Nabucodonosor
Por J. G. Bellet.
“...Tú
la mirabas, hasta que fue cortada una piedra... la cual hirió la imagen en los
pies...la piedra que hirió la imagen vino a ser una gran montaña, que llenó
toda la tierra...”
Daniel 2:34-35 (VM)
Un gran interés es
el que atañe a la persona de Nabucodonosor. El lugar que él ocupa en los
caminos de Dios, las circunstancias que le ponen en relación con los hombres de
Dios, su propia historia, en fin, todo contribuye a darle una gran importancia,
y a proveernos preciosas enseñanzas.
Es por él que Dios
eleva y establece a los gentiles. La casa de David, el trono de Judá, se habían
corrompido, la iniquidad del pueblo había sobrepasado la medida, y el termino
de la paciencia divina llegaba hasta lo de Nabucodonosor. El Señor le emplea
como la vara de cólera contra Jerusalén y le confía la espada de Su juicio
sobre la tierra.
La gloria se había
ido de Jerusalén apartándose de la tierra. El profeta Ezequiel la había visto
elevarse poco a poco con los querubines y las ruedas (Ez 10-11), y había seguido su
ascensión hacia el cielo hasta el
momento donde ella se había puesto sobre la montaña. Si bien uno podría decir de Jerusalén que “la gloria de Jehová se
ha ido” (1Sam 4:21 versión JND), no
podríamos decir de ninguna de las ciudades de las naciones que “La gloria esta aquí”.
Nabucodonosor, este
caldeo, rey de Babilonia es el escogido por Jehová para que tome la espada de
juicio. La gloria había sido quitada de la tierra, y el Señor no estaba en el
punto de venir como Rey sobre Israel, Dios confía a Nabucodonosor el poder
necesario para castigar a los malos y para recompensar a los que hacen el bien.
Nabucodonosor estaba
dichoso de la grandeza de su reino y de sus conquistas, y él consideraba a
Jerusalén como una presa importante; aunque en toda esta parte de su historia, el no cumple mas que
los eternos consejos de Dios. Mas, tarde, cuando su
espada fue introducida en la funda (o guardada en la vaina), él no aparece más
en la relación con los consejos de Dios, sino que en la relación con los
santos; nosotros vemos entonces en él al hombre bajo la acción divina, y no
solamente el poder que Dios había escogido para juicio. Es este lado más
personal del carácter de Nabucodonosor que nos es revelado en los primeros
capítulos de Daniel.
El primer capitulo
nos muestra a Nabucodonosor en su capital, Babilonia; él se propone adornar su
corte de lo más perfecto que la sabiduría y la ciencia humana podía ofrecer;
sus ultimas conquistas - y en medio de
ella, el reino de Judá- sirviendo en su gloria y a sus placeres. El renombre de
Babilonia, ya grande por el conocimiento de sus adivinos y de sus encantadores (Is
47:13), será realzado por la presencia de jóvenes cautivos de Judá, “instruidos en toda
sabiduría, poseedores de conocimientos y entendidos en ciencia” (Dn 1:4 versión JND).
En el capitulo 2, el
Señor, como lo hace frecuentemente, viene al encuentro de Nabucodonosor. Su
imperio no es conmovido y queda de la misma condición, pero su espíritu queda
agitada. En esta noche memorable, los pensamientos suben a su espíritu, y él se
pregunta por lo que había de ser en lo porvenir (2:29). Entonces se le olvida
el sueño. Este tenía por tema “lo que habría suceder después”, y nos muestra que la mano
de Dios estaba en toda esta escena. Mientras que el rey no comprendía nada, no
recordando nada del contenido de su sueño.
El tiene un
sentimiento de incomodidad, después de que su sueño se ha disipado; esta
turbado sin comprender. ¡Cuan a menudo el alma pasa por un camino semejante!
Ella es inquietada y atormentada, pero sin ver la cusa de esta inquietud, y no
distingue los efectos; ese es el problema la comprensión del hombre; ahora, ahí
esta la mano de Dios. Toda la sabiduría de Babilonia es insuficiente; el sueño
que ha turbado el corazón del rey no puede ser explicado por la ciencia de los
caldeos. Esto tiene para nosotros una maravillosa significación. Vemos a Dios
operar las agitaciones y los milagros en los corazones de los hombres, y la
obra así comenzada se acaba en bendiciones para los escogidos. El hombre de
Dios penetra en este trabajo secreto; él comprende la intención del Señor en
esta obra de su mano. Por lo cual, Daniel explica todo al rey. Nabucodonosor es
colmado de admiración; la sabiduría del profeta es maravillosa ante sus ojos; y
todo lo que puede hacer por Daniel, se apresura a hacerlo. El proclama así el
poder del Dios de Daniel y parece gozarse de él.
Pero a pesar del
testimonio que él rinde al poder de Dios, Nabucodonosor por otra parte, es el
ejemplo de todas las pasiones humanas y de todas las astucias del diablo. Su
vanidad parece complacerse en las revelaciones que el profeta de Dios la ha
hecho, y sin embargo ¡qué verdades más solemnes le habían sido anunciadas! Que
visión más espantosa es la de esta estatua golpeada por una piedra y todas sus
partes pulverizadas juntas hasta que fueron como “tamo de las eras del
verano”. Pero el rey no ha retenido mas que una sola cosa de esta
profecía: que él es la cabeza de oro; su orgullo aumenta en este pensamiento, y
él ve en este sueño la destrucción final para un tiempo muy lejano. Hace
entonces la estatua de oro que todo el mundo debe adorar, y los pueblos y las
naciones son reunidos al son de variados instrumentos de música, a fin de
prosternarse delante del ídolo que el rey ha levantado.
