EL OJO SILVA
        Para Rodrigo Pinto y Mar�a y Andr�s Braithwaite





        Lo que son las cosas, Mauricio Silva, llamado el Ojo, siempre intent�
        escapar de la violencia aun a riesgo de ser considerado un cobarde, pero
        de la violencia, de la verdadera violencia, no se puede escapar, al
        menos no nosotros, los nacidos en Latinoam�rica en la d�cada del
        cincuenta, los que rond�bamos los veinte a�os cuando muri� Salvador
        Allende.



        El caso del Ojo es paradigm�tico y ejemplar y tal vez no sea ocioso
        volver a recordarlo, sobre todo cuando ya han pasado tantos a�os.
             En enero de 1974, cuatro meses despu�s del golpe de Estado, el Ojo
        Silva se march� de Chile. Primero estuvo en Buenos Aires, luego los
        malos vientos que soplaban en la vecina rep�blica lo llevaron a M�xico
        en donde vivi� un par de a�os y en donde lo conoc�.
             No era como la mayor�a de los chilenos que por entonces viv�an en
        el D.F.: no se vanagloriaba de haber participado en una resistencia m�s
        fantasmal que real, no frecuentaba los c�rculos de exiliados.
             Nos hicimos amigos y sol�amos encontrarnos una vez a la semana, por
        lo menos, en el caf� La Habana, de Bucareli, o en mi casa de la calle
        Versalles en donde yo viv�a con mi madre y con mi hermana. Los primeros
        meses el Ojo Silva sobrevivi� a base de tareas espor�dicas y precarias,
        luego consigui� trabajo como fot�grafo de un peri�dico del D.F. No
        recuerdo qu� peri�dico era, tal vez El Sol, si alguna vez existi� en
        M�xico un peri�dico de ese nombre, tal vez El Universal; yo hubiera
        preferido que fuera El Nacional, cuyo suplemento cultural dirig�a el
        viejo poeta espa�ol Juan Rejano, pero en El Nacional no fue porque yo
        trabaj� all� y nunca vi al Ojo en la redacci�n. Pero trabaj� en un
        peri�dico mexicano, de eso no me cabe la menor duda, y su situaci�n
        econ�mica mejor�, al principio imperceptiblemente, porque el Ojo se
        hab�a acostumbrado a vivir de forma espartana, pero si uno afinaba la
        mirada pod�a apreciar se�ales inequ�vocas que hablaban de un repunte
        econ�mico.
             Los primeros meses en el D.F., por ejemplo, lo recuerdo vestido con
        sudaderas. Los �ltimos ya se hab�a comprado un par de camisas e incluso
        una vez lo vi con corbata, una prenda que nosotros, es decir mis amigos
        poetas y yo, no us�bamos nunca. De hecho, el �nico personaje encorbatado
        que alguna vez se sent� a nuestra mesa del caf� Quito, en la avenida
        Bucareli, fue el Ojo.
             Por aquellos d�as se dec�a que el Ojo Silva era homosexual. Quiero
        decir: en los c�rculos de exiliados chilenos corr�a ese rumor, en parte
        como manifestaci�n de maledicencia y en parte como un nuevo chisme que
        alimentaba la vida m�s bien aburrida de los exiliados, gente de
        izquierda que pensaba, al menos de cintura para abajo, exactamente igual
        que la gente de derecha que en aquel tiempo se ense�oreaba de Chile.
             Una vez vino el Ojo a comer a mi casa. Mi madre lo apreciaba y el
        Ojo correspond�a al cari�o haciendo de vez en cuando fotos de la
        familia, es decir de mi madre, de mi hermana, de alguna amiga de mi
        madre y de m�. A todo el mundo le gusta que lo fotograf�en, me dijo una
        vez. A m� me daba igual, o eso cre�a, pero cuando el Ojo dijo eso estuve
        pensando durante un rato en sus palabras y termin� por darle la raz�n.
        S�lo a algunos indios no les gustan las fotos, dijo. Mi madre crey� que
        el Ojo estaba hablando de los mapuches, pero en realidad hablaba de los
        indios de la India, de esa India que tan importante iba a ser para �l en
        el futuro.
