre de los artistas de todos los tiempos, de plasmar ángeles masculinos o indefinidos en el sexo (como cuadra a seres sólo dotados de inteligencia y voluntad).
Con un lienzo en la cabeza y de largo manto vestida, la damisela portaba una palma de un lado, y unas rosas del otro, que dispersaba graciosamente en el suelo.
Por su lúgubre aspecto el jefe de Sala - un día de tantos- la hizo poner en el jardín, sobre un escaso pedestal del que todavía queda la marca.
En 1973, luego de la corta intervención que sucedió a la “toma del Hospital” a manos de grupos guerrilleros, se nombró Director al Dr. Héctor de la Fuente, cirujano del Servicio de Ginecología y secretario de la Asociación Médica.
Este profesional, que evidentemente recordaba al mentado Ángel, lo colocó sobre una columna de ladrillos a la vista, en el jardín de acceso al Laboratorio Central.
Pero, en vez de las bendiciones esperadas, se produjeron los óbitos de algunos empleados de esta dependencia y de los pabellones vecinos, cabiéndole igual suerte -más luego- al galeno que decidió su traslado; desgracias estas que, atribuidas a su influencia, hicieron que al monumento se lo conociese como del Ángel de la Muerte.A una de las visitas explicativas que encabezaba yo en el Hospital, a fines de 1998, concurrió especialmente invitada de mi parte, la jefa de los Guías de Turismo de la Ciudad, quien se mostró altamente impresionada tanto del tétrico relato cuanto de mi graciosa invitación de dar “un paso al costado” en el momento de pasar delante de la imagen.
Al año siguiente recibía una doble sorpresa: se había organizado un Circuito Turístico que abarcaba a nuestra Casa, y en su primera presentación la Guía en persona desmitificaría a la “divinidad” de la mala fama ganada.
Todo esto -desde luego- sería en sentido figurado, ya que se trataba de remarcar que el nosocomio no se había fabricado para sufrir y morir, sino para calmar el dolor y recobrar la salud, también para nacer y para prevenirse de los males del cuerpo. Afianzada esta idea, fácil resultaría romper con el viejo concepto “insular” de hospital --un lar aislado de la población que lo circunda, necesita y mantiene- para llegar a esa otra actitud de considerarlo una parte natural del conjunto (ambicioso proyecto acariciado desde mi juventud).
Ante una concurrencia de más de 150 personas, dijo esta bella señora:Hoy, 30 de octubre de 1999, reunidos frente a ti ~ temerosamente presentado ante nosotros como el “Ángel de la Muerte” ~, te rendimos el homenaje por el cual, a partir de este instante, un decreto del espíritu y el corazón, te declara el “Ángel de la Vida.
No asistirán a ti las tinieblas,
ni envolverán tu imagen las sombras.
Serás la luz y el fulgor que ilumina,
la energía plena de la vida.Tu poder curará enfermos.
Aliviarás el dolor desde hoy.
Tu marco será la protección,
emblema de candoroso amor.Para siempre la vida sea contigo,
la esperanza, la cura y salvación.
Con tus alas dibujarás el cielo
desde el jardín del corazón.Al terminar el poema, el público premió a la poetisa con un fuerte y prolongado aplauso.
Entonces, a título de anfitrión, pasé al frente y me expresé de esta manera: - Dicen que sólo un ángel puede desencantar a otro ángel; después de haberla escuchado no tengo dudas que ese ángel es usted, mi estimada Viviana.Pero hay más. Tres días antes del citado acto, caminaba yo por la calle de circunvalación interior, buscando la salida de Bustamante, cuando vi a una mujer de unos cuarenta abriles que pintaba - de plateado - a ese renegrido ángel de cementerio.
Le pregunté por qué lo hacía y me respondió que había recibido un mandato de lo Alto.
Como faltaba - para la terminación de su obra - sólo una pequeña parte de atrás, no intenté disuadirla.
En fluida conversación inquirí por su nombre, que reveló ser DORIÁN.
- D - ori - án... entonces eres un ÁNGEL DE ORO ~ aseveré asombrado de mi descubrimiento semántico.
- Tal vez sí, tal vez no... ~ repuso con cierta coquetería.
Eso de tener ante mí a una deidad de pelo oxigenado, regordeta por añadidura, de corto pantaloncito ajustado y malla de listas rojas que no tenía breteles y se le caía a cada rato ~ era demasiado para mi racionalidad habitual. Por lo que esbocé una sonrisa burlona. No obstante lo cual ~ un tanto intrigado, lo confieso ~ la convoqué a la Visita Guiada que se avecinaba.
Al día siguiente llamó a mi teléfono celular ~ cuyo número no le había revelado ~ y se excusó de concurrir. Le respondí que igual la tendría presente, en el pensamiento. Y agradeció mi gentileza.
Comentado el precedente a un beato colega mío, manifestó que todo lo acaecido se debía a la casualidad, y que me quedara tranquilo, ya que se trataba simplemente de una alienada quién sabe escapada de dónde. Así que olvidé el episodio.Pero el 17 de febrero de 2000, nuevamente a tres días de otra Visita Guiada, Dorián decidió reaparecer. Y esta vez lo realizó ante unos testigos: Viviana, y sus colaboradores Federico y Soraya.
Estábamos sentados los cuatro en un bar del jardín, recién acabada la lectura en voz alta de esta relación, cuando ~ como salida de las sombras ~ se acercó aquella mujer y me saludó muy formalmente.
La presenté a mis azorados amigos y le pregunté ~ un poco molesto - a qué se debía su concurrencia al Hospital, contestando que acababa de sacarse una radiografía de tórax.
La Guía, con infinita dulzura, la invitó entonces al próximo encuentro (otra vez faltaría). Y al marcharse los cuatro quedamos entre perturbados e incrédulos.
Comenzando mi carrera de investigador privado, fui al día siguiente al “Servicio de Rayos”, para ver el estudio. La placa estaba totalmente velada...