“¿Quién subió al cielo?”
Proverbios 30:4
La respuesta la da Cristo mismo clara y definitivamente, cuando en Juan 3:13 dice a Nicodemo, “Y nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo”.
Desde que el hombre cayó y fue echado fuera del huerto de Edén, siempre ha buscado regresar a Dios por sus propios esfuerzos. Sin duda Nicodemo había estado haciéndolo; y el Señor le enseñó su necesidad de nacer otra vez, antes de entrar, o ver, el reino de Dios. Sólo entonces podía entender las “cosas celestiales”, aquella parte de la verdad que enseña que “de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a Su Hijo unigénito, para que todo aquel que en el cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”.
Al principio de la Palabra de Dios hallamos al hombre echado al lugar afuera por causa de su pecado. De sus páginas finales, aprendemos cuán imposible es todavía para el hombre en sus pecados entrar en el cielo cuando leemos, “No entrará en ella ninguna cosa sucia, o que hace abominación y mentira; sino solamente los que están escritos en el libro de la vida del Cordero” Apoc. 21:27.
En un tiempo temprano de la historia del mundo, los hombres en su ceguera y abandono de Dios procuraron edificar una torre cuya cúspide llegaría al cielo (Gén. 11:4). Esto, desde su principio estaba destinado al fracaso y terminó en confusión. Qué contraste se ve en la escala de la visión de Jacob, cuya punta tocaba el cielo – un tipo sin duda del Señor Jesús, quien dijo “Yo soy el Camino, y la Verdad, y la Vida; nadie viene al Padre sino por mí” (Juan 14:6).
Cuán bendito es pensar que Aquel que subió al cielo es el mismo quien primero descendió a la tierra y al sepulcro. Se hizo “obediente hasta la muerte, y muerte de cruz” (Fil. 2:8). La cruz fue primero, y después Su exaltación. Y todos los que le han recibido a Él como su Salvador entrarán un día donde Él ha ido.