             Una noche me lo encontr� en el caf� Quito. Casi no hab�a
        parroquianos y el Ojo estaba sentado junto a los ventanales que daban a
        Bucareli con un caf� con leche servido en vaso, esos vasos grandes de
        vidrio grueso que ten�a el Quito y que nunca m�s he vuelto a ver en un
        establecimiento p�blico. Me sent� junto a �l y estuvimos charlando
        durante un rato. Parec�a transl�cido. Esa fue la impresi�n que tuve. El
        Ojo parec�a de cristal, y su cara y el vaso de vidrio de su caf� con
        leche parec�an intercambiar se�ales, como si se acabaran de encontrar,
        dos fen�menos incomprensibles en el vasto universo, y trataran con m�s
        voluntad que esperanza de hallar un lenguaje com�n.
             Esa noche me confes� que era homosexual, tal como propagaban los
        exiliados, y que se iba de M�xico. Por un instante cre� entender que se
        marchaba porque era homosexual. Pero no, un amigo le hab�a conseguido un
        trabajo en una agencia de fot�grafos de Par�s y eso era algo con lo que
        siempre hab�a so�ado. Ten�a ganas de hablar y yo lo escuch�. Me dijo que
        durante algunos a�os hab�a llevado con �pesar?, �discreci�n?, su
        inclinaci�n sexual, sobre todo porque �l se consideraba de izquierdas y
        los compa�eros ve�an con cierto prejuicio a los homosexuales. Hablamos
        de la palabra invertido (hoy en desuso) que atra�a como un im�n paisajes
        desolados, y del t�rmino colisa, que yo escrib�a con ese y que el Ojo
        pensaba se escrib�a con zeta.
             Recuerdo que terminamos despotricando contra la izquierda chilena y
        que en alg�n momento yo brind� por los luchadores chilenos errantes, una
        fracci�n numerosa de los luchadores latinoamericanos errantes,
        entelequia compuesta de hu�rfanos que, como su nombre indica, erraban
        por el ancho mundo ofreciendo sus servicios al mejor postor, que casi
        siempre, por lo dem�s, era el peor. Pero despu�s de re�rnos el Ojo dijo
        que la violencia no era cosa suya. Tuya s�, me dijo con una tristeza que
        entonces no entend�, pero no m�a. Detesto la violencia. Yo le asegur�
        que sent�a lo mismo. Despu�s nos pusimos a hablar de otras cosas,
        libros, pel�culas, y ya no nos volvimos a ver.
             Un d�a supe que el Ojo se hab�a marchado de M�xico. Me lo comunic�
        un antiguo compa�ero suyo del peri�dico. No me pareci� extra�o que no se
        hubiera despedido de m�. El Ojo nunca se desped�a de nadie. Yo nunca me
        desped�a de nadie. Mis amigos mexicanos nunca se desped�an de nadie. A
        mi madre, sin embargo, le pareci� un gesto de mala educaci�n.
             Dos o tres a�os despu�s yo tambi�n me march� de M�xico. Estuve en
        Par�s, lo busqu� (si bien no con excesivo ah�nco), no lo encontr�. Con
        el paso del tiempo empec� a olvidar hasta su rostro, aunque siempre
        persisti� en mi memoria una forma de acercarse, un estar, una forma de
        opinar desde cierta distancia y desde cierta tristeza nada enf�tica que
        asociaba con el Ojo Silva, un Ojo Silva que ya no ten�a rostro o que
        hab�a adquirido un rostro de sombras, pero que a�n manten�a lo esencial,
        la memoria de su movimiento, una entidad casi abstracta pero en donde no
        cab�a la quietud.
             Pasaron los a�os. Muchos a�os. Algunos amigos murieron. Yo me cas�,
        tuve un hijo, publiqu� algunos libros.
