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Contribuci�n: Claudio "Canugi" N��ez

De "Pueblo de los Pocitos" de Guillermo Garc�a Moyano

A misa dominguera y de compras en el Pueblo de los Pocitos

Por la noche llovi� bastante, pero temprano el sol hab�a salido, haciendo aquella ma�ana de domingo, clara y luminosa. Calentaba de verdad el sol fuerte de fin de febrero. El r�o, despu�s de la tormenta, aparec�a sereno y azul. Me daba pena alejarme de la playa, pero mi madre hab�a decidido que yo la acompa�ara a misa, para despu�s salir, en una vuelta, a conocer el pueblo. La capilla del Pueblo de los Pocitos estaba a menos de tres cuadras de la casa, en la calle Chucarro. Era peque�a y bien pueblerina, sin torre, con sus dos campanitas destempladas que colgaban de una revuelta del muro, todo pintado a la cal. Llamando a misa, sonaban desde hacia rato, con tintineos bien alocados de campanitas de aldea.

Iba llegando bastante gente, endomingada en su vestimenta. Evidentes italianos de grandes bigotes, las mujeres de pa�uelo o tul en la cabeza. Las dem�s veraneantes de sombreros grandes, con plumas. Algunos hombres, que sin duda ven�an de mas lejos, llevaban botas de campo, con barro todav�a fresco. Alguna gente hab�a llegado en volantas descubiertas o sulkys, que esperaban en la calle. En tramos de vereda todav�a quedaban charcos de agua. Al frente de la capilla, a los dos costados de la puerta, empotradas en el muro y a muy poca altura, hab�a planchuelas de hierro, con filo, hacia arriba, en las que los fieles desembarraban sus calzados antes de entrar a la misa.

En la vereda de enfrente, un comercio con vidriera ostentaba un letrero alto en chapa pintada, que anunciaba la �ndole del negocio: "Hojalater�a y zingueria de Piendibene Hermanos". Mas hacia la esquina, un comercio de tienda, tambi�n con su muestra pintada: "Al naufrago del Liguria. Tienda".

Cuando ya entr�bamos a la capilla, llegaba una comitiva extra�a que nos llamo la atenci�n. Un coche muy raro, descubierto y que manejaban sus mismas pasajeras, con caballo flaco pero bien enjaezado, conduc�a a dos se�oras que se cubr�an del sol con una sombrilla verde abierta. A su costado cabalgaba en un tordillo grande y aparatoso, pero sin br�os, un hombre de bastante edad. El jinete tambi�n se defend�a del sol con una gran sombrilla color naranja, las riendas en una mano, la sombrilla en otra. Un muchachon aindiado, montado en pelo y descalzo, en un petizo bayo, tambi�n formaba parte de la comitiva. Salto r�pido y se hizo cargo primero de las sombrillas, que cerro con mucho cuidado, y luego de las riendas del carruaje y del tordillo. Las damas y el hombre se limpiaron el barro de sus zapatos en los fierros del muro y luego, ceremoniosamente, entraron en la capilla.

Todav�a no empezaba la misa. Mi madre sabia por referencias y me cont�, quienes compon�an aquella pintoresca comitiva. Era un rico propietario brasile�o de cerca de Punta Carreta: don Herminio Ferreira, su esposa y una cu�ada. Llegaban a la misa del pueblo, todos los domingos, al estilo de Yaguaron, de donde eran originarios. Hasta con el escudero descalzo.

Yo estaba sentado junto a mi madre cuando de repente se nos apareci� un visitante inesperado: "Dingo", el fox-terrier que quiz�s, encontr�ndose solo en la casa, sali� a buscarnos. Mov�a la cola con gran contento. Mi madre me dijo en voz baja, que tenia que salir con el perro antes que don Domenico, el cura italiano, se apercibiera de su presencia. Sal�, con Dingo, un poco avergonzado porque todos me miraban, y espere afuera. (Yo conoc�a el caso, que mi padre hab�a relatado muchas veces, de un cura de Rocha, su pueblo, que interrump�a los latines de las misas para decir: "Ya tengo dicho que no se puede entrar con perros. El due�o de ese cachorro s�rvase salir.") Pero a mi me divert�a el episodio porque me daba cuenta de que mi devoci�n y religiosidad no eran muy fuertes. Sin la menor duda, todo el espect�culo pueblerino me resultaba mas atractivo que la ceremonia religiosa. Afuera, me fui derecho a observar el carricoche en que hab�an llegado las viejas, que mi madre me hab�a dicho que en el Brasil los llamaban "sopandas". Dingo saltaba, contento, a su alrededor.

