“Salmo de David, cuando huía de
delante de Absalón su hijo”
(Salmo 3)
En
esa huida compuso David el Salmo tres y con ello nos permite echar una mirada
dentro de su corazón. Imagínese a David, después de esta lamentable situación,
acostado dentro de su oscura tienda. Hará todo lo posible por reconciliar el
sueño, pero no lo conseguirá… Eso pensaríamos nosotros… Escuche lo que David
nos deja saber. Mientras nosotros esperábamos que la angustia y el miedo, las
humillaciones que el ha tenido que sufrir, le quitasen el sueño, dice David: “Yo me acoté y dormí, y desperté, porque Jehová me
sustentaba” (v.5). No tiene ninguna pesadilla, ni le atormenta su
conciencia, duerme seguro en el Señor.
¿Cuál
es el misterio, pues, del apacible dormir de David? Que largas se hacen las
noches cuando las preocupaciones nos mantienen despiertos. Noches de esas en la
que la angustia nos quita el sueño, también las conocía David. Pero aquí no es
así. Además, el hecho de que David se acueste, mientras esta huyendo, es ya
extraordinario. Ya que si el hubiese sentido miedo, seria imposible que se
acostara, pues hubiese continuando caminando toda la noche con el temor de que
el enemigo le pudiera alcanzar. Sin embargo, David se acostó: “yo me acosté y
dormí…”, ¿Pero, como puede uno dormir en tales circunstancias? Hay también un
sueño de temeridad o de sorda resignación.
David
duerme con una confianza sincera en el Señor dentro de su corazón. Que
bendición cuando podemos cerrar nuestros ojos sabiendo que el Señor gobierna y
es fiel. Así dormía David. Y así despertaba. Aunque sabe que muchos acechaban
su vida, se sabe seguro en las manos de Dios. El disfruta de un sueño sosegado
bajo las alas protectoras de la providencia de Dios. Nos revela su secreto
cuando dice: “Jehová me sustentaba” (v.5).
No, no es el valor de David lo que le hace dormir sosegadamente. Es la acción
misericordiosa del Espíritu Santo de Dios, que le hace superar el miedo y le
regala ese feliz descanso. Aquí la gloria es para Dios.
David
obtuvo ese descanso en la oración: “Con mi voz
clamé a Jehová, y el me oyó desde su monte santo” (v.5). No fue
solamente una oración en silencio, no, el clamó. Su necesidad era grande. Su
clamar también. Muy alto, David llamó al Señor en alta voz. El Señor le
escuchó desde Su monte santo. Allí estaba el arca de la alianza. De encima del
propiciatorio, que cubría el arca, venía la respuesta.
Nos
indica a Cristo. Solo El es la propiciación por nuestros pecados. Solo por
medio de Cristo tenemos entrada al lugar santísimo de Dios. A causa de nuestra
culpa y pecado perdimos toda dignidad y merito. Tampoco David tenía en si mismo
nada que alegar. Todo es por gracia, por los meritos del Hijo de David. El tuvo
que soportar la oscura noche de Getsemaní y el Gólgota. Su clamar no tuvo
respuesta alguna. Así el reposo ha sido adquirido a un alto precio. Por lo
tanto este canto matutino, en el que David narra la ayuda del Señor de la noche
anterior, tiene que acabar afirmando: “La salvación
es de Jehová” (v.8).
¿Estamos de acuerdo con la afirmación de David? Quienes escudriñen las Escrituras van a llegar a la conclusión de que la salvación viene del Señor. ¿Si ahora pudiésemos abrir nuestro corazón, encontraríamos dentro esa confesión? Entonces habríamos aprendido que la salvación no es por nuestros meritos, ni por nuestras oraciones, ni por nuestras lagrimas. La salvación tiene que venir del monte santo de Dios.