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�ltimos atardeceres en la tierra
      ( CUENTO )
        .......... LA SITUACI�N ES �STA: B y el padre de B salen de vacaciones a
        Acapulco. Parten muv temprano, a las seis de la ma�ana Esa noche, B
        duerme en casa de su padre. No tiene sue�os o si los tiene los olvida
        nada m�s abrir los ojos. Oye a su padre en el ba�o. Mira por la ventana,
        a�n est� oscuro. B no enciende la luz y se viste. Cuando sale de su
        habitaci�n su padre est� sentado a la mesa, leyendo un peri�dico de-
        portivo del d�a anterior y el desayuno est� hecho. Caf� y huevos a la
        ranchera. B saluda a su padre y entra en el ba�o.
        .......... El coche del padre de B es un Ford Mustang del 70. A las seis
        y media de la ma�ana suben al coche y comienzan a salir de la Ciudad. La
        ciudad es M�xico Distrito Federal, y el a�o en que B y su padre
        abandonan el DF por unas cortas vacaciones es el a�o de 1975. El viaje
        es, en l�neas generales, pl�cido. Al salir del DF, ambos, padre e hijo,
        tienen fr�o, pero cuando abandonan el valle y comienzan a bajar en
        direcci�n a las tierras calientes del estado de Guerrero, el calor se
        impone y tienen que quitarse los su�ters y abrir las ventanillas. El
        paisaje, al principio, ocupa toda la atenci�n de B, que tiende a la
        melancol�a, pero al cabo de las horas las monta�as y los bosques se
        hacen mon�tonos y B prefiere dedicarse leer un libro de poes�a.
        .......... Antes de llegar a Acapulco el padre de B detiene el coche
        delante de un tenderete de la carretera. En el tenderete ofrecen
        iguanas. �Las probamos?, dice el padre de B. Las iguanas est�n vivas y
        apenas se mueven cuando el padre de B se acerca a mirarlas. B lo observa
        apoyado en el guardabarros del Mustang. Sin esperar respuesta, el padre
        de B pide una raci�n de iguana para �l y para su hijo. S�lo entonces B
        se mueve. Se acerca al comedor al aire libre, cuatro mesas y un toldo
        que el viento escaso apenas agita, y se sienta en la mesa m�s alejada de
        la carretera. Para beber, el padre de B pide cervezas. Los dos llevan
        las camisas arremangadas y desabotonadas. Los dos llevan camisas de
        colores claros. El hombre que los atiende, por el contrario, lleva una
        camiseta negra de manga larga y el calor no parece afectarlo.
        .......... �Van a Acapulco?, dice el hombre. El padre de B asiente.
        Ellos son los �nicos clientes del tenderete. Por la carretera brillante
        los coches pasan y no se detienen. El padre de B se levanta y se dirige
        hacia la parte de atr�s. Por un momento B cree que su padre va a orinar,
        pero pronto se da cuenta de que se ha metido en la cocina para observar
        c�mo cocinan la iguana. El hombre lo sigue en silencio. B los oye
        hablar. Primero habla su padre, despu�s la voz del hombre y por �ltimo
        una voz de mujer a la que B no ha visto. B tiene la frente perlada de
        sudor. Sus gafas est�n mojadas y sucias. Se las quita y las limpia con
        el borde de la camisa. Cuando vuelve a ponerse las gafas observa a su
        padre que lo est� mirando desde la cocina. En realidad, s�lo ve la cara
        de su padre y parte de su hombro, el resto queda oculto por una cortina
        roja con lunares negros, una cortina que a B, por momentos, le parece
        que no s�lo separa la cocina del comedor sino un tiempo de otro tiempo.
        .......... Entonces B desv�a la mirada y vuelve a su libro, que
        permanece abierto sobre la mesa. Es un libro de poes�a. Una antolog�a de
        surrealistas franceses traducida al espa�ol por Aldo Pellegrini,
        surrealista argentino. Desde hace dos d�as B est� leyendo este libro. Le
        gusta. Le gustan las fotos de los poetas. La foto de Unik, la de Desnos,
        la de Artaud, la de Crevel. El libro es voluminoso y est� forrado con un
        pl�stico transparente. No es B quien lo ha forrado (B nunca forra sus
        libros) sino un amigo particularmente puntilloso. As� que B desv�a la
        mirada, abre su libro al azar y encuentra a Gui Rosey, la foto de Gui
        Rosey, sus poemas, y cuando vuelve a levantar la mirada la cabeza de su
        padre ya no est�.