             En cierta ocasi�n tuve que ir a Berl�n. La �ltima noche, despu�s de
        cenar con Heinrich von Berenberg y su familia, cog� un taxi (aunque
        usualmente era Heinrich el que cada noche me iba a dejar al hotel) al
        que orden� que se detuviera antes porque quer�a pasear un poco. El
        taxista (un asi�tico ya mayor que escuchaba a Beethoven) me dej� a unas
        cinco cuadras del hotel. No era muy tarde aunque casi no hab�a gente por
        las calles. Atraves� una plaza. Sentado en un banco estaba el Ojo. No lo
        reconoc� hasta que �l me habl�. Dijo mi nombre y luego me pregunt� c�mo
        estaba. Entonces me di la vuelta y lo mir� durante un rato sin saber
        qui�n era. El Ojo segu�a sentado en el banco y sus ojos me miraban y
        luego miraban el suelo o a los lados, los �rboles enormes de la peque�a
        plaza berlinesa y las sombras que lo rodeaban a �l con m�s intensidad
        (eso cre� entonces) que a m�. Di unos pasos hacia �l y le pregunt� qui�n
        era. Soy yo, Mauricio Silva, dijo. �El Ojo Silva de Chile?, dije yo. �l
        asinti� y s�lo entonces lo vi sonre�r.
             Aquella noche conversamos casi hasta que amaneci�. El Ojo viv�a en
        Berl�n desde hac�a algunos a�os y sab�a encontrar los bares que
        permanec�an abiertos toda la noche. Le pregunt� por su vida. A grandes
        rasgos me hizo un dibujo de los avatares del fot�grafo free lancer.
        Hab�a tenido casa en Par�s, en Mil�n y ahora en Berl�n, viviendas
        modestas en donde guardaba los libros y de las que se ausentaba durante
        largas temporadas. S�lo cuando entramos al primer bar pude apreciar
        cu�nto hab�a cambiado. Estaba mucho m�s flaco, el pelo entrecano y la
        cara surcada de arrugas. Not� asimismo que beb�a mucho m�s que en
        M�xico. Quiso saber cosas de m�. Por supuesto, nuestro encuentro no
        hab�a sido casual. Mi nombre hab�a aparecido en la prensa y el Ojo lo
        ley� o alguien le dijo que un compatriota suyo daba una lectura o una
        conferencia a la que no pudo ir, pero llam� por tel�fono a la
        organizaci�n y consigui� las se�as de mi hotel. Cuando lo encontr� en la
        plaza s�lo estaba haciendo tiempo, dijo, y reflexionando a la espera de
        mi llegada.
             Me re�. Reencontrarlo, pens�, hab�a sido un acontecimiento feliz.
        El Ojo segu�a siendo una persona rara y sin embargo asequible, alguien
        que no impon�a su presencia, alguien al que le pod�as decir adi�s en
        cualquier momento de la noche y �l s�lo te dir�a adi�s, sin un reproche,
        sin un insulto, una especie de chileno ideal, estoico y amable, un
        ejemplar que nunca hab�a abundado mucho en Chile pero que s�lo all� se
        pod�a encontrar.
             Releo estas palabras y s� que peco de inexactitud. El Ojo jam�s se
        hubiera permitido estas generalizaciones. En cualquier caso, mientras
        estuvimos en los bares, sentados delante de un whisky y de una cerveza
        sin alcohol, nuestro di�logo se desarroll� b�sicamente en el terreno de
        las evocaciones, es decir fue un di�logo informativo y melanc�lico. El
        di�logo, en realidad el mon�logo, que de verdad me interesa es el que se
        produjo mientras volv�amos a mi hotel, a eso de las dos de la ma�ana.
             La casualidad quiso que se pusiera a hablar (o que se lanzara a
        hablar) mientras atraves�bamos la misma plaza en donde unas horas antes
        nos hab�amos encontrado. Recuerdo que hac�a fr�o y que de repente
        escuch� que el Ojo me dec�a que le gustar�a contarme algo que nunca
        antes le hab�a contado a nadie. Lo mir�. El Ojo ten�a la vista puesta en
        el sendero de baldosas que serpenteaba por la plaza. Le pregunt� de qu�
        se trataba. De un viaje, contest� en el acto. �Y qu� pas� en ese viaje?,
        le pregunt�. Entonces el Ojo se detuvo y durante unos instantes pareci�
        existir s�lo para contemplar las copas de los altos �rboles alemanes y
        los fragmentos de cielo y nubes que bull�an silenciosamente por encima
        de �stos.
