Subir Colaboraci�n de Claudio Nu�ez Giordano

Montevideo - 8 - Los Barrios II
Anibal Barrios Pintos
Montevideo 1969

Pocitos: de erial de lavanderas a �mulo de Copacabana

Por donde hoy est� la calle 26 de Marzo, entre La Gaceta y Lorenzo Justiniano P�rez, corr�a hacia el r�o un arroyo sin nombre. Los juncos crec�an libremente y la arena volaba impulsada por el viento, formando dunas de hasta diez metros de altura. Un buen d�a, atra�das por las aguas limpias del arroyo, aparecieron por all� las lavanderas. Excavaron cachimbas o pocitos junto a la ribera y comenzaron a lavar ropa para residentes de la ciudad. Luego plantaron pitas que sirvieron para tender la ropa lavada.

Al arroyo, desde entonces, se le llam� de los Pocitos. Seis colonos, llamados Manuel Sacia, Jos� Bravo, Francisco Bagena, Joaqu�n Pereyra, Marcial Acosta y Manuel Antonio de Le�n, se afincaron en sus cercan�as en el siglo XIX. Sus chacras daban al camino de Punta Brava y sus fondos a los m�danos. Otros se encontraban entre el mar y el arroyo de los Pocitos. Un gran bald�o se extend�a entre los fondos de estos seis predios, en una zona cuyo per�metro abarcaba aproximadamente el espacio comprendido entre ese arroyo por el Este, el R�o de la Plata por el Sur y Sudeste, el camino del Buceo y Punta Brava - hoy Francisco Mu�oz y Ellauri - por el Norte y Noroeste y un camino que iba por donde hoy se extiende la calle 21 de Setiembre, por el Oeste.

Este enorme bald�o, que los citados agricultores no utilizaban porque no les resultaba de ninguna utilidad pr�ctica, fue denunciado en 1831 al gobierno por el entonces teniente coronel de Ingenieros, Jos� Mar�a Reyes, y fue tasado a 6 pesos la cuadra.La antigua playa mensurada por el agrimensor Ojones en 1833 ha desaparecido bajo las aguas. Las carretas areneras fueron responsables de �sta p�rdida, ya que desde entonces, y a partir de 1868 con mucha mayor intensidad , se extrajo arena de las dunas para emplearlas en las obras edilicias. La extensi�n, casi 33 hect�reas, adquirida por la modest�sima suma de 266 pesos, fue vendida por �ste en 1841 a Jos� Ram�rez P�rez. El bien fue heredado por su hijo mayor y albacea, Juan Pedro Ram�rez, qui�n sum� a su cuota parte las dem�s fracciones, que adquiri� a sus hermanos, para conservar el predio �ntegro. La idea de Juan Pedro Ram�rez era implantar un pueblo en esos desiertos arenales. Comunic� su proyecto al agrimensor Demetrio Isola y destin� alrededor de 80.000 metros cuadrados al trazado de las futuras calles, plan que luego hubo de ser sustituido por otro.

Esto suced�a en 1868. Pero "Nuestra Se�ora de los Pocitos", que as� se llamar�a el futuro pueblo, no naci� oficialmente hasta 1886. Fue entonces cuando Pedro Forte Gatto y Javier �lvarez (hijo), procediendo por orden de la Direcci�n General de Obras P�blicas, levantaron el plano de delineaci�n del Pueblo de los Pocitos. Otro paso hacia el futuro estaba dado. Pero a�n faltaba mucho para llegar al auge edilicio y la consagraci�n social.

El florecimiento de Pocitos obedeci� a causas diversas que se conjugaron felizmente para determinar su brillante porvenir. Una, fundamental, fue la implantaci�n del tranv�a de caballitos; otra, la decisi�n de muchas familias del centro para constituir un balneario casi privado, ya que Ram�rez era demasiado frecuentado; la tercera fue la creaci�n de numerosos barrios constelados en su derredor, que se unieron naturalmente a �l y contribuyeron a facilitar el acceso a la playa. Dichos barrios fueron con perd�n de alg�n olvido, el "V�ctor Manuel", fundado en 1874 por Florencio Escard�, sobre el camino que iba a Punta Carreta a los Pocitos; en 1879, el "Caprera", tambi�n por Escard�, y los erigidos por el incansable Piria; "Castelar", en 1879, cuya poblaci�n estaba compuesta inicialmente de artesanos y empleados del tranv�a de Pocitos; "Artigas", en 1884, situado al noroeste de dicho pueblo; "Mario M�ndez", en la bifurcaci�n de las calles Rivera y Pereyra, a la entrada del pueblo; "Fortuna", en 1885, entre las calles Pereyra y Garibaldi hoy Guayaqu� y dos calles vecinales; "de los Espa�oles", en 1896, que encerraba un �rea de dos hect�reas y media , con una espaciosa calle llamada 2 de Mayo; y "Trouville", en 1897.

