Discurso sobre la reinstalación del Hospital Rivadavia, en Palermo.
Buenos Aires, 1997.
DISCURSO CONMEMORATIVO DE LA REINSTALACIÓN EN PALERMO DEL HOSPITAL RIVADAVIA
HACE 110 AÑOSpronunciado por el Dr. Rodio Raíces en el Aula Magna
del establecimiento el 28 de abril de l997
Señores y señoras:
Estamos aquí reunidos, al borde de las barrancas del Plata, adonde otrora llegaban las murmurantes o bullangueras olas del río, para celebrar la reinstalación de nuestro Hospital, en Palermo, hace 110 años.
Hace 110 años, señores, la Ciudad erguía el mástil de estos pabellones para volver a izar la bandera de la lucha contra el dolor, la enfermedad y la muerte, arriada en el viejo Hospital de Mujeres del barrio del Centro.
Hace 110 años no más - la vida sucesiva de dos generaciones - en el Patio de Honor del Hospital (donnde recién estuvimos colocando una ofrenda floral a Rivadavia), se encontraban médicos, enfermeras, veintitrés religiosas de Nuestra Señora del Huerto y un público entusiasta, ansiosos todos de presenciar el acontecimiento anunciado en los periódicos del día anterior.
Dos bandas del Ejército tocaban alternadamente.
Era un día destemplado, pero poco importaba esto a la gente allí presente, capaz de hacer el país venciendo todos los desafíos.Está por arribar Eduardo Wilde, galeno de la vieja estirpe, académico de Medicina, destacado escritor, ministro ahora - ministro del Interior - que inviste la representación dde Miguel Juárez Celman, el presidente de la Nación.
Lo esperan - ansiosas - las damas de la Sociedad de Beneficencia, que rige al Hospital desde Caseros, y una corte de distinguidos caballeros y elegantes mujeres, entre las que se destaca Dolores Lavalle de Lavalle, la secretaria, que leerá el acta inaugural.
- Es la hija del glorioso general unitario - explica una de las señoras -. Y otra a su lado, distraíe;da o rosista acaso, le comenta: - Observá la cara del Obispo, le chispea la mirada; el hombre que esperamos es masón, anticlerical y partidario de la enseñanza laica... Será un milagro que permanezcan juntos... ¡Ojalá que no pase nada!
Pero los dos, civil y prelado, pese a sus distintas ópticas y sentimientos encontrados, habían resignado sus rivalidades para celebrar el acontecimiento del año. Aquí, sí señores, aquí, en este apartado y temido barrio de casuchas baratas, de calles de tierra y de malevos bravos.Son las cuatro y media de la tarde. Los festejos estaban anunciados para la cuatro en punto, pero casi siempre se empieza media hora más tarde. Así somos los argentinos.
Se encuentran formados los alumnos del Asilo de Huérfanos y las educandas del Colegio de la Merced. Un joven, para hacer tiempo, lee en la entrada una placa colocada días atrás: “Al intendente del Municipio Sr. Torcuato de Alvear que llevó a feliz término la obra de este Hospital. La Sociedad de Beneficencia que la empezó y dirigió consagra este testimonio de gratitud. Abril 28 de l887”. El personaje de referencia, que un rato antes había visto el bronce con su nombre, arregla el importante bigote a pocos metros, impaciente de que comience el acto.
- Su padre - recuerda otro de los asistentes - fue el general Alvear, el que vino desde Europa con San Martín y Zapiola, el que venció a Brasil en Ituzaingó... Su interlocutor en la ficción, el Dr. Samuel Molina, director de la Casa desde 1873 -luego de la fiebre amarilla- saca el reloj de bolsillo. Pero ya no hace falta: por la avenida Las Heras, adornada de banderas, avanza presurosa una volanta. ¡Llega el Ministro!Ana de Pedriel, la vicepresidenta, está nerviosa. La Sociedad la había designado madrina para acompañar al padrino, que no podía ser otro que el mismísimo Wilde. El arzobispo León Federico Aneiros, acompañado de un séquito de sacerdotes, bendice la Capilla y los departamentos del establecimiento.