             Algo terrible, dijo el Ojo. �T� te acuerdas de una conversaci�n que
        tuvimos en el Quito antes de que me marchara de M�xico? S�, dije. �Te
        dije que era gay?, dijo el Ojo. Me dijiste que eras homosexual, dije yo.
        Sent�monos, dijo el Ojo.
             Jurar�a que lo vi sentarse en el mismo banco, como si yo a�n no
        hubiera llegado, a�n no hubiera empezado a cruzar la plaza, y �l
        estuviera esper�ndome y reflexionando sobre su vida y sobre la historia
        que el destino o el azar lo obligaba a contarme. Alz� el cuello de su
        abrigo y empez� a hablar. Yo encend� un cigarrillo y permanec� de pie.
        La historia del Ojo transcurr�a en la India. Su oficio y no la
        curiosidad de turista lo hab�a llevado hasta all�, en donde ten�a que
        realizar dos trabajos. El primero era el t�pico reportaje urbano, una
        mezcla de Marguerite Duras y Hermann Hesse, el Ojo y yo sonre�mos, hay
        gente as�, dijo, gente que quiere ver la India a medio camino entre
        India Song y Sidharta, y uno est� para complacer a los editores. As� que
        el primer reportaje hab�a consistido en fotos donde se vislumbraban
        casas coloniales, jardines derruidos, restaurantes de todo tipo, con
        predominio m�s bien del restaurante canalla o del restaurante de
        familias que parec�an canallas y s�lo eran indias, y tambi�n fotos del
        extrarradio, las zonas verdaderamente pobres, y luego el campo y las
        v�as de comunicaci�n, carreteras, empalmes ferroviarios, autobuses y
        trenes que entraban y sal�an de la ciudad, sin olvidar la naturaleza
        como en estado latente, una hibernaci�n ajena al concepto de hibernaci�n
        occidental, �rboles distintos a los �rboles europeos, r�os y riachuelos,
        campos sembrados o secos, el territorio de los santos, dijo el Ojo.
             El segundo reportaje fotogr�fico era sobre el barrio de las putas
        de una ciudad de la India cuyo nombre no conocer� nunca.
             Aqu� empieza la verdadera historia del Ojo. En aquel tiempo a�n
        viv�a en Par�s y sus fotos iban a ilustrar un texto de un conocido
        escritor franc�s que se hab�a especializado en el submundo de la
        prostituci�n. De hecho, su reportaje s�lo era el primero de una serie
        que comprender�a barrios de tolerancia o zonas rojas de todo el mundo,
        cada una fotografiada por un fot�grafo diferente, pero todas comentadas
        por el mismo escritor.
             No s� a qu� ciudad lleg� el Ojo, tal vez Bombay, Calcuta, tal vez
        Benar�s o Madr�s, recuerdo que se lo pregunt� y que �l ignor� mi
        pregunta. Lo cierto es que lleg� a la India solo, pues el escritor
        franc�s ya ten�a escrita su cr�nica y �l �nicamente deb�a ilustrarla, y
        se dirigi� a los barrios que el texto del franc�s indicaba y comenz� a
        hacer fotograf�as. En sus planes -y en los planes de sus editores- el
        trabajo y por lo tanto la estad�a en la India no deb�a prolongarse m�s
        all� de una semana. Se hosped� en un hotel en una zona tranquila, una
        habitaci�n con aire acondicionado y con una ventana que daba a un patio
        que no pertenec�a al hotel y en donde hab�a dos �rboles y una fuente
        entre los �rboles y parte de una terraza en donde a veces aparec�an dos
        mujeres seguidas o precedidas de varios ni�os. Las mujeres vest�an a la
        usanza india, o lo que para el Ojo eran vestimentas indias, pero a los
        ni�os incluso una vez los vio con corbatas. Por las tardes se desplazaba
        a la zona roja y hac�a fotos y charlaba con las putas, algunas
        jovenc�simas y muy hermosas, otras un poco mayores o m�s estropeadas,
        con pinta de matronas esc�pticas y poco locuaces. El olor, que al
        principio m�s bien lo molestaba, termin� gust�ndole. Los chulos (no vio
        muchos) eran amables y trataban de comportarse como chulos occidentales
        o tal vez (pero esto lo so�� despu�s, en su habitaci�n de hotel con aire
        acondicionado) eran estos �ltimos quienes hab�an adoptado la gestualidad
        de los chulos hind�es.