        .......... El calor es sofocante. De buena gana B volver�a al DF, pero
        no va a volver, al menos no ahora, eso lo sabe. Poco despu�s su padre
        est� sentado junto a �l y ambos comen iguana con salsa picante y beben
        m�s cerveza. El hombre de la camiseta negra ha encendido una radio de
        transistores y ahora una m�sica vagamente tropical se mezcla con el
        ruido del bosque y con el ruido de los coches que pasan por la
        carretera. La iguana sabe a pollo. Es m�s chiclosa que el pollo, dice B
        no muy convencido. Es sabrosa, dice su padre y pide otra raci�n. Toman
        caf� de olla. Los platos de iguana se los ha servido el hombre de la
        camiseta negra, pero el caf� lo trae la mujer de la cocina. Es joven,
        casi tan joven como B, y va vestida con shorts blancos y una blusa
        amarilla con estampado de flores blancas, unas flores que B no reconoce
        y que tal vez no existen. Cuando est�n tomando caf�, B se siente
        descompuesto, pero no dice nada. Fuma y mira el toldo que apenas se
        mueve, como si un delgado hilo de agua permaneciera all� desde la �ltima
        tormenta. Pero eso no puede ser, piensa B. �Qu� miras?, dice su padre.
        El toldo, dice B. Es como una vena. Esto �ltimo B no lo dice, s�lo lo
        piensa.
        .......... Al atardecer llegan a Acapulco. Durante un rato vagan por las
        avenidas cercanas al mar. Las ventanillas del coche est�n bajadas y la
        brisa les revuelve el pelo. Se detienen en un bar y entran a beber. Esta
        vez el padre de B pide tequila. B se lo piensa un momento. Tambi�n pide
        tequila. El bar es moderno y tiene aire acondicionado. El padre de B
        conversa con el camarero, le pregunta por hoteles cercanos a la playa.
        Cuando vuelven al Mustang ya se ven algunas estrellas y el padre de B
        parece, por primera vez en lo que va de d�a, cansado. Sin embargo a�n
        recorren un par de hoteles que, por un motivo u otro, no les satisfacen,
        antes de dar con el elegido. El hotel se llama La Brisa y es peque�o,
        tiene piscina y est� a cuatro pasos de la playa. Al padre de B le gusta
        el hotel. A B tambi�n le gusta. Como es temporada baja, est� casi vac�o
        y los precios resultan asequibles. La habitaci�n que les asignan tiene
        dos camas individuales y un peque�o ba�o con ducha; la �nica ventana da
        al patio del hotel, en donde est� la piscina, y no al mar como era el
        deseo del padre de B. La ventilaci�n, no tardan en descubrirlo, no
        funciona. Pero la habitaci�n es bastante fresca y no protestan. As� que
        se instalan, deshacen cada uno su maleta, meten la ropa en los armarios,
        B deja sus libros sobre el velador, se cambian de camisa, el padre de B
        se da una ducha de agua fr�a, B s�lo se lava la cara y cuando han
        terminado salen a cenar.
        .......... En la recepci�n del hotel encuentran a un tipo bajito y con
        dientes de conejo. Es joven y parece simp�tico, les recomienda un
        restaurante cercano al hotel. El padre de B le pregunta por alg�n sitio
        animado. B entiende a lo que se refiere su padre. El recepcionista no lo
        entiende. Un sitio con acci�n, dice el padre de B. Un lugar donde se
        puedan encontrar muchachas, dice B. Ah, dice el recepcionista. Durante
        un instante B y su padre permanecen inm�viles, sin hablar. El
        recepcionista se agacha, desaparece debajo del mostrador y luego vuelve
        a aparecer con una tarjeta que le tiende al padre de B. Este la mira,
        pregunta si el establecimiento es de confianza, y despu�s extrae de la
        billetera un billete que el recepcionista coge al vuelo.
        .......... Pero esa noche, despu�s de cenar, vuelven directos al hotel.
        .......... Al d�a siguiente B despierta muy temprano. Sin hacer ruido se
        ducha, se lava los dientes, se pone el traje de ba�o y abandona la
        habitaci�n. En el comedor del hotel no hay nadie, por lo que B decide
        desayunar afuera. La calle del hotel baja perpendicularmente hacia la
        playa. All� s�lo hay un adolescente que alquila tablas. B le pregunta el
        precio por una hora. El adolescente dice una cifra que a B le parece
        razonable, as� que alquila una tabla y se mete en el mar. Enfrente de la
        playa hay una peque�a isla y hacia all� dirige B su embarcaci�n. Al
        principio le cuesta un poco, pero no tarda en dominarla. El mar, a esa
        hora, es cristalino y antes de llegar a la isla B cree ver peces rojos
        bajo su tabla, peces de unos cincuenta cent�metros de longitud que se
        dirigen hacia la playa mientras �l rema hacia la isla.
