TRAZADO
R.'.L.'.S.'. IXCUINA 8
Para seguir cumpliendo gustosamente con tu deseo, hermana Morquecho, voy a narrarte como testigo activo, mis experiencias desde la salida de Barcelona hasta la llegada a tu bendita tierra mexicana.
El día 26 de enero de 1939, con barricadas en las calles para tratar en un intento vano parar a las tropas franquistas, que a las cuatro de la tarde empezaron a entrar en la ciudad, salimos mi hermana Maruja y yo, últimos restos de nuestra familia, con dieciocho y veinte años respectivamente y sin más bagaje que la angustia y sufrimientos asimilados durante tres años de guerra, en la que habíamos perdido, entre otros familiares, a nuestro único hermano que murió en el frente de combate a los veintiún años.
Salimos, como te digo, ese memorable día, a las once de la mañana a pie, entre miles y miles de gentes desconocidas y en dirección a las carreteras que decían nos llevarían a Francia. A las ocho de la noche llegamos a un pueblo llamado Badalona, constituido en primera línea de combate republicano. Allí nos dieron un pedazo seco de bacalao crudo y un pan de ración del ejército para seguir caminando.
Los aviones franquistas volaban sin cesar sobre el río humano que llenaba las carreteras, ametrallando a ras de tierra tanto como podían acercarse. Todos nos echábamos al suelo, boca abajo con algo entre los dientes, una rama de árbol, un dedo, etc. para evitar que las explosiones de las bombas nos rompieran los tímpanos, y así íbamos levantándonos unos para seguir adelante, dejando a otros en el camino y ayudando a los menos heridos, esperando la próxima venida de los aviones, sin esperanza de seguir ilesos.
Hubo madre que llevó en sus brazos, durante diecisiete días el cadáver de su hijo. Hubo otra que buscando a los demás, llevaba de su mano el bracito de lo que había sido su hija, creyendo tirar de ella. He visto caras, caras, caras pálidas, verdes, alentándonos a dejarlos y a seguir hacia lo que creíamos la libertad.
Gritos que no pueden concebirse en época de paz. Sangre, muerte, dolor, crueldad, miseria, heroísmo, ideales, todo roto. Todo perdido. España desgarrada, vencida, vejada y sus hijos muertos todos. Aquellos, los que estaban de acuerdo con Franco, más muertos todavía que los que quedábamos con vida. Francia, país de los Derechos del Hombre, crisol de la Libertad, Igualdad y Fraternidad, había cerrado sus fronteras y miles de seres, llenos de angustia, esperaban el paso que consideraban su libertad.
Era tanto el gentío por las carreteras y transportes de guerra del ejército republicano, que éste dio órdenes de desbarrancar los camiones pesados y todo aquello que entorpeciera el paso por las mismas; sólo dejaban ambulancias para heridos y enfermos que materialmente no pudieran andar. Mi hermana, después de siete días y noches de caminata y horrores mil, no estaba en condiciones de dar un paso más, puesto que tenía los pies sangrando. Contra su voluntad la subí en un camión de heridos, despidiéndonos así, para encontrarnos en la frontera de la Gullana, pueblo catalán fronterizo con Boulou, primer pueblecito francés. En aquellos momentos trágicos en que habíamos perdido, patria, familia, casa y el derecho de seres humanos, esa despedida equivalía a perder ambas, lo único que nos quedaba ya. Haciéndoseme un nudo en el corazón, seguí a pie por los Pirineos Catalanes con multitud de gentes a las que sólo me unía la desgracia colectiva.
Otra vez los aviones, ahora con la angustia nueva de pensar en mi hermana, con la incertidumbre de volver a verla. No sé cómo metí la mano en la bolsa de mi saco y encontré las llaves de mi casa. Las tiré por la barranca y el sonido que producían al chocar entre las peñas me decía... Nunca, nunca más.
Después de escenas terribles que sólo vividas pueden concebirse, llegué a la famosa Gullana. Aquello era el caos. Se había corrido la voz que en unas horas más abrirían la frontera y que el gobierno francés decomisaría las armas de los militares republicanos.
Éstos, gastaban todas las municiones habidas tirando al aire, mitad por no entregarlas, mitad en protesta por el crimen que se cometía al no darnos paso. A dos metros de distancia no se distinguían las caras de seres humanos desesperados, que iban y venían buscando a sus familiares perdidos en el camino.
En mi ya insensibilidad no esperaba nada; ni siquiera encontrar a mi hermana entre trescientas mil personas enloquecidas y rotas. Al atardecer de ese largo día, oí pronunciar algo así como mi nombre, aunque parecía más bien un balido de un animal, seguí caminando.
