ENSAYOLa Medicina Interna de nuestra época
Por Rodio Raíces
(Tomado de la Revista Médico-Quirúrgica de la Asociación Médica del Hospital Rivadavia. Año XIX, Nº 52. Buenos Aires, diciembre de 1970,
páginas 62 a 64)
Hablar de las características de la Medicina Interna de nuestros tiempos, entraña la referencia de su ejercicio en cada una de las civilizaciones actuales, y de su desarrollo en cada uno de los países que las integran.
Desde luego que el presente relato sólo trasuntará de alguna manera cómo es la Medicina Interna en nuestro medio capitalino, aunque - por similitud - pueda asimilarse al ejercicio en otras ciudades o regiones.
En una época en que el caudal y la diversidad de los ramales de conocimientos médicos y paramédicos resultan alarmantes, es de preguntarse si el médico debiera presentar perfiles de superhombre.
A este primer interrogante respondemos afirmativamente. Su función se hace indispensable en nuestro siglo a medida que avanza, y así parece confirmarlo la necesidad creciente de clínicos generales que manifiestan algunos países en que la especialización ha alcanzado metas insospechadas.
En efecto, el individuo – que significa indiviso – necesita de la integración cognitiva para llegar a la unidad causal, puerto ideal propuesto y requerido, si no hubiere lugar la diversidad comprobada, luego de ser agotadas todas las instancias del razonamiento fisiopatológico. Ello, por supuesto, debe ser realizado por nuestro médico general.
A la segunda pregunta de si debe poseer este facultativo conocimientos tan vastos que intelectualmente lo maximicen, es más difícil de contestar. Su visión debe ser amplia en grado sumo, y lo más profundamente posible en cada uno de los temas del saber, y siendo sus horas de lectura reducidas, a causa de su actividad práctica absorbente - y la vida breve (vita brevis), al decir hipocrático - o dicho en otros términos, su ilimitación limitada, debemos admitir cuan grande es su esfuerzo.
Si por otro lado consideramos la importancia de la relación médico – enfermo, como inherente a la esencia del quehacer del internista, y el auge de la medicina psicosomática, debemos concluir en que su trabajo es ciclópeo.
Querer absolver al clínico en estos aspectos sería afirmar, al menos como un imperativo de nuestros tiempos, la necesidad de una medicina despersonalizada, como parte del proceso más vasto de deshumanización y barbarie, al que se refiriera Ortega y Gasset en más de una ocasión, como fenómeno de nuestro siglo.
En efecto, este tipo de relación – por propia definición de conjunto – resulta irrenunciable por parte del profesional, lo que es confirmado por la actitud de este “paciente ´70”. Omitid el aspecto afectivo, dejad al enfermo frente a la ciencia sin “su” médico, y al médico con la ciencia sin “su” enfermo, y manifestaréis lo que las más avanzadas corrientes de pensamiento concluyen en afirmar, y lo que la experiencia se encarga de demostrar día a día.
Si bien es cierto que algunos pacientes concurren de motu proprio a los especialistas, no es menos real que esa libertad de elección -desconocida hasta hace poco- no alcanza la plena satisfacción ni de lejos. A esta deficiencia concurren varios factores: elección inadecuada de la especialidad o ultra-especialidad, contacto rápido, superficial y tantas veces esporádico con el especialista (ese desconocido), aval que muchas veces no presta el clínico conocido a las indicaciones del especializado, pobre evaluación de la patología especial por su ubicación fuera de contexto, ausencia de la indicación unificada por diversidad (falta de unidad) en el enfoque del caso, apoyo “mora”l insuficiente en situaciones críticas, y falta de una definición diagnóstica concluyente por inadecuada relación con otras patologías. Estas razones abogan por la necesidad existencial actual del internista, en una época en que la Organización Mundial de la Salud expresa que la salud es un estado de bienestar psicofísico y no sólo la ausencia de enfermedad.
La Medicina necesita del clínico de visión integral, ética e intelectualmente apto para ejercer esta nobilísima profesión, y a la vez capaz de reconocer las limitaciones de su saber, y de recurrir al especializado – sin reticencia – cuando haya menester. Ni director ni dirigido; siempre la colaboración; humildad en el cotidiano y continuado aprender; ausencia de supremacía; respeto por el colega, interiormente y en su demostración al enfermo. En lo posible, el intercambio de ideas y la unificación de criterios, para informar al paciente (que no desea el conflicto que lo daña sino la solución que lo cure).
