VERDAD Y VIDA
APRENDAMOS A SER PADRES*
Escribe: Lic. ROGER LIMACHI CONDORI
Son vuestros hijos; los que amaron a pesar de los duros golpes de la vida, de los malos momentos, de las malas noticias, de los escasos tiempos de paz y la cruel dictadura del tiempo. Es tiempo de recordar que ellos crecieron viviendo y aprendiendo vuestros errores y fracasos, y también, vuestros éxitos y aciertos.
Inevitablemente llega el tiempo en el que los padres quedan huérfanos de sus hijos. Y es que los hijos crecen independientemente de la voluntad de sus progenitores.
Crecen sin pedir permiso a nadie. Aunque no parecen crecer cada día. Un día, -cuando a veces menos lo esperan- se sientan cerca de sus padres y con increíble naturalidad, dicen cualquier cosa que les advierte que aquella criatura, hasta hace poco en pañales y de pasitos débiles e inseguros, creció.
¿Cómo creció, que no lo notaron?¿Dónde quedaron las fiestas infantiles, los paseos y juegos en el campo y el parque, los cumpleaños con piñata y payasos?.
Sí, han crecido y ahora los padres están ahí, algunas veces en la puerta de su casa, esperando ansiosos que ellos vuelvan.
Ahora allí están vuestros hijos, fuera de casa, con la ropa de moda de su generación. Y ahí están los padres, con el pelo casi cano, y con algunas arrugas encima de la piel.
La época en que los padres van quedando huérfanos de hijos, llega muy a pesar de que ellos no lo quisieran. Entonces ya no los podrán buscar más, en la casa de los compañeros de la escuelo o colegio, en los cines o Internet.
Dejaron el asiento posterior, lugar que les destinaban sus padres y en el que estuvieron por un buen tiempo, y de pronto pasaron a conducir sus propias vidas. Es entonces cuando algunos padres piensan que debieron haber ido más continuamente junto a su cama, por las noches, para oír su alma respirando conversaciones y confidencias entre las sábanas de la infancia. Y cuando fueron adolescentes, a las cubrecamas de aquellas habitaciones cubiertas de calcomanías, posters, agendas coloridas, cassettes y cuanto artículo es apreciado por ellos.
Los hijos crecieron, la mayor parte de las veces, sin que los padres volcaran sobre ellos todo su afecto. Al principio, cuando eran niños, los acompañaban al campo, al parque y reuniones de conocidos; Navidades y Pascuas compartidas. Pero luego llega el tiempo en que, para ellos, viajar con los padres se transforma en difícil.
Son vuestros hijos; los que amaron a pesar de los duros golpes de la vida, de los malos momentos, de las malas noticias, de los escasos tiempos de paz y la cruel dictadura del tiempo. Es tiempo de recordar que ellos crecieron viviendo y aprendiendo vuestros errores y fracasos, y también, vuestros éxitos y aciertos.
Todos los padres quisieran que sus hijos nunca repitieran los errores y fracasos que fueron parte de su vida, y que, sin quererlo o sin saberlo, fueron sembrando en su corazón de sus hijos -primero niños, luego adolescentes y mas tarde jóvenes-. Sin embargo esta buena intención tiene mas probabilidades de no cumplirse, si también Dios no ha sido sembrado en el corazón de ellos.
Los padres quedan alejados de los hijos. Por fin ellos tendrán la soledad que siempre habían deseado Y llega el momento en que sólo pueden observar de lejos, algunos, en silencio, esperando que sepan elegir bien en la búsqueda de la vocación de vida que los lleve a la felicidad, y así puedan conquistar el mundo del modo más sencillo posible.
Pasa el tiempo y llegan los nietos, son tal vez la última oportunidad de reeditar su afecto y cariño no compartido a los hijos. Por eso es necesario hacer algunas cosas más, antes de que los hijos crezcan.
Así es: parece que las personas sólo aprendemos a ser hijos, después de ser padres y sólo aprendemos a ser padres después de ser abuelos En fin, pareciera que sólo aprendemos a vivir, después de que la vida se nos pasó, y veces es demasiado tarde.
* Publicado en la revista "PRESENCIA Regional" de Juliaca, PERU (Noviembre 2003).