        .......... El trayecto entre la playa y la isla dura exactamente quince
        minutos. B no lo sabe, pues no tiene reloj, y el tiempo se le alarga. La
        traves�a entre la playa y la isla le parece que dura una eternidad. Y
        justo antes de llegar unas olas imprevistas dificultan su aproximaci�n a
        la playa, una playa que puede apreciar de arena muy distinta a la playa
        del hotel, pues en aqu�lla la arena, tal vez por la hora (aunque B no lo
        cree as�), era de un color de tonos dorados y marrones y la de la isla
        es una arena blanca, refulgente, tanto que hace da�o mirarla mucho rato.
        .......... Entonces B deja de remar y se queda quieto, a merced del
        oleaje, y las olas comienzan a alejarlo paulatinamente de la isla.
        Cuando por fin reacciona, la tabla ha retrocedido y est� otra vez a
        medio camino. Despu�s de calcular las distancias, B opta por regresar.
        Esta vez la singladura transcurre pl�cidamente. Al llegar a la playa, el
        muchacho que alquila las tablas se le acerca y le pregunta si ha tenido
        alg�n problema. Ninguno, dice B. Una hora m�s tarde, sin haber
        desayunado, B regresa al hotel y encuentra a su padre sentado en el
        comedor, con una taza de caf� y un plato en donde a�n quedan restos de
        tostadas y huevos.
        .......... Las horas siguientes son confusas. Vagabundean, observan a la
        gente desde el interior del coche, a veces bajan y se toman un refresco
        o un helado. Esa tarde, en la playa, mientras su padre duerme estirado
        en una tumbona, B lee otra vez los poemas de Gui Rosey y la breve
        historia de su vida o de su muerte.
        .......... Un dia un grupo de surrealistas llegan al sur de Francia.
        Intentan obtener el visado para viajar a los Estados Unidos. El norte y
        el oeste est�n ocupados por los alemanes. El sur est� bajo la �gida de
        P�tain. El consulado norteamericano dilata la decisi�n d�a tras d�a. En
        el grupo de surrealistas est� Breton, est� Trist�n Tzara, est� P�ret,
        pero tambi�n hay otros que son menos importantes. A este grupo pertenece
        Gui Rosey . Su foto es la foto de un Poeta menor, piensa B. Es feo, es
        atildado, parece un oscuro funcionario de ministerio o un empleado de
        banca. Hasta aqu�, pese a las disonancias, todo normal, piensa B. El
        grupo de surrealistas se re�ne cada tarde en un caf� cerca del puerto.
        Hacen planes, conversan, Rosey no falta a ninguna cita. Un d�a, sin
        embargo (un atardecer, intuye B), Rosey desaparece. Al principio, nadie
        lo echa de menos. Es un poeta menor y los poetas menores pasan
        inadvertidos. Al cabo de los d�as, no obstante, comienzan a buscarlo. En
        la pensi�n en donde viv�a no saben nada de �l, sus maletas, sus libros,
        est�n all�, nadie los ha tocado, Por lo que resulta impensable que Rosey
        se haya marchado sin pagar, una pr�ctica com�n, por otra parte, en
        ciertas pensiones de la Costa Azul. Sus amigos lo buscan. Recorren
        hospitales y retenes de la gendarmer�a. Nadie sabe nada de �l. Un d�a
        llegan los visados y la mayor�a de ellos coge un barco y salen para los
        Estados Unidos. Los que se quedan, aquellos que no van a tener visado
        nunca, pronto olvidan a Rosey, olvidan su desaparici�n ocupados en
        ponerse a salvo a s� mismos en unos a�os en donde las desapariciones
        masivas y los cr�menes masivos son una constante.
