Breves historias
del Hospital Rivadavia.
DE UN LORITO HABLADOR
Por Rodio Raíces
Este relato lo dio a conocer don Vicente Quesada en la Revista de Buenos Aires, y fue repetido por el que suscribe en “Breve Historia del Hospital Rivadavia”, un librito que publiqué hacia fines del siglo XX.
La acción se desarrolla hacia 1775, año siguiente al de la inauguración del Hospital de Mujeres, antecesor del actual Hospital Rivadavia.
Antes de transcurrido el año de su fundación, habían mermado las limosnas y las reservas monetarias del Hospital, de modo que aconteció el peligro de extinguirse.
Frente a esta evidencia, el Padre José González (mentor de la institución) rumbeó a la Península en pos de los favores de la Corte, acompañado de un sobrino tonto y de un lorito hablador.
Pero a nadie le importaba recibir a un humilde sacerdote criollo, por más doctor en teología que fuera. Ni el consejero togado de Indias de Su Majestad, el abogado José Gálvez, se dignaba a otorgarle audiencia.
En ese punto, al cura se le ocurrió “iniciar gestiones” ante la acreditada esposa del funcionario, facilitadas por la simpatía que le despertara el susodicho psitácido.
La señora miraba y escucha con tanto deleite al animalito, y le tomó tal afición, que un día de esos se le antojó adquirirlo a cualquier precio, para lo que mandó a uno de sus sirvientes a la pensión donde vivía González.
El sobrino, que de momento estaba solo, no solamente se negó a desprenderse del lorito sino que maltrató al enviado, motivos por el que la matrona montó en cólera... y no quiero imaginar lo que dijo.
Cuando volvió el sacerdote y se enteró de lo acaecido, tomó al "bicho" y - tras pedirle disculpas - se lo obsequió a la dama, con lo que se restablecieron las “relaciones diplomáticas”, a tal punto que se obtuvieron los favores del Rey.
Carlos III, ilustrado soberano “de las Españas” y el mejor alcalde que tuvo Madrid - como todavía se lo recuerda - donó para Hospital y Colegio, por Real Cédula de 17 de marzo de l777, la Estancia de las Bacas (que abarcaba 43 leguas cuadradas en el paraje de Carmelo, Uruguay), la Botica de Buenos Aires (ubicada en la esquina de la Ranchería de Perú y Alsina), y el monto de 12.000 pesos fuertes al año, por el término de ocho. Todo esto, poco después que el monarca ~ que ocupó el trono entre 1759 y 1788 ~ decidiera la creación de nuestro Virreinato del Río de la Plata desde la Granja de San Ildefonso (1° de agosto de 1776).Del usufructúo de la farmacia, (ex propiedad de los padres jesuitas, administrada por la Junta de Temporalidades tras su destierro), así como de la explotación de la gran finca uruguaya ~ que poseía una importante calera ~ se obtuvo un dinero que, adicionado a los óbolos diarios y a las colectas públicas, sentaron las bases de una economía tan sólida como para suscitar agrias disputas entre los cofrades de la ahora apodada “Hermandad de la discordia”, entidad rectora del Hospital que se denominaba en verdad Hermandad de la Santa Caridad.
La arena, la cal y las piedras para las nuevas construcciones llegaban con usual frecuencia desde la Banda Oriental.
Un sobrino político del padre José, Domingo Belgrano Pérez, padre del futuro general Brlgrano y secretario de la Hermandad desde 1775, recomendaba al administrador del puerto que no pusiera reparos a la descarga de cueros, bolas de grasa y vasos de sebo provenientes del establecimiento campestre, los que junto a otras provisiones arribaban en una lancha perteneciente al Asilo de Huérfanas, entidad que también pertenecía a la Hermandad.La circunstancia de haber cambiado de dueño, hace suponer que el pajarraco también variara el libreto. Pero esa es una historia secreta que nadie se atrevió a escribir, tal vez por temor a la tremebunda señora de Gálvez.=
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