Otra vez más fuerte y por primera vez en muchas horas sentí latir de nuevo mi corazón. Era imposible y sin embargo, ahí estaba ella. Sentadita en una piedra, pálida como un cirio. Nos asimos fuertemente de la mano, así permanecimos dos días, sin atrevernos a separarnos lo más mínimo... y pasamos a Francia, a Boulou.
Este era un punto de reunión de dos millones de españoles refugiados, de ahí nos distribuyeron, hombres y mujeres revueltos, a distintos campos de concentración; a nosotras nos tocó cerca, en el mismo pueblo de Boulou, campo raso, alambradas, firmamento, senegaleses, disentería, enfermedades, piojos, sarna, pero también me cabe el orgullo de haber vivido aquel ejemplo colectivo de solidaridad humana, entre seres que carecían de todo, menos de un mismo ideal, la decencia y la dignidad humanas.
A los dos meses empezaron a organizarse los campos de concentración y las mujeres éramos sacadas en grupos de doscientas para distintos lugares, en diferentes pueblos franceses, aunque, eso sí, en calidad de presas.
Nos tuvieron cuarenta y ocho horas, sin comida ni agua, en un andén, completamente al raso, esperando al tren que había de llevarnos, no sabíamos a dónde. Estábamos enfermas de disentería producida por la alimentación en el campo de concentración, que consistía en un cucharón de lentejas, un bote de leche condensada y ciento cincuenta gramos de pan por persona una vez al día.
La sarna que habíamos contraído gracias a los capotes de tres años de guerra, que nuestros soldados nos daban para cubrirnos en las noches, hacía más penosa la espera del tren. Alguien consiguió, no sé cómo, unas astillas para hacer fuego y calentar la leche para los niños y ahí mismo, en el andén, pero un guarda francés de una patada tiró todo y apagó el fuego. Ni protestas ni llantos exhalaban las madres ni nadie, conociendo los golpes de culata de los fusiles de los soldados franceses.
Los domingos acudían las familias burguesas en sus carros para ver a los refugiados por delante de las alambradas, y de lejitos para no contaminarse de los miasmas nuestros; algunos nos tiraban pedazos de pan, como suele hacerse en el zoológico.
Por fin llegó nuestro tren, dos vagones completamente cerrados con unas letras que decían pour chevals (para caballos), y ahí nos metieron sin saber a dónde nos llevaban. El trayecto debió ser largo, como supimos más tarde. No teníamos noción de nada. Nadie hablaba ¿para qué? Sólo de los llantos débiles de los niños y la mano de mi hermana cerrada con la mía, daban fe de que ahí dentro había vida.
En un momento dado aquello se detuvo, descorrieron las cadenas y unas señoritas de no sabría decir de qué asociación de ayuda, nos dieron café con leche y pan. Una de ellas lloraba y a mí me pareció cursi entonces.
Seguimos adelante, ignoro el tiempo. Por fin nos bajaron en un pueblo del medio día llamado Le-vigan, y ahora en unos camiones como para personas nos llevaron a otro pueblo inmediato de nombre Avezo Card. Se fueron los gendarmes entregándonos a las autoridades locales. Vimos un pequeño grupo de gentes que nos sonreían y sentí que algo se aflojaba en mi garganta. Fuimos invitados a pasar a un patio enorme, con muchas plantas, donde habían colocados unas largas mesas improvisadas y apareció la dueña de la casa. Madame Soulier. No podría pasar delante sin bendecirla. Había perdido un hijo en la guerra del 14 y el que le quedaba estaba idiota. Sólo así se comprende su misericordia hacia el montón de desecho humano a quien dio de comer.
Más tarde, nos llevaron a todas a la sala de baile del pueblo y aquellas personas que nos habían sonreído a nuestra llegada, llegaron con otras más trayéndonos cunitas viejas para los niños, paja limpia para hacer nuestras camas, y en fin, todo aquello que su bondad pudo sernos de ayuda y consuelo. Todos ellos eran protestantes, así como Madame Soulier. A los pocos días murió una refugiada y el pastor protestante y su esposa adoptaron a su niñito de meses.
Antes de nuestra llegada al pequeño pueblo, el sacerdote católico había prevenido a sus feligreses, desde el púlpito, que todo aquel que tuviera trato con nosotros, corría el grave peligro de perder el alma.
Lo mismo debían pensar las grandes potencias puesto que ninguna quería saber de nosotros, excepto México y su primer ministro Lázaro Cárdenas, para quien los republicanos españoles tenemos una eterna gratitud. La embajada mexicana en Francia, entró en contacto con el gobierno español en el exilio, para que grupos de españoles pudiesen venir a México, y así comenzó a organizarse la salida de Francia de algunos grupos para quienes se abrieron nuevamente las puertas de la esperanza. El deseo de ayudar fue exclusivo de México, como digo más arriba, pues ni una sola nación del viejo o nuevo continente consintió en abrir sus fronteras para que pudiéramos ir y sólo unos cuantos, muy pocos tuvieron la suerte de ir a algunos países y ello en forma aislada y como consecuencia de gestiones personales de amigos o familiares que residían allá..