        .......... De noche, despu�s de cenar en el hotel, el padre de B propone
        ir a visitar un lugar en donde haya acci�n. B mira a su padre. Es rubio
        (B es moreno), tiene los ojos grises y a�n es fuerte. Parece feliz y
        dispuesto a pasarlo bien. �Acci�n de qu� tipo? dice B, que sabe
        perfectamente a lo que se refiere su padre. La de siempre, dice el padre
        de B. Trago y mujeres. Durante un rato B permanece en silencio, como si
        cavilara una respuesta. Su padre lo mira. Se dir�a que en esa mirada hay
        expectaci�n, pero en real�dad s�lo hay cari�o. Finalmente B dice que no
        tiene ganas de hacer el amor con nadie. No se trata de ir a echar un
        polvo, dice su padre, sino de ir y mirar y tomar y departir con los
        amigos. �Con qu� amigos, dice B, si aqu� no conocemos a nadie? Uno
        siempre hace amigos en los picaderos, dice su padre. La palabra picadero
        hace que B piense en caballos. Cuando ten�a siete a�os su padre le
        compr� un caballo. �De d�nde era mi caballo?, dice B. Su padre, que no
        sabe de qu� habla, se sobresalta. �Qu� caballo?, dice. El que me
        compraste cuando yo era chico, dice B, en Chile. Ah, el Zafarrancho,
        dice su padre y sonr�e. Era un caballo chilote, de Chilo�, dice, y tras
        pensar un instante vuelve a hablar de los burdeles. Por su manera de
        evocarlos, se dir�a que habla de salas de baile, piensa B. Pero luego
        ambos se quedan callados.
        .......... Esa noche no van a ninguna parte.
        .......... Mientras su padre duerme, B se va a leer a la terraza del
        hotel, junto a la piscina. No hay nadie m�s que �l. La terraza est�
        limpia y vac�a. Desde su mesa B puede observar una parte de la
        recepci�n, en donde el recepcionista de la noche anterior lee algo o
        hace cuentas, de pie sobre el mostrador. B lee a los surrealistas
        franceses, lee a Gui Rosey. Y la verdad es que Rosey no le parece
        interesante. Le gusta Desnos, le gusta Eluard, mucho m�s que Rosey,
        aunque al final siempre vuelve a los poemas de �ste y a contemplar su
        fotograf�a, una foto de estudio en donde Rosey aparece como un ser
        sufriente y solitario, con los ojos grandes y vidriosos, y una corbata
        oscura que parece estrangularlo.
        .......... Seguramente se suicid�, piensa B. Supo que no iba a obtener
        jam�s el visado para los Estados Unidos o para M�xico y decidi� acabar
        sus d�as all�. Imagina o trata de imaginar una ciudad costera del sur de
        Francia. B a�n no ha estado nunca en Europa. Ha recorrido casi toda
        Latinoam�rica, pero en Europa a�n no ha puesto los pies. As� que su
        imagen de una ciudad mediterr�nea est� condicionada directamente por su
        imagen de Acapulco. Calor, un hotel peque�o y barato, playas de arenas
        doradas y playas de arenas blancas. Y ruidos lejanos de m�sica. B no
        sabe que falta en su imagen un ruido o un rumor determinante: el de las
        jarcias de las peque�as embarcaciones que suelen amarrar en todas las
        ciudades costeras. Sobre todo en las peque�as: el ruido de las jarcias
        en la noche, aunque el mar est� liso como un plato de sopa.
        .......... De pronto alguien m�s entra en la terraza. Es una silueta
        femenina que toma asiento en la mesa m�s retirada, en una esquina, junto
        a dos grandes jarrones de pie. Al poco rato, el recepcionista se acerca
        a la mujer con una bebida. Despu�s, en lugar de regresar a la recepci�n,
        el recepcionista se aproxima a B, que est� sentado al borde de la
        piscina y le pregunta qu� tal lo est�n pasando su padre y �l. Muy bien,
        dice B. �Les gusta Acapulco?, pregunta el recepcionista. Mucho, dice B.
        �Qu� tal el San Diego?, pregunta el recepcionista. B no entiende la
        pregunta. �El San Diego? Por un instante cree que le est� preguntando
        por el hotel, pero de inmediato recuerda que el hotel no se llama as�.
        �Qu� San Diego?, dice B. El recepcionista sonr�e. El club de putas,
        dice. Entonces B recuerda la tarjeta que el recepcionista le dio a su
        padre. A�n no hemos ido, dice. Es un sitio de confianza, dice el
        recepcionista. B mueve la cabeza en un gesto que podr�a ser interpretado
        de muchas maneras. Est� en la avenida Constituyentes, dice el
        recepcionista. En esa misma avenida hay otro club, el Ramada, que no es
        de fiar. El Ramada, dice B, mientras observa la silueta femenina inm�vil
        en el rinc�n de la terraza, en medio de los enormes jarrones cuya sombra
        se alarga y adelgaza hasta perderse debajo de las mesas vecinas, el vaso
        con la bebida en la mesa, aparentemente intacto. Al Ramada es mejor que
        no vayan, dice el recepcionista. �Por qu�?, dice B por decir algo, en
        realidad �l no tiene intenci�n de ir a ninguno de los dos clubes. No es
        de confianza, dice el recepcionista y sus dientes de conejo,
        blanqu�simos, brillan en la semipenurnbra que se ha apoderado
        repentinamente de toda la terraza, como si alguien desde la recepci�n
        hubiera apagado la mitad de las luces.