Y truena la voz del estadista, acostumbrado a las discusiones y a los discursos, palabras que lleva el cierzo hacia el cercano río, haciendo que un vejete algo distante apenas esto escuche: “...El Hospital que inauguramos hoy, representa en la materialidad de la edificación, el esfuerzo de pocos meses y la iniciativa de pocas personas, pero concentra en sí una historia llena de antecedentes honrosos, una tradición de virtudes y una sucesión de propósitos sanos que ninguna dificultad pudo menguar...”
El señor mayor piensa que los políticos algunas veces “se equivocan”, que la construcción había tardado casi seis años por causa del ex presidente Roca (de quien Wilde fuera secretario), que había tenido poco cuidado en proveer los fondos, como consignaría -en la jornada siguiente- "El Diario" dee Manuel Lainez.Pero esto puede que sea cierto:
Que el orador recordara a don Juan Alonso González, el bisabuelo del general Belgrano, que por el 1727 había fundado la “Hermandad de la Caridad”, una congregación en cuyo seno cobraría vida el Hospital de Mujeres, antecesor del que ahora se inauguraba.
Recordara tal vez -por haberlo leído el orador- al Reverendo Padre José, su hijo, que había luchado tanto para que se concretase la idea de este viejo nosocomio, también llamado de San Miguel, que había abierto sus puertas en 1774, siendo el gran Vértiz gobernador, no virrey todavía.
Recordara el orador, quizás, a Bernardino Rivadavia, que había provincializado el Hospital en l823, dándole forma.
Y recordara tal vez, por fin, el orador, a María Sánchez -la Mariquita" del Himno- que tanto hab&ía bregado para satisfacer las necesidades de la institución desde sus cargos directivos en la Sociedad de Beneficencia.
El hombre de edad, distante del epicentro, volvió a oír: - “La facilidad con que en pocos meses sse erige un instituto con forma de palacio y suntuosidades antes desconocidas, muestra no sólo los progresos materiales de nuestro país sino también los adelantos morales, que saben convertir en fuerza á los simples deseos de hacer el bien, de practicar la caridad y de aliviar las desgracias del enfermo y del desvalido...”
-Vuelve a insistir en lo mismo - se dijo el anciano - tal vez el ministro fue mal informado... No se hizo en pocos meses sino en muchos años; yo pasaba por aquí todos los días, porque trabajaba en los Mataderos del Norte de Centroamérica y Las Heras (que hasta hace poco se llamaba Chavango). Pero no voy a criticar más, porque lo importante es que se terminó la obra; después de todo siempre fui partidario de Roca, de quien espero se presente en los próximos comicios para reelegirlo, pese a que me anden gustando las ideas de un tal Dr. Alem y de su sobrino don Hipólito.
El “Testigo de la Historia”, nuestro un tanto sordo personaje, se hizo lugar entre el público para escuchar las palabras finales: “...La clínica en palacio de esta especie, debe responder al esplendor de su instalación. Haciendo votos porque la Sociedad de Beneficencia continúe con su labor humanitaria y fecunda, declaro inaugurado este edificio y abiertas sus anchas puertas para que entren por ella los enfermos y los desgraciados en busca del alivio y de la salud”.
Luego de levantada y leída el acta, con más de cincuenta firmas, se distribuyeron medallas recordatorias y se sirvió una “ligera mesa”, acorde con los magros recursos de la época.A las 6 p.m. terminó la ceremonia que en el día de hoy tratamos de revivir, de algún modo, para que las viejas y jóvenes generaciones llevemos su recuerdo por muchísimos años, y la repitamos de acá a una década, en homenaje de tantos hombres y mujeres que transcurrieron con pena y sin gloria, haciendo lo posible y lo imposible para restituir la salud, calmar el dolor o proporcionar el consuelo.
Que el Señor, clemente y piadoso, permita que nuestro Hospital continúe enhiesto y dotado de los mejores elementos de la técnica, conservando el “espíritu rivadaviano”, que no es más que un renovado pensamiento de creatividad y de realizaciones en pos del bienestar de nuestros semejantes.Nada más.
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