Posteriormente, en este siglo, "Tribuna", contiguo al anterior, fundado por Lapido, propietario del diario "La Tribuna Popular", y "Villa Biarritz", desde 1935, con nuevas e ininterrumpidas construcciones contribuyeron a acrecer y agraciar al abanico poderoso de Pocitos. El 18 de noviembre de 1877 fue inaugurado el Primer Recreo de los Pocitos. Ten�a "jard�n con glorietas y mesas", y ofrec�a platos especiales "al estilo del pa�s", como asado con cuero al asador, tallarines y ravioles. La cultura no se descuidaba: ya exist�an en la localidad dos escuelas municipales, la de ni�as No. 6 y la de varones No. 26 que funcionaban en el mismo local. Los maestros eran la Sra. de Artecona y el Sr. Candelas.

Un lustro despu�s, ante el ya tradicional aflujo de veraneantes argentinos, que llegaban con el doble incentivo de los ba�os y de pasar en Montevideo la temporada estival, fue inaugurado el 25 de diciembre de 1882, con un espl�ndido baile, un sal�n destinado a restaurante. Ten�a un techo de madera pintado en color lila y estaba alumbrado por "64 picos de gas neum�tico". Fue emplazado en medio de los dos departamentos para ba�os (el de se�oras y el de hombres) compuesto cada uno de 68 casillas, provistas de perchas, espejos y lavatorios de agua dulce. Pocitos ya era considerado el primer balneario de Am�rica del Sur y su playa constitu�a el punto de reuni�n, por las ma�anas y las tardes, de nuestra alta sociedad. Una cuerda serv�a de sost�n contra el oleaje a las ba�istas Los almuerzos ten�an estos precios en el restaurante franc�s del se�or Le de: tres platos, postre, pan y vino: 50 cent�simos; "a la carte", cada plato para uno, 12 cent�simos; caf� con leche, 10 cent�simos; con manteca, 16 cent�simos; chocolate con manteca, 20 cent�simos; caf� negro, 6 cent�simos. Bebidas: ajenjo, bitter, vermouth, etc., 8 cent�simos; refrescos de todas las clases, 8 cent�simos; chartreuse, 12 cent�simos; vinos, oporto y jerez, 12 cent�simos.

El viaje en el tranv�a a los Pocitos, que se extend�a a Buceo y Uni�n, costaba desde la Plaza Independencia al balneario 20 cent�simos ida y vuelta, y en el precio se inclu�a la ocupaci�n de una casilla. Un a�o despu�s, en diciembre de 1883, los almuerzos ten�an categor�a internacional, como lo demuestra el siguiente men�: Consom� de volaille a la Orle�ns, hors d'oeuvres assorties, filets de poisson a la Colbert, petits pates chaudes au Pocitos, Supreme de volailles Marechale, Chautebriand bernaise, asperges sauce hollandaise, selle de mouton a la Broche, salade Romaine, souflet au cacao, deserts assortis y fruits de la saison. Vinos Cachetvert, Chateau Leoville, Haut Sauterne, Champagne frappe, Jerez y Oporto.

Todo era sosegado, sereno, lleno de lenta pereza. Entonces no hab�a prisa. Los montevideanos no eran todav�a esclavos del reloj. En el verano de 1887, se efectuaron regatas, amenizando la competencia deportiva la banda del regimiento de artiller�a. Por las noches, la orquesta del maestro Formentini encend�a el entusiasmo de la concurrencia con sus melod�as. El 1o. de enero de 1888, a pesar del mal tiempo y de la lluvia, fue inaugurado el Gran Hotel Balneario de los Argentinos, en la esquina de las actuales calles de Chucarro y Pereyra. Dispon�a de monta�as rusas, hamacas, juegos, billar y sala de lectura. El gerente director de las obras fue Florencio Escard�. La fiesta inaugural, amenizada por la orquesta del maestro Irigoyen, continu� con una cena y finaliz� con un baile que dur� hasta las cuatro de la madrugada, pero la concurrencia permaneci� all� hasta las diez.