             Una tarde lo invitaron a tener relaci�n carnal con una de las
        putas. Se neg� educadamente. El chulo comprendi� en el acto que el Ojo
        era homosexual y a la noche siguiente lo llev� a un burdel de j�venes
        maricas. Esa noche el Ojo enferm�. Ya estaba dentro de la India y no me
        hab�a dado cuenta, dijo estudiando las sombras del parque berlin�s. �Qu�
        hiciste?, le pregunt�. Nada. Mir� y sonre�. Y no hice nada. Entonces a
        uno de los j�venes se le ocurri� que tal vez al visitante le agradara
        visitar otro tipo de establecimiento. Eso dedujo el Ojo, pues entre
        ellos no hablaban en ingl�s. As� que salieron de aquella casa y
        caminaron por calles estrechas e infectas hasta llegar a una casa cuya
        fachada era peque�a pero cuyo interior era un laberinto de pasillos,
        habitaciones min�sculas y sombras de las que sobresal�a, de tanto en
        tanto, un altar o un oratorio.
             Es costumbre en algunas partes de la India, me dijo el Ojo mirando
        el suelo, ofrecer un ni�o a una deidad cuyo nombre no recuerdo. En un
        arranque desafortunado le hice notar que no s�lo no recordaba el nombre
        de la deidad sino que tampoco el nombre de la ciudad ni el de ninguna
        persona de su historia. El Ojo me mir� y sonri�. Trato de olvidar, dijo.
             En ese momento me tem� lo peor, me sent� a su lado y durante un
        rato ambos permanecimos con los cuellos de nuestros abrigos levantados y
        en silencio. Ofrecen un ni�o a ese dios, retom� su historia tras
        escrutar la plaza en penumbras, como si temiera la cercan�a de un
        desconocido, y durante un tiempo que no s� mensurar el ni�o encarna al
        dios. Puede ser una semana, lo que dure la procesi�n, un mes, un a�o, no
        lo s�. Se trata de una fiesta b�rbara, prohibida por las leyes de la
        rep�blica india, pero que se sigue celebrando. Durante el transcurso de
        la fiesta el ni�o es colmado de regalos que sus padres reciben con
        gratitud y felicidad, pues suelen ser pobres. Terminada la fiesta el
        ni�o es devuelto a su casa, o al agujero inmundo donde vive y todo
        vuelve a recomenzar al cabo de un a�o.
             La fiesta tiene la apariencia de una romer�a latinoamericana, s�lo
        que tal vez es m�s alegre, m�s bulliciosa y probablemente la intensidad
        de los que participan, de los que se saben participantes, sea mayor. Con
        una sola diferencia. Al ni�o, d�as antes de que empiecen los festejos,
        lo castran. El dios que se encarna en �l durante la celebraci�n exige un
        cuerpo de hombre -aunque los ni�os no suelen tener m�s de siete a�os-
        sin la m�cula de los atributos masculinos. As� que los padres lo
        entregan a los m�dicos de la fiesta o a los barberos de la fiesta o a
        los sacerdotes de la fiesta y �stos lo emasculan y cuando el ni�o se ha
        recuperado de la operaci�n comienza el festejo. Semanas o meses despu�s,
        cuando todo ha acabado, el ni�o vuelve a casa, pero ya es un castrado y
        los padres lo rechazan. Y entonces el ni�o acaba en un burdel. Los hay
        de todas clases, dijo el Ojo con un suspiro. A m�, aquella noche, me
        llevaron al peor de todos.
             Durante un rato no hablamos. Yo encend� un cigarrillo. Despu�s el
        Ojo me describi� el burdel y parec�a que estaba describiendo una
        iglesia. Patios interiores techados. Galer�as abiertas. Celdas en donde
        gente a la que t� no ve�as espiaba todos tus movimientos. Le trajeron a
        un joven castrado que no deb�a tener m�s de diez a�os. Parec�a una ni�a
        aterrorizada, dijo el Ojo. Aterrorizada y burlona al mismo tiempo. �Lo
        puedes entender? Me hago una idea, dije. Volvimos a enmudecer. Cuando
        por fin pude hablar otra vez dije que no, que no me hac�a ninguna idea.
