Cuentos para niños.
LA SOLEDAD DE PINITA
Por Rodio Raíces
Una vez había una niña llamada Pinita. Le decían así porque tenía el cuerpo largo, como de pino, y las piernitas que se hundían en el suelo como dos raíces, y una pollera verde y acampanada como el follaje, y una cabecita con un mechón que parecía un pincel que pintaba nubes en el cielo.
Pinita estaba sola, sobre una montañita de arena, a la vera del mar.
Muchas veces lloraba, pero nadie podía saberlo porque sus lágrimas eran absorbidas enseguida por el médano, sediento del agua y de la angustia.
El Viento, el otro ser que conocía la pena de Pinita, soplaba a veces de tal modo que las lágrimas, al secarse, se volvían de cristal. Pero Pinita no se daba cuenta, porque estaba soñando. Soñaba con el pájaro Azul, que un día había venido a posarse en su hombrito. El ave, que sabía cantar y era poeta, le había dicho en la ocasión:Ah, Pinita, Pinita,
mi niña bonita,
¿Por qué sola estás?
¿Algún día me lo dirás?
Pero cuando Pinita quiso responder, el pájaro ya estaba lejos, muy lejos... Había preguntado, pero no sabía escuchar.
El mes pasado – recordaba Pinita – llegó un leñador, con un hacha grande que daba miedo. La había levantado para hundirla con fuerza, cuando al ver las resinosas lágrimas en el tronco, se conmovió y dijo: - No... no puedo hacerlo... es tan tierno y frágil como una rama... me da mucha lástima... Y siguió su camino...
Todo esto recordaba Pinita, junto al mar.
En otro momento... hubo un bote que se acerco. Un marinero había bajado y atado una soga a sus pies. Se hallaba incómoda por ello, pero al menos alguien la acompañaba. Mas breve fue la alegría porque, tras arreglar unas redes, también partió el pescador...
Pinita estaba muy sola, muy sola. El Pájaro Azul no la había oído, el leñador sólo había sentido piedad, y el hombre de la barca – que la usara de amarre – no había reparado que existía.
Pinita estaba muy sola pero muy sola otra vez.
Otra vez volvió el otoño y Pinita seguía sola. De nuevo vino el invierno, y Pinita sufría de soledad.
Únicamente el Viento la acompañaba, el Viento que pasaba pero había logrado comprender su dolor.
En una oportunidad tuvo el valor de hablar, y le dijo al buen Viento: - Sopla muy fuerte, por favor, tan fuerte que me desarraigue y eche a caminar como todos. El Viento le respondió: - No lo haré, Pinita, pues al carecerr de sustento morirías, de seguro. Pinita así adujo: - Es cosa mía, sóplame por favor ¡ sóplame ya !
Y el aire sopló... Y al soplar se oyó un sonido tan agudo que nadie pudo distinguir si era el grito de Pinita o el silbido del Viento.
A poco de ocurrido este episodio, edificaron una escuela cerca de allí. Constaba de tres galpones, un tanque de agua y un mástil de madera. A diario los niños subían y arriaban la bandera de la Patria, siempre, menos los sábados y domingos. En estos días el tronquito, clavado en el medio del patio, recordaba la existencia de aquella niña que tanto había sentido la soledad. Y por mucho, pero por mucho tiempo, llovió los fines de semana, justamente en ese lugar.=
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