Rut, mujer de fe
Hacia Belén
“Anduvieron, pues, ellas dos hasta que llegaron a Belén… al comienzo de
la siega de la cebada”.Rut 1:19 y 22
Rut había adquirido el
conocimiento de Dios por medio de una terrible prueba. La muerte había
golpeado tres veces en poco tiempo a la familia de Elimelec, llevándose
sucesivamente al padre y a los dos hijos, de manera que quedaron tres de sus
mujeres solas en la tierra de Moab.
La sumisión de Noemí cuando la mano de Dios salió contra ella (v.13) y su decisión cuando supo la noticia de que Dios “había visitado a su pueblo para darles pan” (v.6), animaron a Rut a seguir a su suegra, pues creyó que valía dejar su tierra, su familia y sus dioses para conocer a Dios, identificarse con su pueblo, probar el pan que El le daba. Por eso, sin que nadie la hubiese llamado, sin que nadie la esperase, Rut se levantó y empezó a andar junto a aquella que había sabido hablar a su corazón y mostrarle el verdadero camino. Noemí, ¿no era para su nuera el único vínculo con la tierra de Israel? “Dondequiera que tu fueres, iré yo, y dondequiera que vivieres, viviré. Tu pueblo será mi pueblo, y tu Dios mi Dios” (v.16). ¿Quién no tiene grabada en su memoria esta conmovedora profesión de fe?
La espigadora
“Y llegando, espigó…, se levantó para espigar… espigó, pues, en el campo
hasta la noche, y desgranó lo que había recogido”. Rut 2: 3, 15 y 17
Una vez llegada a Belén, Rut no hace prevalecer sus derechos como
heredera de Elimelec, sino que toma una modesta posición de extranjera y acepta
el único derecho que Dios concede: los recursos de la tierra de Canaán al pobre
y al extranjero, a quienes debía serles dejado “el ultimo rincón de ella”, el cual no debía segarse ni espigarse (Levítico 23:22). Esta pequeña
puerta entreabierta por la gracia de Dios significa para ella una vía de
salvación en la que se introduce valientemente y en la cual, como mujer
humilde, muy pronto se dará cuenta de que los restos del campo de Booz
representan una riqueza para todo aquel que tiene hambre, pues el amo mismo
añadirá a la cosecha de la espigadora “algo de los manojos” (v.16),
permitiéndole beber del “agua de
las vasijas” (v.9) y
participar del mismo potaje que el comía (v.14).
Cuando llegue la noche, Rut, infatigable, desgranará la cebada, y ¡que riqueza!: obtendrá un efa, lo que representa diez veces la ración diaria del israelita en su marcha por el desierto (Éxodo 16:36).
La redención
“Extiende tu ala sobre tu sierva, porque redentor mío eres”. Rut 3:9 –V.M.
Mientras estaba en la era al llegar la noche, Rut se pregunta: <<¿Por
qué Noemí me ha enviado aquí?>>. Se acordó de que le había
dicho: “¿No
he de buscar hogar para ti, para que te vaya bien?” (3:1). <<
¿No éramos felices juntas y no nos quedaba pan para varios días? ¿He olvidado
acaso que en esta tierra de Canaán no soy nada más que Rut la moabita
–extranjera y de raza maldita y que para mi no puede haber reposo ni dicha?
¿Qué le diré a Booz cuando despierte y como me recibirá a mi, hija de Moab,
echada a sus pies? ¿No me rechazará al recordar que “ni hasta la décima generación de ellos (los
moabitas) no entrarán en la congregación de Jehová”? (Deuteronomio 23:3). No obstante, este hombre ha
sido tan bueno para mi: “Tu remuneración sea cumplida de parte de Jehová Dios de
Israel, bajo cuyas alas has venido a refugiarte” (cap.2:12). Me ha
hecho acercar a su mesa y me ha dado el pan de su casa. ¿Querrá redimirme? Es
el único que puede hacerlo; solamente el puede hacerme hija del pueblo de Dios>>.
Booz se despierta: “¿Tu quien eres?”. “Soy Rut, tu sierva, extiende tu ala sobre tu sierva, porque redentor
mío eres”.
A la mañana siguiente, con los brazos cargados de las arras de la
herencia y apretándolas como un testimonio personal de su redentor, Rut vuelve
a su casa, después de que Booz le dijera: “No temas, hija mía; yo haré contigo lo que tu digas”
(3:11). Su redención esta en marcha. Mañana, ella nacerá a una nueva vida, su
nombre se inscribirá en la línea de las mujeres de la promesa, después de
Raquel y Lea (4:11); mañana, el Dios a quien ella ha honrado con calidad de su
fe, le honrará con la riqueza de su gracia, introduciéndola en la familia de su
Rey y Mesías.
Joven amigo, tal vez tuviste el privilegio de conocer desde la niñez las
Sagradas Escrituras, “las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por
la fe que es en Cristo Jesús” (2 Timoteo 3:15), y así llegaste a
conocer a Dios por un camino menos dramático que el de esta joven mujer. Pero,
¿has apreciado el gesto del Maestro el día que pidió a sus criados que
preparasen las riquezas de su Palabra a puñados para dártelas? ¿Te apoderaste
de ellas? ¿Cuántas veces, después de un mensaje muy particular de Su parte, has
podido, llegada la noche, cuando todo era silencio a tu alrededor, desgranar el
grano espigado para alimentarte personalmente?
Pero el camino de la fe no puede detenerse aquí. Por más que el granero
esté lleno, por más libros que tengamos en la biblioteca, por más notas que
hayamos podido tomar en nuestro cuaderno, el cielo no se abre a los eruditos.
Rut fue conducida a comprender que las riquezas de Canaán no podían cambiar su
origen: únicamente el amor y la gracia de Booz, por medio de la redención,
pudieron hacer de ella una hija de Dios. Esto nos habla de una redención más
grande efectuada en el Calvario. Un cara a cara con Aquel que la cumplía en
nuestro lugar, y la fe en la eficacia de su sacrificio, nos permiten entrar en
la intimidad de la familia de Dios. Jesús dijo un día a Nicodemo: “El que no
naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios”;
un tiempo mas tarde, este maestro de Israel, llevando un compuesto de mirra y
áloes, dio la respuesta de su corazón a su Salvador (Juan 3:5 y 19:39).
¿Lo has hecho tú también? Y si no lo has hecho, ¿a que esperas?