        Ni yo, dijo el Ojo. Nadie se puede hacer una idea. Ni la v�ctima, ni los
        verdugos, ni los espectadores. S�lo una foto.
             �Le sacaste una foto?, dije. Me pareci� que el Ojo era sacudido por
        un escalofr�o. Saqu� mi c�mara, dijo, y le hice una foto. Sab�a que
        estaba conden�ndome para toda la eternidad, pero lo hice.
             Ignoro cu�nto rato estuvimos en silencio. S� que hac�a fr�o pues yo
        en alg�n momento me puse a temblar. A mi lado o� sollozar al Ojo un par
        de veces, pero prefer� no mirarlo. Vi los faros de un coche que pasaba
        por una de las calles laterales de la plaza. A trav�s del follaje vi
        encenderse una ventana.
             Despu�s el Ojo sigui� hablando. Dijo que el ni�o le hab�a sonre�do
        y luego se hab�a escabullido mansamente por una de los pasillos de
        aquella casa incomprensible. En alg�n momento uno de los chulos le
        sugiri� que si all� no hab�a nada de su agrado se marcharan. El Ojo se
        neg�. No pod�a irse. Se lo dijo as�: no puedo irme todav�a. Y era
        verdad, aunque �l desconoc�a qu� era aquello que le imped�a abandonar
        aquel antro para siempre. El chulo, sin embargo, lo entendi� y pidieron
        t� o un brebaje parecido. El Ojo recuerda que se sentaron en el suelo,
        sobre unas esteras o sobre unas alfombrillas estropeadas por el uso. La
        luz proven�a de un par de velas. Sobre la pared colgaba un p�ster con la
        efigie del dios. Durante un rato el Ojo mir� al dios y al principio se
        sinti� atemorizado, pero luego sinti� algo parecido a la rabia, tal vez
        al odio.
             Yo nunca he odiado a nadie, dijo mientras encend�a un cigarrillo y
        dejaba que la primera bocanada se perdiera en la noche berlinesa.
             En alg�n momento, mientras el Ojo miraba la efigie del dios,
        aquellos que lo acompa�aban desaparecieron. Se qued� solo con una
        especie de puto de unos veinte a�os que hablaba ingl�s. Y luego, tras
        unas palmadas, reapareci� el ni�o. Yo estaba llorando, o yo cre�a que
        estaba llorando, o el pobre puto cre�a que yo estaba llorando, pero nada
        era verdad. Yo intentaba mantener una sonrisa en la cara (una cara que
        ya no me pertenec�a, una cara que se estaba alejando de m� como una hoja
        arrastrada por el viento), pero en mi interior lo �nico que hac�a era
        maquinar. No un plan, no una forma vaga de justicia, sino una voluntad.
             Y despu�s el Ojo y el puto y el ni�o se levantaron y recorrieron un
        pasillo mal iluminado y otro pasillo peor iluminado (con el ni�o a un
        lado del Ojo, mir�ndolo, sonri�ndole, y el joven puto tambi�n le
        sonre�a, y el Ojo asent�a y prodigaba ciegamente las monedas y los
        billetes) hasta llegar a una habitaci�n en donde dormitaba el m�dico y
        junto a �l otro ni�o con la piel a�n m�s oscura que la del ni�o castrado
        y menor que �ste, tal vez seis a�os o siete, y el Ojo escuch� las
        explicaciones del m�dico o del barbero o del sacerdote, unas
        explicaciones prolijas en donde se mencionaba la tradici�n, las fiestas
        populares, el privilegio, la comuni�n, la embriaguez y la santidad, y
        pudo ver los instrumentos quir�rgicos con que el ni�o iba a ser castrado
        aquella madrugada o la siguiente, en cualquier caso el ni�o hab�a
        llegado, pudo entender, aquel mismo d�a al templo o al burdel, una
        medida preventiva, una medida higi�nica, y hab�a comido bien, como si ya
        encarnara al dios, aunque lo que el Ojo vio fue un ni�o que lloraba
        medio dormido y medio despierto, y tambi�n vio la mirada medio divertida
        y medio aterrorizada del ni�o castrado que no se despegaba de su lado. Y
        entonces el Ojo se convirti� en otra cosa, aunque la palabra que �l
        emple� no fue "otra cosa" sino "madre".