Al estallar la guerra en septiembre del 39 y en vista de disposiciones tan tajantes y peligrosas para los españoles, dictadas por el gobierno francés, México firmó un acuerdo con dicho gobierno para traer a México a todos los españoles que había en Francia y ello les salvó de ir a compañías de trabajo forzado, en el frente de combate o de alistarse “voluntariamente” en el ejército.
Desgraciadamente, las hostilidades y la falta absoluta de comunicaciones, impidieron que este deseo de México fuera una realidad para muchos miles que perecieron en campos de concentraciones alemanes, al ser trasladados por las fuerzas invasoras.
El pastor protestante de Avezo Card, inició las gestiones con el gobierno republicano español, para que algunas de las que estábamos en el pueblecito y no teníamos familiares en el resto de Francia, pudiésemos trasladarnos a tu bendita tierra. De las doscientas mujeres antes mencionadas, sólo mi hermana y yo llenábamos el requisito de no tener más familia, ni perdidos por Francia, ni en ninguna parte y eso posibilitó nuestra salida.
Como dato curioso debo decirte, que el gobierno francés cobraba por cada uno de los refugiados españoles que fuimos “hospedados” en campos de concentración con el fin de cubrir los gastos de nuestra manutención.
Temo que mi relato se haya hecho demasiado largo, así pues, resumiré la salida de Francia hasta la llegada a tu bendita tierra. Después de muchas penalidades y malos tratos por parte de las autoridades francesas y escenas inolvidables de todos aquellos (miles), que no pudieron embarcar por falta material de cupo y que iban a ser regresados a los campos de concentración y separados nuevamente de sus familias, zarpó el Mexique del puerto de Poillac (Burdeos), el día 8 de julio de 1939. La segunda guerra mundial se declaró el 4 de septiembre y el nuestro, fue el último barco que salió en viaje colectivo hacia América. El cupo del barco era para setecientas cincuenta personas y veníamos dos mil quinientas.
A las ocho de la noche, con todos los gendarmes cuadrados al son ensordecedor de la Marsellesa, soltó amarras el buque y con el adiós de sus sirenas dejamos atrás a miles de hermanos en desgracia, a los muertos, a la patria y también nuestra juventud mutilada. Entre la representación oficial mexicana, venía a bordo, el actual mayor del ejército mexicano, señor Haro Oliva. Éste nos enseñó durante la travesía, que duró doce días, el Himno Nacional Mexicano.
En las primeras horas de la madrugada del día 20 de julio de 1939, perfilamos allá, a lo lejos, Veracruz. A las ocho de la mañana se acercó al barco, una lancha con los funcionarios de sanidad, médicos y enfermeras. La primera impresión de que no habíamos dejado de ser entes humanos nos la brindó el trato amable de los mexicanos. Recordaré siempre el tono dulce de la señorita enfermera que me pidió permiso ¡a mí¡ para tomarme el brazo y vacunarme. Pero muchas otras impresiones gratísimas e imperecederas nos esperaban.
Poco a poco iban llegando alrededor del barco, barcas, barcazas, lanchas, barquitas, repletas de gente; unas con bandas de música, charangas, frutas a montones que nos regalaban acompañando su dádiva con palabras cariñosas de bienvenida, tales como: Están en su tierra, bienvenidos paisanos. Aquello no puede olvidarse. Era dejar de ser ex - hombres, era recuperar el espíritu e intuir amor en la humanidad, era volver a pensar, era, en fin, volver a tener lágrimas y esperanzas en el género humano. No todo se había perdido.
Al amarrar el barco y antes de desembarcar, las dos mil quinientas personas, que llegábamos a esta tierra de promisión, prorrumpimos espontáneamente, como una sola voz en acción de gracias hacia este generoso país, el Himno Nacional Mexicano, y tened la seguridad que nunca fue más cierto ni más sentido el fervor de “Un soldado en cada hijo te dio”. Bajamos a tierra entre dos vallas de amigos mexicanos que nos tenderían los brazos. Unos pasos más y mi hermana y yo asidas de la mano, caminábamos solas por el malecón, bajo un sol maravilloso, sin gendarmes, sin malos tratos, sin miedo. Miré al cielo azul purísimo, limpio. Volaban unos pájaros. Me sentí libre, y creí en Dios.
Fraternalmente Pilar Sen