ARTURO ZABALA,
CIRUJANO EMINENTE Y “MÉDICO DIRECTOR”
DEL HOSPITAL RIVADAVIA
Por el Dr. Rodio Raíces
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Nació en Jujuy en 1874, y tempranamente se afincó
en Buenos Aires, donde cursó todos sus estudios.
Obtuvo el título de bachiller
en el Colegio Nacional Central.
En 1892 ingresó en la Facultad
de Ciencias Médicas, para egresar en 1898 - a los 24 años
de edad - con brillantísimas notas.
Luego de entrar al Hospital como practicante
menor, en 1894, revistó sucesivamente como practicante mayor, médico
interno y médico agregado.
Un año después se lo vio como jefe de Clínica de la Maternidad, lo que le permitió conocer a la mujer desde la Obstetricia y la Ginecología. Pero su vocación por la Cirugía general pudo más y a ella se dedicó con ahínco, llegando a ocupar el cargo de subjefe, de jefe de Sala en el Pabellón Cobo. También se lo designaría subdirector del Hospital.
En 1926, a la muerte del Dr. José
María Caballero, llegó a ser el director del “nosocomio más
importante de la República”, como expresara en su época el
diario La Fronda.
Y se lo contó como fundador
y director del Centro Anticanceroso de la Casa.
Durante su gestión se inauguraron
los pabellones “A” y “B” del gigantesco Instituto de Maternidad (años
1928 y 1930, respectivamente).
Enamorado de la Medicina, ésta
fue para él como una esposa celosa que le impedía las pasiones
humanas comprometidas.
Dado muy especialmente a la lectura,
llegó a mostrar galas de una ilustración poco común,
que lo hizo aún más importante ante los ojos de sus colegas.
Todo lo cual lo llevó a la presidencia de la Sociedad de Cirugía
y a igual rango en el II° Congreso Argentino de Cirugía celebrado
en Buenos Aires.
Siempre se mantuvo al margen de la política, y aún cuando todas las agrupaciones de su provincia le propusieron, más de una vez, hacerlo senador nacional por la misma, Zabala declinó decididamente tales honores.
Cuando en 1929 emprendió un viaje de reposo por el Viejo Continente y los Estados Unidos, debió - aún así - aceptar invitacioones de las clínicas europeas y norteamericanas, para efectuar demostraciones de sus magníficas dotes de operador. En tales ocasiones recibió los elogios de los maestros de la Cirugía francesa, alemana, inglesa y yankee.
Era un médico de almas, de natural modestia y de trato afectuoso. Su mirada era serena; suave y piadosa la voz. No tenía dobleces, y se brindaba a los ricos como a los pobres, sin otra condición que la de estar enfermo.
Tras un dolorosa y larga dolencia,
falleció el 23 de junio de 1936, siendo enterrado en el Cementerio
de la Recoleta, previa misa de cuerpo presente
en la iglesia del Pilar.
El duelo fue encabezando por el presidente
de la Nación general e ingeniero don Agustín P. Justo, seguido
por monseñor Devoto, la señora Alvear de Bosch (presidenta
de la Sociedad de Beneficencia) y el vicedirector del Hospital. Dr. Bengolea,
que habló en la ceremonia, lo mismo que los doctores Althabe y Calcagno,
entre otros oradores. El Dr. Mariano R. Castex, que representó a
la Academia de Medicina, pronunció una sentida oración destacando
que “el Dr. Zabala era modesto hasta la exageración, un sacerdote
de la ciencia que llevaba el consuelo hasta el lecho del dolor...” Esta
fue tal vez su mejor alabanza, expresada por uno de los más destacados
clínicos de todas las épocas.
El Museo Histórico del Hospital Rivadavia guarda un óleo con su figura y el motivo caricaturesco “Glorificación del Dr. Zabala”, que lo incluye como personaje central, obra de Antonio Alice. También el Salón de Notables enseña un retrato suyo. En todos parece adivinarse la tranquilidad interior, marcada sólo en el rostro de los virtuosos.=