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Literatura/Obituario

Su fuerza y su razón

Oriana Fallaci, la legendaria periodista italiana, fue derrotada por última, y quizá única, ocasión. Controvertida y demandada, hasta el final escribió sobre la amenaza del Islam contra Europa, batalla que, sostenía, se asoma en el horizonte

SEPTIEMBRE, 2006. Parecería cliché, pero no lo es. Un periodista debe mantener sus convicciones hasta el final, no importa la reacción, y aun la amenazas, que le pueda acarrear su condición. Y no es cliché porque vemos cómo, con alarmante frecuencia, miles de periodistas cambian sus principios como si se tratara de camisetas o equipo deportivo. Por ello la desaparición física, derrotada por el cáncer, de Oriana Fallaci, el pasado viernes 15, deja constancia de una forma de hacer periodismo que, cierto, no teníamos que coincidir siempre, pero que se baba en la congruencia de lo que se defiende y lo que está, identificado como la amenaza.

Lo irónico del asunto es que la parte que ella Fallaci consideraba amenazada, en este caso Europa, prácticamente le tenía vedado el ingreso. El gobierno suizo, por ejemplo, solicitó su extradición por considerar que en La Fuerza de la Razón, uno de sus últimos libros "manifestaba abierto racismo hacia la comunidad musulmana"; en Francia, Dinamarca y Alemania también existían denuncias en contra suya, de modo que la periodista italiana pasó sus últimos días en Nueva York, ciudad donde, dijo, "la tolerancia y hospitalidad no implican someterte a tus invitados como sucede hoy en la ilustradísima Europa".

De hecho Fallaci se encontraba en esa urbe cuando ocurrieron los atentados del 11 de septiembre. "De inmediato supe de que se trataba y quiénes eran sus autores", escribió, "no hay otra comunidad en el mundo que odie tanto la prosperidad ajena". Fueron también los atentados los que la hicieron romper su virtual retiro periodístico. De ello fueron publicados el libro arriba referido y, luego, La rabia y el orgullo. Ambas ediciones tienen tras de sí una catarata de demandas judiciales bajo el argumento que exhiben el "exacerbado racismo" de la autora hacia la comunidad islámica en Europa. Con todo, ambos libros se convirtieron en best-sellers, sobre todo en su país natal, donde se le consideraba un orgullo nacional.

Por supuesto que esos dos libros no surgieron espontáneamente ante la impotencia de los atentados. A diferencia de muchos críticos, Fallaci visitó el mundo árabe, y vio con claridad lo que se veía venir; casi dos décadas antes que se hablara de un choque de civilizaciones, Fallaci señalaba que el fundamentalismo islámico tenía como objetivo la destrucción del mundo occidental, al cual acusa de financiar a su enemigo Israel, país que, casualmente, es el más próspero en todo Medio Oriente.

Más interesante aún fue que Fallaci, con enorme valor periodístico, consiguió entrevistarse con tres figuras clave del mundo árabe (de hecho en el 2002 señaló que "contendría todo mi desprecio hacia Osama bin Laden si me concediera una entrevista"), a saber, el ayatollah Jomeini, Muammar Jadafi y Yasser Arafat. Del primero comentó en una entrevista a Playboy, "su misoginia era evidente, le disgustaba enormemente tener que responder preguntas a una mujer, pero nunca me faltó el respeto". Del segundo afirmó "entramos a una carpa donde al sentarnos sentí cómo sus pequeños ojos querían trepanarme (...) todo el ambiente a su alrededor es de tensión; es un hombre con mucha violencia contenida".

De Arafat, también ya fallecido, Falacci tuvo palabras menos amables: "Olía horrible, al hablar la saliva resbalaba por la comisura de sus labios, y de los largos discursos que me dio batallé mucho para editarlos y sacar información provechosa". Por lo menos eran tiempos en que los líderes árabes podían ser entrevistados, y más aún, por una mujer. Hoy sería impensable que Ahmenijhad, el presidente iraní, platicara con, digamos, por Diane Saywer. (Por cierto, de éste político comentó Fallaci "que alguien me responda que hace Ahmenijad si se nos dice que el Islam no fomenta el fanatismo".

Por supuesto que tampoco podríamos dejar de mencionar a Fallaci y su paso por México. El 2 de octubre del 68 ella era reportera del Paris Match de donde se le envió para que cubriera las manifestaciones estudiantiles. Acudió temprano a una de estas citas esa tarde nublada donde, como se sabe, ocurrió una balacera que cambiaría el rumbo histórico del país. Fallaci recibió un rozón de bala en la cadera. El amplio reportaje que escribió después sobre aquel episodio es considerado hoy un documento histórico. Por aquel entonces Fallaci --hija de un furibundo antifascista-- admitía ser de izquierda; de hecho nunca renegó de esas convicciones aunque sí externó alguna vez que "el fascismo y el comunismo son como dos hermanos gemelos que en el fondo piensan igual y que se pelean por el mismo botín".

Descanse en paz Oriana Fallaci. Que su sacrificio periodístico prospere en el futuro y que sus advertencias sobre le amenaza musulmana sobre Europa constituyan un vaticinio diluido.

 

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