        .......... Cuando el recepcionista se va, B vuelve a abrir el libro de
        poes�a, pero las palabras ya son ilegibles, as� que deja el libro
        abierto sobre la mesa y cierra los ojos y no oye el rumor de las jarcias
        sino un ruido atmosf�rico, de enormes capas de aire caliente que
        descienden sobre el hotel y sobre los �rboles que rodean el hotel. Tiene
        ganas de meterse en la piscina. Por un instante cree que podr�a hacerlo.
        .......... Entonces la mujer del rinc�n se levanta y comienza a caminar
        en direcci�n a las escalinatas que unen la terraza con la recepci�n,
        aunque a medio camino se detiene, como si se sintiera mal, una mano
        apoyada en un cantero en donde ya no hay flores sino maleza. B la
        observa. La mujer lleva un vestido claro, holgado, de tela ligera, con
        un amplio escote que deja desnudos sus hombros. B cree que la mujer
        seguir� su camino, pero ella no se mueve, la mano fija en el cantero, la
        mirada baja, y entonces B se levanta, con el libro en la mano, y se
        acerca. Su primera sorpresa se produce al observar su rostro. La mujer
        debe tener, calcula B, unos sesenta a�os, aunque �l, de lejos, no le
        hubiera echado m�s de treinta. Es norteamericana y cuando B se le
        aproxima levanta la vista y le sonr�e. Buenas noches, dice ella un tanto
        incongruentemente. �Le sucede algo?, dice B. La mujer no entiende sus
        palabras y B tiene que repet�rselas, pero esta vez en ingl�s. S�lo estoy
        pensando en algo, dice la mujer sin dejar de sonre�rle. B reflexiona
        durante unos segundos en lo que la mujer le acaba de decir. Pensando en
        algo. Y de pronto percibe en esa declaraci�n una amenaza. Algo que se
        acerca por el lado del mar. Algo que avanza arrastrado por las nubes
        oscuras que cruzan invisibles la bah�a de Acapulco. Pero no se mueve ni
        hace el m�s m�nimo adem�n de romper el encanto en el que se siente
        sujeto. y entonces la mujer mira el libro que cuelga de la mano
        izquierda de B y le pregunta qu� es lo que lee y B dice: poes�a. Leo
        poemas. Y la mujer lo mira a los ojos, siempre con la misma sonrisa en
        la cara (una sonrisa que es reluciente y ajada al mismo tiempo, piensa B
        cada vez m�s nervioso) y le dice que a ella, en otro tiempo, le gustaba
        la poes�a. �Qu� poetas?, dice B sin mover un s�lo m�sculo. Ahora ya no
        los recuerdo, dice la mujer y parece sumirse nuevamente en la
        contemplaci�n de algo que s�lo ella puede vislumbrar. Sin embargo B cree
        que est� haciendo un esfuerzo por redordar y espera en silencio . Al
        cabo de un rato vuelve a posar en �l su mirada y dice: Longfellow. Acto
        seguido recita un texto con una rima pegajosa que a B le parece similar
        a una ronda infantil, algo, en cualquier caso, muy lejano a los poetas
        que �l lee. �Conoce usted a Longfellow? dice la mujer. B niega con la
        cabeza, aunque la verdad es que ha le�do a Longfellow. Me lo ense�aron
        en la escuela, dice la mujer con la misma sonrisa invariable Y luego
        a�ade: �no cree que hace demasiado calor? Hace rnucho calor, susurra B.
        Puede que se est� acercando una tormenta, dice la mujer. Parece muy
        segura de sus palabras. En ese momento B levanta la mirada: no ve
        ninguna estrella. Lo que s� ve son algunas luces del hotel encendidas. Y
        en la ventana de su habitaci�n ve una silueta que los est� mirando y que
        lo sobresalta como si de �mproviso se hubiera desatado la lluvia
        tropical.
        .......... Al Principio no comprende nada.
