¿Dónde está el Señor Jesús ahora?

En la noche de su nacimiento en Belén de Judea los pastores lo hallaron en un pesebre en aquella ciudad (Lucas 2).
Unos treinta años más tarde Nicodemo lo halló no en Belén sino en Jerusalén (Juan 3).
El día de la crucifixión el ladrón arrepentido encontró al Señor en el monte Calvario, estando los dos en sus respectivas cruces (Lucas 23).
Poco después sepultaron a Jesús en una tumba no lejos del lugar de la crucifixión.
Tres días después María la madre de Jacobo, María Magdalena, Pedro y Juan buscaron al Señor en el sepulcro, pero no le hallaron allí, ¡El había resucitado! Ya no estaba más ni en la cruz ni en la tumba.
El Señor resucitado apareció a Sus discípulos durante un período de cuarenta días — cerca de la tumba, en el camino a Emaús, en el aposento alto cerca del mar de Galilea y en otros lugares. ¡Nunca más pudo ser encontrado en el pesebre, ni en la cruz, ni en la tumba!
Apareció por última vez a Sus discípulos en el Monte de los Olivos y de allí ascendió al cielo para sentarse a la diestra del trono de Dios. Allí está intercediendo por nosotros y esperando el gran día en el cual vendrá a recogernos según las promesas de Juan 14:1-3 y 1 Tesalonicenses 4: 13-18.
Hizo una obra grande al morir en la cruz del Calvario. “Llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero, para que nosotros estando muertos a los pecados, vivamos a la justicia” (1 Pedro 2:24).
Dios mostró su satisfacción con la obra que Jesús hizo, levantándole de entre los muertos. Jesús no tendrá que sufrir más ni tendrá que morir otra vez por nuestros pecados. El acabó la obra que vino a hacer.
A continuación relatamos la historia de una joven profesora y de su gozo y gratitud, sabiendo que Jesús ya no estaba ni en la cruz, ni en la tumba.
“Era una querida joven creyente que se ocupaba dando clases por la mañana en la casa de una señora que buscaba paz y descanso donde no pueden ser hallados.
En cierta ocasión la joven profesora fue invitada a la sala privada de su patrona, donde entre otros objetos, ella notó un grande crucifijo de plata, es decir, una representación del Señor en la cruz. Hubo una pausa en la conversación, la cual le dio la oportunidad de orar al Señor suplicándole que le permitiera confesarlo a El como su Señor resucitado, su precioso Salvador.
Unos pocos momentos después, la señora se dirigió al crucifijo, e inclinándose ante él, dijo a la señorita: “ No le parece que es muy hermoso?” Con mucha amabilidad y tacto contestó la profesora, diciendo: “¿Me permite que le comunique el pensamiento que llenó mi corazón al entrar en esta sala?”
Habiendo recibido permiso, ella continuó, “Nunca veo una cruz sin dejar de sentirme alegre, tan alegre que me parece maravilloso que el Señor ya no está en la cruz. Sí El todavía estuviera clavado al madero nunca podría haber tenido paz y descanso en mi alma. Si Dios no le hubiera levantado de los muertos nunca podría haber estado segura, bien segura, que El quedó satisfecho con la obra de Su Hijo, porque la muerte es la paga por el pecado, La muerte es el justo juicio de Dios sobre el pecador, y si el Señor no estuviera fuera de la muerte no tendría yo nada que esperar más que el juicio. “El alma que pecare morirá”, es la palabra infalible de Dios.
“La señora, que había estado escuchando con mucha atención, dijo: “Me ha dado usted algo nuevo en qué pensar. Por supuesto el Señor no está en la cruz hoy, pero nunca había pensado en ello antes. Tampoco le había dado las gracias por ello. Pero espero que lo haré de hoy en adelante.”.
¿Dónde buscará usted al Salvador que necesita? ¿Buscará usted sin esperanza y con frustración a un Cristo muerto? No le encontrará hoy ni en la cruz ni en la tumba. ¿No desea inclinarse a la gracia de un Salvador viviente que está en busca de usted? ¿Le gustaría ser hallado por El? El esta muy cerca, aún en este momento cuando usted está leyendo este artículo. El ha venido a usted, se ha acercado tanto que aun usted podría oír su voz si quisiera, pues El dijo:
“Mis ovejas oyen mi voz, y yolas conozco, y me siguen” (Juan 10:27).
Pero tal vez usted está todavía pensando:
“Temo que no sea yo una de las ovejas de Cristo”. Tome entonces el lugar que le corresponde, o sea el de admitir que usted es un pecador, y conocerá el profundo gozo de ser una de Sus ovejas rescatadas.
“Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aun pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8).
C. J. L.
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