             Dijo madre y suspir�. Por fin. Madre.
             Lo que sucedi� a continuaci�n de tan repetido es vulgar: la
        violencia de la que no podemos escapar. El destino de los
        latinoamericanos nacidos en la d�cada de los cincuenta. Por supuesto, el
        Ojo intent� sin gran convicci�n el di�logo, el soborno, la amenaza. Lo
        �nico cierto es que hubo violencia y poco despu�s dej� atr�s las calles
        de aquel barrio como si estuviera so�ando y transpirando a mares.
        Recuerda con viveza la sensaci�n de exaltaci�n que creci� en su
        esp�ritu, cada vez mayor, una alegr�a que se parec�a peligrosamente a
        algo similar a la lucidez, pero que no era (no pod�a ser) lucidez.
        Tambi�n: la sombra que proyectaba su cuerpo y las sombras de los dos
        ni�os que llevaba de la mano sobre los muros descascarados. En cualquier
        otra parte hubiera concitado la atenci�n. All�, a aquella hora, nadie se
        fij� en �l.
             El resto, m�s que una historia o un argumento, es un itinerario. El
        Ojo volvi� al hotel, meti� sus cosas en la maleta y se march� con los
        ni�os. Primero en un taxi hasta una aldea o un barrio de las afueras.
        Desde all� en un autob�s hasta otra aldea en donde cogieron otro autob�s
        que los llev� a otra aldea. En alg�n punto de su fuga se subieron a un
        tren y viajaron toda la noche y parte del d�a. El Ojo recordaba el
        rostro de los ni�os mirando por la ventana un paisaje que la luz de la
        ma�ana iba deshilachando, como si nunca nada hubiera sido real salvo
        aquello que se ofrec�a, soberano y humilde, en el marco de la ventana de
        aquel tren misterioso.
             Despu�s cogieron otro autob�s, y un taxi, y otro autob�s, y otro
        tren, y hasta hicimos dedo, dijo el Ojo mirando la silueta de los
        �rboles berlineses pero en realidad mirando la silueta de otros �rboles,
        innombrables, imposibles, hasta que finalmente se detuvieron en una
        aldea en alguna parte de la India y alquilaron una casa y descansaron.
             Al cabo de dos meses el Ojo ya no ten�a dinero y fue caminando
        hasta otra aldea desde donde envi� una carta al amigo que entonces ten�a
        en Par�s. Al cabo de quince d�as recibi� un giro bancario y tuvo que ir
        a cobrarlo a un pueblo m�s grande, que no era la aldea desde la que
        hab�a mandado la carta ni mucho menos la aldea en donde viv�a. Los ni�os
        estaban bien. Jugaban con otros ni�os, no iban a la escuela y a veces
        llegaban a casa con comida, hortalizas que los vecinos les regalaban. A
        �l no lo llamaban padre, como les hab�a sugerido m�s que nada como una
        medida de seguridad, para no atraer la atenci�n de los curiosos, sino
        Ojo, tal como le llam�bamos nosotros. Ante los aldeanos, sin embargo, el
        Ojo dec�a que eran sus hijos. Se invent� que la madre, india, hab�a
        muerto hac�a poco y �l no quer�a volver a Europa. La historia sonaba
        ver�dica. En sus pesadillas, no obstante, el Ojo so�aba que en mitad de
        la noche aparec�a la polic�a india y lo deten�an con acusaciones
        indignas. Sol�a despertar temblando. Entonces se acercaba a las
        esterillas en donde dorm�an los ni�os y la visi�n de �stos le daba
        fuerzas para seguir, para dormir, para levantarse.
             Se hizo agricultor. Cultivaba un peque�o huerto y en ocasiones
        trabajaba para los campesinos ricos de la aldea. Los campesinos ricos,
        por supuesto, en realidad eran pobres, pero menos pobres que los dem�s.