Poco despu�s, termino la misa, y empez� a salir la gente, que, discretamente, se demoraba, cruzando sonrisas, para presenciar la salida de la familia brasile�a. Ya no hab�a sol. Se hab�a nublado todo el cielo con nubes bien negras. Me perd�, pues, la operaci�n de la apertura de las sombrillas, que no efectuaron. Cuando mi madre sali�, la familia de don Herminio ya iba un poco lejos, al trotecito. Pronto empezaron a caer gruesas gotas. Tuvimos pues que dejar el paseo por el pueblo para otro d�a y volver corriendo a casa. Reci�n a la tarde, ya casi entre dos luces, y ante mi cargoser�a continuada, decidi� mi madre sacarme a dar una vuelta, para ir conociendo el Pueblo de los Pocitos y hacer alguna comprita que otra.

Salimos calle arriba, ir�amos a la fabrica de caramelos y a la botica. Le hab�an dicho a mi madre que la fabrica de caramelos de Ravera, bien renombrada ya en Montevideo, estaba instalada en un teatro que ya no funcionaba. Aquello mov�a tremendamente mi imaginaci�n infantil. En un teatro! Como pod�a ser?! Este tipo de cosas nuevas me atra�an much�simo, a pesar de mis pocos a�os. (Que no eran tan pocos, pensaba a menudo, pues en abril cumplir�a ocho a�os, y ya sabia leer bastante). Asediaba a preguntas a mi madre, que se divert�a con ellas mientras camin�bamos, Pereyra arriba, por la vereda de la izquierda. Antes de llegar a la calle Berro, pasando la ferreter�a de don Nicola, all� estar�a el teatro, vale decir, la fabrica de caramelos.

Y era nom�s, all�, como nos hab�an dicho. Una entrada de un peque�o pero lindo teatrito de pueblo. Con su hueco en la pared y la palabra inevitable: "Boleter�a". (Yo me preguntaba a mi mismo: No ser� necesario sacar entrada ?). Entramos al teatro. Era m�gico. Platea, dos filas de palcos, para�so y escenario. En la platea, piso horizontal libre de butacas, funcionaba lo que podr�amos llamar el taller o la fabrica en si. Grandes tachos, calentadores, vasijas, moldes. En los palcos cercanos, pilas de latas y bolsas de papel con los caramelos. Media docena de muchachas, en unas mesas largas, secaban y envolv�an los caramelos.

Las dem�s instalaciones subsist�an con todo su l�gico atractivo, aun en inactividad teatral. Mis ojos de siete a�os, casi ocho, escudri�aban el vac�o escenario que aun conservaba algunos decorados y rompimientos. El tel�n, arrollado en alto, dejaba ver algunos muebles, roperos, camas y sillas. All� viv�a gente. Un gran sill�n dorado, pero con el asiento hundido, desentonaba en aquel ambiente de muebles pobres. En la pared del fondo, bastante en alto, un gran retrato de Garibaldi con el ponchito rojo. Que representaci�n se ir�a a realizar all� ? Seria lindo vivir en esa escenograf�a trazada por la realidad, pero en el �mbito del teatro frustrado, muerto ?. (A�os despu�s, muchas veces he pensado en aquel ambiente, quiz�s pirandeleano, real e irreal al mismo tiempo. Tenia entonces muy pocos a�os para poder apreciar un aire de tristeza que flotaba en aquel teatrito muerto.)

Compramos por poquisimo dinero, un paquet�n enorme de caramelos Ravera, y salimos.

 

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