        .......... Su padre est� all�, al otro lado de los cristales, enfundado
        en una bata azul, una bata que ha tra�do desde su casa y que B no
        conoce, en cualquier caso no es un albornoz del hotel, y los est�
        mirando fijamente, aunque cuancio B lo descubre se echa para atr�s,
        retrocede corno picado por una serpiente (levanta una mano en un t�mido
        saludo) y desaparece tras las cortinas.
        .......... La canci�n de Hiawatha, dice la mujer. B la mira. La canci�n
        de Hiawatha, dice la mujer, el poema de Longfellow. Ah, s�, dice B.
        .......... Despu�s la mujer le da las buenas noches y desaparece
        gradualmente: primero sube la escalinata hasta la recepci�n, all� se
        detiene unos instantes, cruza unas palabras con alguien a quien B no
        puede ver y finalmente se pierde, silenciosa, por el lobby del hotel, su
        figura delgada enmarcada por las sucesivas ventanas hasta que dobla por
        el pasillo de la escalera interior.
        .......... Media hora m�s tarde B entra en su habitaci�n y encuentra a
        su padre dormido. Durante unos segundos, antes de dirigirse al ba�o a
        lavarse los dientes, B lo contempla (muy erguido, como dispuesto a
        sostener una pelea) desde los pies de la cama. Buenas noches, pap�,
        dice. Su padre no hace la menor se�al de haberlo escuchado.
        .......... Al segundo d�a de estancia en Acapulco, B y su padre van a
        ver a los clavadistas. Tienen dos opciones: mirar el espect�culo desde
        una plataforma al aire libre o entrar al restaurante-bar del hotel que
        domina La Quebrada. El padre de B pregunta los precios. La primera
        persona a la que interroga no lo sabe. El padre de B insiste. Por fin,
        un viejo ex clavadista que est� all� sin hacer nada, le dice dos cifras.
        Instalarse en el mirador del hotel es seis veces m�s caro que hacerlo en
        la plataforma al aire libre. El padre de B no lo duda: vamos al bar,
        dice, estaremos m�s c�modos. B lo sigue. En el bar sus vestimentas
        desentonan con las del resto, turistas norteamericanos o mexicanos con
        prendas claramente veraniegas. La ropa de B y de su padre es la t�pica
        ropa de los habitantes del DF, una ropa que parece salida de un sue�o
        interminable. Los camareros se dan cuenta. Saben que esa gente da poca
        propina y no los atienden con la prontitud necesaria. El espect�culo,
        para colmo, no se ve nada bien desde donde se han sentado. Hubi�ramos
        hecho mejor en quedarnos en la plataforma, dice el padre de B. Aunque
        esto tampoco est� mal, a�ade. B asiente. Finalizada la sesi�n de saltos
        y tras haberse bebido dos jaiboles cada uno, salen al aire libre y
        comienzan a hacer planes para el resto del d�a. En la plataforma casi no
        queda nadie, pero el padre de B distingue, sentado en un contrafuerte,
        al viejo ex clavadista y se le acerca.
        .......... El ex clavadista es bajo y tiene las espaldas muy anchas.
        Est� leyendo una novela de vaqueros y no levanta la mirada hasta que B y
        su padre est�n a su lado. Entonces los reconoce y les pregunta qu� les
        ha parecido el espect�culo. No ha estado mal, dice el padre de B, aunque
        en los deportes de precisi�n es necesaria una experiencia mayor para
        hacerse una idea cabal. �El caballero ha sido deportista? El padre de B
        lo estudia durante unos segundos y luego dice: algo hemos hecho en la
        vida. El ex clavadista se pone de pie con un movimiento en�rgico, como
        si de pronto estuviera otra vez en el borde de los acantilados. Debe
        tener, piensa B, unos cincuenta a�os, por lo tanto no es mucho mayor que
        su padre, aunque la piel de la cara, con arrugas que parecen heridas, le
        proporciona un aire de persona m�s vieja. �Los caballeros est�n de
        vacaciones?, dice el ex clavadista. El padre de B asiente con una
        sonrisa. �Y cu�l es el deporte que el caballero ha practicado, si se
        puede saber? El boxeo, dice el padre de B. Ah, caray, dice el ex
        clavadista, pues ser�a en peso pesado, �no? El padre de B sonr�e
        ampliamente y dice que s�.