        El resto del tiempo lo dedicaba a ense�ar ingl�s a los ni�os, y algo de
        matem�ticas, y a verlos jugar. Entre ellos hablaban en un idioma
        incomprensible. A veces los ve�a detener los juegos y caminar por el
        campo como si de pronto se hubieran vuelto son�mbulos. Los llamaba a
        gritos. A veces los ni�os fing�an no o�rlo y segu�an caminando hasta
        perderse. Otras veces volv�an la cabeza y le sonre�an.
             �Cu�nto tiempo estuviste en la India?, le pregunt� alarmado.
             Un a�o y medio, dijo el Ojo, aunque a ciencia cierta no lo sab�a.
             En una ocasi�n su amigo de Par�s lleg� a la aldea. Todav�a me
        quer�a, dijo el Ojo, aunque en mi ausencia se hab�a puesto a vivir con
        un mec�nico argelino de la Renault. Se ri� despu�s de decirlo. Yo
        tambi�n me re�. Todo era tan triste, dijo el Ojo. Su amigo que llegaba a
        la aldea a bordo de un taxi cubierto de polvo rojizo, los ni�os
        corriendo detr�s de un insecto, en medio de unos matorrales secos, el
        viento que parec�a traer buenas y malas noticias.
             Pese a los ruegos del franc�s no volvi� a Par�s. Meses despu�s
        recibi� una carta de �ste en donde le comunicaba que la polic�a india no
        lo persegu�a. Al parecer la gente del burdel no hab�a interpuesto
        denuncia alguna. La noticia no impidi� que el Ojo siguiera sufriendo
        pesadillas, s�lo cambi� la vestimenta de los personajes que lo deten�an
        y lo zaher�an: en lugar de ser polic�as se convirtieron en esbirros de
        la secta del dios castrado. El resultado final era a�n m�s horroroso, me
        confes� el Ojo, pero yo ya me hab�a acostumbrado a las pesadillas y de
        alguna forma siempre supe que estaba en el interior de un sue�o, que eso
        no era la realidad.
             Despu�s lleg� la enfermedad a la aldea y los ni�os murieron. Yo
        tambi�n quer�a morirme, dijo el Ojo, pero no tuve esa suerte.
             Tras convalecer en una caba�a que la lluvia iba destrozando cada
        d�a, el Ojo abandon� la aldea y volvi� a la ciudad en donde hab�a
        conocido a sus hijos. Con atenuada sorpresa descubri� que no estaba tan
        distante como pensaba, la huida hab�a sido en espiral y el regreso fue
        relativamente breve. Una tarde, la tarde en que lleg� a la ciudad, fue a
        visitar el burdel en donde castraban a los ni�os. Sus habitaciones se
        hab�an convertido en viviendas en donde se hacinaban familias enteras.
        Por los pasillos que recordaba solitarios y f�nebres ahora pululaban
        ni�os que apenas sab�an andar y viejos que ya no pod�an moverse y se
        arrastraban. Le pareci� una imagen del para�so.
             Aquella noche, cuando volvi� a su hotel, sin poder dejar de llorar
        por sus hijos muertos, por los ni�os castrados que �l no hab�a conocido,
        por su juventud perdida, por todos los j�venes que ya no eran j�venes y
        por los j�venes que murieron j�venes, por los que lucharon por Salvador
        Allende y por los que tuvieron miedo de luchar por Salvador Allende,
        llam� a su amigo franc�s, que ahora viv�a con un antiguo levantador de
        pesas b�lgaro, y le pidi� que le enviara un billete de avi�n y algo de
        dinero para pagar el hotel.
             Y su amigo franc�s le dijo que s�, que por supuesto, que lo har�a
        de inmediato, y tambi�n le dijo �qu� es ese ruido?, �est�s llorando?, y
        el Ojo dijo que s�, que no pod�a dejar de llorar, que no sab�a qu� le
        pasaba, que llevaba horas llorando. Y su amigo franc�s le dijo que se
        calmara. Y el Ojo se ri� sin dejar de llorar y dijo que eso har�a y
        colg� el tel�fono. Y luego sigui� llorando sin parar.
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