Hay dos aspectos cuya mención no podemos evadir: la tarea individual del internista en el Consultorio particular, y la tarea compartida que efectúa en las Instituciones. En lo que va del siglo se conjugan por lo común ambas labores. Atención directa en su fase primaria, y al lado de otros camaradas según requerimiento del caso. Producida la internación, suceden la aguda observación de la evolución, la evaluación de las posibilidades diagnósticas y pronósticas, la “revista de Sala” con la discusión casi al pie de la cama, y a la brevedad, en el “Ateneo”. También allí, la opinión de los especialistas, la revisión terapéutica y hasta la conclusión anátomo-patológica.
Nuestro siglo es, históricamente considerado, el del auge de las especialidades, y la historia no sólo dice de hechos sino también de necesidades que los explican o promueven. Y el mismo acontecer histórico, en otros aspectos, ha llevado a la existencia de ramas médicas que tratan del deporte, de la industria, del átomo, del espacio... La técnica ha puesto al servicio del hombre nuevos métodos diagnósticos y terapéuticos. Y a ella también se debe el auge de la iatrogenia. En fin, para no insistir, debemos concluir aceptando cada vez más limitaciones al conocimiento médico general, las que se irán acrecentando a medida que enfermedades de resolución quirúrgica sean del único resorte de la clínica y encuentren la solución farmacológica, incluyéndose a las atipías y a las malformaciones en su prevención, y se creen antibióticos o quimioterápicos que salten efectivamente – cono hubiera querido Fleming – la cerca de los focos y ataquen a los gérmenes en todos sus reductos. Igualmente cuando se conozcan “nuevas” entidades nosológicas que las drogas puedan también curar.
Entonces debemos continuar analizando el futuro de la ciencia médica como esfuerzo individual. Entonces debemos preguntarnos si de aquí a unas décadas existirá este médico general, que ya está limitando su campo de acción al conocimiento de varias especialidades que desde ya conforman su quehacer, y que es tildado – no muy felizmente, opino – de “especialista” en Medicina Interna. Negarlo sería desintegrar al humano organismo. Afirmarlo sería, entonces sí, proclamar la necesidad del superhombre.
Cierto es que hasta ahora he desplegado más bien una visión prospectiva del problema. Pero nuestro siglo se caracteriza por el avanza constante e impelente del saber: vivir hoy significa, ya en nuestra década, vivir el ayer. Así de rápido se avanza.
Pensando en la problemática de nuestra noble labor, formulo estas reflexiones y lanzo el interrogante al porvenir. Superhombre en su versión de robot o computadora, podrán o no dar la respuesta.
Mientras tanto, la Medicina Interna sigue siendo arte y ciencia, medida e imprecisión. Anhelo, desilusión, fracaso, acierto, esperanza... La mano, el oído y el ojo del médico, son todavía de incalculable valor. Terreno, inmunidad, genética, lugares casi vírgenes. Todavía no ha sido totalmente develado el misterio. La autoridad personal ha caído del pedestal y se va asimilando a la del grupo, pero el rector o el maestro existen todavía. Y el hombre, como enfermo o como curador, aún se debate frente a lo desconocido sensible, y luchan separados y juntos, en esta guerra sin cuartel contra el mal.
Muchos otros aspectos escapan a estas consideraciones: el médico frente a su propia humanidad, en sí mismo, en familia, en el entorno social; su importancia y su poder; su frustración y su éxito... Quizás estas facetas sean las que lo muevan a una mejor reflexión y le ocasionen mayores conflictos al internista. Entrar en ellas sería forzoso, pero esta cuarta dimensión de tiempo-espacio - tan mentada últimamente - me compele a terminar.
Como habéis notado, me he referido más al internista que a “su” Medicina. Porque ésta no existe sin aquel. Creo que el pensamiento existe porque es el hombre, y que el enfermo – como quería Claudio Bernard – está antes que la enfermedad. Y que tal vez, sin darme cuenta acaso, me complazca el observar que la Clínica Médica, en nuestra era de máquinas y de números, es todavía manejada y discernida por seres humanos, con todos sus errores y todas sus virtudes.=
![]()