        .......... Sin saber como, de pronto B se encuentra caminando con su
        padre y con el ex clavadista hasta llegar a donde han dejado aparcado el
        Mustang y luego los tres se montan en el coche y B oye como si estuviera
        escuchando la radio las instrucciones que el ex clavadista le da a su
        padre. El coche durante un rato se desliza por la avenida Miguel Alem�n,
        pero luego gira hacia el interior y pronto el paisije de hoteles y
        restaurantes dedicados al turismo se transforma en un paisaje urbano
        ligeramente tropical. El coche, sin embargo, sigue subiendo, alej�ndose
        de la herradura dorada de Acapulco, intern�ndose por calles mal
        asfaltadas o sin asfaltar, hasta llegar a una especie de restaurante o
        m�s bien casa de comidas corridas (aunque para ser un establecimiento de
        comidas corridas es demasiado grande, piensa B) en cuya acera
        polvorienta se detiene. El ex clavadista y su padre bajan de inmediato.
        Durante todo el trayecto no han parado de hablar y en la acera, mientras
        lo esperan y hacen gestos incomprensibles, siguen con su pl�tica. B
        tarda un momento en descender del coche. Vamos a comer, dice su padre.
        Es verdad, dice B.
        .......... El interior del local es oscuro y s�lo una cuarta parte est�
        ocupada por mesas. El resto parece una pista de baile, con un estrado
        para la orquesta, enmarcada por una larga barra de madera basta. Al
        entrar B no puede ver nada por el contraste de la luz. Luego observa a
        un hombre, que se parece al ex clavadista, acercarse a �ste y a su padre
        y tras escuchar atentamente una presentaci�n que B no comprende, darle
        la mano a su padre y segundos despu�s tend�rsela a �l. B extiende la
        mano y aprieta la del desconocido. Este dice un nombre y estrecha la
        mano de B con fuerza. El gesto es amistoso, pero el apret�n resulta m�s
        bien violento. El hombre no sonr�e. B decide no sonre�r. El padre de B y
        el ex clavadista ya est�n sentados a la mesa. B se sienta junto a ellos.
        El tipo que se parece al ex clavadista y que resulta ser su hermano
        menor se mantiene de pie, atento a las instrucciones. Aqu�, el
        caballero, dice el ex clavadista, fue campe�n de los pesos pesados de su
        pa�s. �Extranjeros?, dice el hombre. Chilenos, dice el padre de B. �Hay
        huachinango?, dice el ex clavadista. Hay, dice el hombre. Pues ponnos
        uno, un huachinango a la guerrerense, dice el ex clavadista. Y cervezas
        para todos, dice el padre de B, para usted tambi�n. Agradecido, murmura
        el hombre mientras saca tina libretita del bolsillo y apunta con
        dificultad un pedido que, a juicio de B, resulta un juego de ni�os
        memorizar.
        .......... Con las cervezas, el hermano del ex clavadista les trae una
        botana de galletitas saladas y tres vasos no muy grandes de ostiones.
        Son frescos, dice el ex clavadista mientras les pone chile a los tres.
        Qu� curioso, �verdad? Que esto se llame chile y que su pa�s se llame
        Chile, dice el ex clavadista mientras se�ala el frasco lleno de salsa
        picante de color rojo intenso. En efecto, no deja de ser curioso,
        concede el padre de B. A los chilenos, a�ade, esto siempre nos ha picado
        la curiosidad. B mira a su padre con una incredulidad apenas
        perceptible. El resto de la conversaci�n, hasta que llega el
        huachinango, gira en torno a temas de boxeo y de clavadismo.
        .......... Despu�s B y su padre se van del establecimiento. El tiempo ha
        pasado deprisa, sin que ellos se den cuenta, y cuando suben al Mustang
        ya son las siete de la tarde. El ex clavadista se sube con ellos. Por un
        momento, B piensa que no se lo van a poder quitar de encima nunca, pero
        cuando llegan al centro de Acapulco el ex clavadista se baja delante de
        un local de billares. Cuando se quedan solos, el padre de B comenta
        favorablemente el trato y los precios que han pagado por el huachinango.
        Si lo hubi�ramos comido aqu�, dice se�alando los hoteles del paseo
        costero, nos habr�a salido por un ojo de la cara. Al llegar a su
        habitaci�n, B se pone el traje de ba�o y se va a la playa. Nada durante
        un rato y luego intenta leer aprovechando la escasa luz del crep�sculo.