¿No es
extraordinario que nuestros corazones interpreten de esta manera las
revelaciones divinas? Dios había hablado de una imagen rota en miles de pedazos
que el viento llevaría como tamo, y Nabucodonosor hace una estatua que él
constriñe (u obliga) al mundo entero a adorar. ¡Cómo el corazón del hombre obra
falsamente con la palabra de Dios! Él interpreta para su provecho las verdades
más solemnes. No es suficiente para él admirar la sabiduría de Dios, sino que
se adora así mismo y dedica todo para su orgullo. Sadrac, Mesac y Abed-nego,
que habían sido en alguna medida los instrumentos de Dios para revelar su poder
al rey, serán echados en el horno de fuego ardiendo, si se negaban a
prosternarse ante la estatua de oro. Si por una parte la sabiduría esta en Dios, en El esta también
el poder; si Él puede revelar los
secretos y hacer conocer los pensamientos de su corazón, por otra, Él puede
también quitar la violencia del fuego, y salvarlos cuerpos de sus siervos de en
medio del horno de fuego ardiendo.
En este espectáculo,
Nabudonosor también es de nuevo colmado de admiración, y va más lejos que la
primera vez. Él había llenado de honores a los siervos del Dios de sabiduría;
ahora el honra al Dios Todo-Poderoso, reconociendo abiertamente el nombre de Dios,
y estableciendo una ley (o decreto) en su estado, el respeto que uno debe tener
por este Nombre. Es así que se termina el tercer capitulo.
¿Qué es lo que
tenemos en el capitulo siguiente? Nosotros hallamos a Nabucodonosor con su
orgullo y su vanidad; un hombre que, como antiguamente Adán, venía a ser a
semejanza de Dios. Después de haber sido testigo de la sabiduría y del poder
divino, después de haber sido tocado en su corazón y en su conciencia, estaba
de nuevo como antes “en paz en su casa y floreciente en su palacio” (4:4).
La naturaleza humana
se resiste a las lecciones y advertencias de Dios. El vino nuevo puesto en
odres viejos se derrama y se pierde (Lc 5:37). Los
repetidos llamados de Dios no son atendidos por el orgulloso monarca distraído.
“Os tocamos
flauta, y no bailasteis; os endechamos y no llorasteis” (Lc 7:32). Pero el Señor es paciente, Él sabe esperar, así como
esperará mas tarde, sentado al lado del pozo, para hablar con la mujer pecadora
(Jn 4)
Dios se dirige de
nuevo a Nabucodonosor, y le envía un sueño que Daniel interpreta. Pero como el
vino nuevo en odres viejos, así esta nueva advertencia es aún perdida para el
rey. Doce meses después de haber escuchado este serio llamado, Nabucodonosor “se paseaba sobre el
palacio del reino de Babilonia”, y su miserable
corazón orgulloso se levanta hasta decir: “No
esta aquí Babilonia la grande, que yo edifique para ser la casa de mi reino,
por el poder mi fuerza y para la gloria de mi magnificencia” (4:30 versión JND).
Aquí encontramos, en
Nabucodonosor, el “el viejo hombre”. Las revelaciones de Dios permanecen sin efecto sobre él, todas
sus anteriores emociones se han evaporado como el rocío de la mañana. Para que
se conserve, el vino nuevo debe ser puesto en odres nuevos. Y Nabucodonosor
debe ser un vaso nuevo. Esta obra es solemne, la sentencia de muerte es
pronunciada contra el rey. La sabiduría y el poder de Dios le habían sido
revelados, habiendo recibido, por una revelación reciente, la prueba de la
solicitud de Dios para con él, aunque todo eso, en vano. Ahora el barro debe ser
refundido por la mano del alfarero para venir a ser un vaso nuevo. “El hombre
que esta en honra y no entiende, semejante es a las bestias que parecen” (Sal 49:20). Nabucodonosor había sido puesto en honra, pero no lo
había entendido, y ahora, este hombre viene a ser como las bestias. “Y fue echado de entre
los hombres; y comían hierba como los bueyes, y su cuerpo se mojaba con el
roció del cielo, hasta que su pelo creció como plumas de águila, y sus uñas
como la de las aves”. Es así que él debe
aprender a conocerse, debe hacer la experiencia de que en medio de toda su
gloria, él no tenia más inteligencia que la bestia del campo, pero también al
mismo tiempo, él aprendería a conocer “Al que levanta del polvo al pobre, y al menesteroso alza del
muladar” (Sal 113:7); y cuando el
momento ha llegado, Dios, en su gracia, se revela a Nabucodonosor. La
inteligencia (la razón) del rey le es devuelta; su reino, su magnificencia y
sus grandezas le fueron también devueltas, y su grandeza fue así mismo
extraordinariamente aumentada. Y entonces nosotros le vemos llegar al
conocimiento de Dios y también de lo que es su propio corazón; porque él no
desea mas honrar a Dios por decretos y ordenanzas, sino que se inclina ante Él,
como ante el Soberano, Rey del cielo y de la tierra, y proclama sus obras
magnificas. Nabucodonosor no es mas el rey orgulloso, sino el humilde súbdito
del Rey de los cielos. Las cosas viejas han pasado, he aquí todas han sido hechas nuevas (2 Cor 5:17).
Traducido por A. T.
Le Messager Evangelique
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