Pero Los Pocitos ten�a tambi�n otra fisonom�a. Un periodista que visita la localidad en julio de 1890 nos la describe as�, en tiempos en que el Banco Constructor se aprestaba a rematar en mensualidades de 15 pesos, en "el Biarritz Oriental", solares "situados entre las calles Artigas (hoy Masini), del Puente (actual 26 de Marzo), Garibaldi (hoy Guayaqu� como ya indicamos) y Lavadero (luego Francisco Berro), en el coraz�n del pueblo, circundados por los lindos chalets de Howard y Dominguez, el Gran Hotel de los Argentinos, el Gran Restaurant de los Ba�os, (que hab�a inaugurado su piscina en enero de 1889), la gran f�brica de papel, la iglesia, y la preciosa casa del Sr. Francisco A. Vidal". "Los Pocitos - escrib�a el periodista montevideano - es una localidad bonita y bien situada, pero dif�cilmente llegar� a adquirir importancia bajo el punto de vista social y comercial. "Es un pueblo esencialmente obrero. La mayor�a de sus hombres son canteros y lavanderas sus mujeres. No obstante residen all� familias pudientes, construy�ndose actualmente muchos edificios y dos hermos�simos chalets: uno por cuenta del diputado don Rufino T. Dom�nguez y otro propiedad del Sr. Lafont".

Contaba la localidad en la �poca con varios negocios: 18 almacenes, 2 tiendas, 3 carnicer�as, 3 billares y la botica del se�or Nicol�s Falco; la polic�a ocupaba en la calle Pereyra una casa que constaba de dos piezas y un galp�n; los faroles se apagaban a las once de la noche, no obstante haberse comprometido el contratista a mantenerlos con luz hasta la madrugada. En febrero de 1892, �poca en que las reuniones sociales eran salpimentadas por la orquesta de Grasso, un imponente incendio redujo a cenizas el local del restaurante de los Sres. Angel Salvador y J. Scarcela, e incluso dos cuerpos de las casillas de ba�os para hombres. Gracias a la acci�n de los bomberos qued� en pi� sin sufrir da�os de consideraci�n el puente que, partiendo del muelle, entraba en el mar. Era paseo obligado de la concurrencia en las noches de verano. En ocasiones se corr�an regatas como las que organizara en marzo de 1901 el Montevideo Rowing Club, presenciadas desde la terraza de madera por animada concurrencia.

El per�odo 1904-1914 ha sido evocado en nuestros d�as por Guillermo Garc�a Moyano, que rehizo con penetrante prosa sus recuerdos de ni�o en el Pueblo de los Pocitos. En 1906 llega el primer tranv�a el�ctrico; en 1910 se inaugura la explanada asfaltada, iluminada con arcos voltaicos; dos a�os despu�s inicia sus actividades el Hotel de los Pocitos, de seiscientas habitaciones y con una gran terraza de la que part�a un muelle - con un quiosco de m�sica -, que se internaba en el mar. Ser� centro de bailes y banquetes donde las hermosas montevideanas de la sociedad alta lucir�n sus largos u albos vestidos, rivalizando en distinci�n, elegancia y belleza. En la rambla, sus vestimentas de calle har�n decir a un cronista que una dama inglesa no los usar�a "sino en la �pera o en un sal�n". Para dar una idea de lo que influy� en el desarrollo del Pueblo de los Pocitos la empresa tranviaria Sociedad Comercial de Montevideo, basta decir que hacia 1912 la compa��a era propietaria del Hotel de los Pocitos - adem�s del Gran Parque Central -, y de las casillas y carritos de ba�os para hombres instalados en dicha playa y en la de Ram�rez.

Ya el balneario estaba consagrado. M�ltiples chalets, de variados estilos arquitect�nicos, algunos lujos�simos, adornaban sus calles. Pero muchas de estas residencias eran habitadas solo en la temporada estival. En 1916, se abre la costanera entre el Pueblo de los Pocitos y Punta Carretas. Aumentan incesantemente los pobladores, se redobla el tr�nsito, se habilita la piscina de Trouville, sede de torneos internacionales. Un nuevo mundo de residencias surge as� sobre el antiguo pasado de lavanderas, inmigrantes italianos y ba�istas recatados. La t�cnica edilicia irrumpe junto al mar. Pocitos se va a las nubes.

Desde la d�cada del 40, modernas construcciones que emulan las de Copacabana sustituyen vertiginosamente a los viejos chalets levantados frente a la rambla. Hoy Pocitos es residencia de figuras representativas - hombres p�blicos, escritores, industriales, comerciantes, hacendados, profesionales y profesores - y de una clase media culta. All� tuvo su taller Jos� Belloni, que puso en parques y plazas de la ciudad, el toque de la gracia est�tica.

Pocitos es tambi�n coraz�n elegante de la ciudad, la plenitud de una vida soleada que se beneficia con el perpetuo rumor de las olas, con el viento fresco, con el di�logo cordial y reiterado entre las aguas del r�o como mar y el Gran Montevideo.

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