        Lee a los poetas surrealistas y no entiende nada. Un hombre pac�fico y
        solitario, al borde de la muerte. Im�genes, heridas. Eso es lo �nico que
        ve. Y de hecho las im�genes poco a poco se van diluyendo, como el sol
        poniente, y s�lo quedan las heridas. Un poeta menor desaparece mientras
        espera un visado para el Nuevo Mundo. Un poeta menor desaparece sin
        dejar rastros mientras desespera varado en un pueblo cualquiera del
        Mediterr�neo franc�s. No hay investigaci�n. No hay cad�ver. Cuando B
        intenta leer a Daumal la noche ya ha ca�do sobre la playa, cierra el
        libro y vuelve lentamente al hotel.
        .......... Despu�s de cenar, su padre le propone salir a divertirse. B
        rechaza la invitaci�n. Le sugiere a su padre que vaya solo, que �l no
        est� para divertirse, que prefiere quedarse en la habitaci�n y ver una
        pel�cula en la tele. Parece mentira, dice su padre, que a tu edad te
        est�s comportando como un viejo. B observa a su padre, que se ha duchado
        y se est� poniendo ropa limpia, y se r�e.
        .......... Antes de que su padre se marche B le dice que se cuide. Su
        padre lo mira desde la puerta y le dice que s�lo va a tomarse un par de
        tragos. Cu�date t�, dice y cierra suavemente.
        .......... Al quedarse solo B se quita los zapatos, busca sus
        cigarrillos, enciende la tele y vuelve a tumbarse en la cama. Sin darse
        cuenta, se queda dormido. Sue�a que vive (o que est� de visita) en la
        ciudad de los titanes. En su sue�o s�lo hay un deambular permanente por
        calles enormes y oscuras que recuerda de otros sue�os. Y hay tambi�n una
        actitud suya que en la vigilia �l sabe que no tiene. Una actitud delante
        de los edificios cuyas voluminosas sombras parecen chocar entre s�, y
        que no es precisamente una actitud de valor sino m�s bien de
        indiferencia.
        .......... Al cabo de un rato, justo cuando la teleserie se ha acabado,
        B se despierta de golpe, como impelido por una llamada, se levanta,
        apaga la tele y se asoma a la ventana. En la terraza, semioculta en el
        mismo rinc�n de la noche anterior, est� la norteamericana delante de un
        vaso de alcohol o de zumo de frutas. B la observa sin curiosidad y luego
        se aparta de la ventana, se sienta en la cama, abre su libro de poetas
        surrealistas y trata de leer. Pero no puede. As� que trata de pensar y
        para tal efecto se tiende en la cama otra vez, cierra los ojos, deja los
        brazos estirados. Por un instante cree que no tardar� en quedarse
        dormido. Incluso puede ver, sesgada, una calle de la ciudad de los
        sue�os. No tarda, sin embargo, en comprender que s�lo est� recordando el
        sue�o y entonces abre los ojos y se queda durante un rato contemplando
        el cielo raso de la habitaci�n. Luego apaga la luz de la mesilla de
        noche y vuelve a acercarse a la ventana. La norteamericana sigue all�,
        inm�vil, y las sombras de los jarrones se alargan hasta tocar las
        sombras de las mesas vecinas. El agua de la piscina recoge los reflejos
        de la recepci�n que permanece, al contrario que la terraza, con todas
        las luces encendidas. De pronto un coche se detiene a pocos metros de la
        entrada del hotel. B cree que se trata del Mustang de su padre. Pero
        durante un tiempo excesivamente largo nadie aparece por la puerta del
        hotel y B piensa que se ha equivocado. Justo en ese momento distingue la
        silueta de su padre que sube las escalinatas. Primero la cabeza, luego
        los hombros anchos, despu�s el resto del cuerpo hasta acabar en los
        zapatos, unos mocasines de color blanco que a B le disgustan
        profundamente pero que en ese momento le producen algo similar a la
        ternura. Su padre entra en el hotel como si bailara, piensa. Su padre
        hace su entrada como si viniera de un velorio, irreflexivamente feliz de
        seguir vivo. Pero lo m�s curioso es que, tras asomarse durante un
        instante a la recepci�n, su padre retrocede y toma el camino de la
        terraza: desciende las escaleras, rodea la piscina y va a sentarse en
        una mesa cercana a la de la norteamericana. Y cuando por fin aparece el
        tipo de la recepci�n con una copa, tras pagarle y sin esperar siquiera a
        que el recepcionista haya desaparecido del todo su padre se levanta y se
        acerca, con la copa en la mano, hasta la mesa de la norteamericana y
        durante un rato se queda all�, de pie, hablando, gesticulando, bebiendo,
        hasta que la mujer hace un gesto y su padre toma asiento a su lado.
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