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| 19 de agosto del 2002 |
La revolución bolivariana sobre el asfalto
Masiosare, suplemento de La Jornada / La Insignia. México, agosto del 2002.
La reunión se celebra en el departamento familiar de Rafael, otro educador. Por lo general, el punto de encuentro suele ser el presbiterio de la iglesia local. Ese día, sin embargo, no había lugar. La biblioteca municipal Aquiles Nazoa suele ejercer de recambio pero, a esa misma hora, los Círculos Bolivarianos locales la están utilizando. No queda pues más remedio que reunirse en la sala de la casa de Rafael: un modesto apartamentito de clase media baja con vistas al ranchito de Las Yanguaras. El escenario tiene toques muy venezolanos: de las paredes penden varios cuatros y maracas y en dos de las esquinas hay sendas arpas. A todos los presentes dice gustarles como a Chávez la música llanera (1): esa cuya melodía y letra se improvisan… Arroz con mango Sarai, una hermosa joven que lleva la voz cantante, recuerda a sus compañeros el que, a grandes rasgos, será el orden del día de la reunión que va a comenzar. Dos cuestiones determinan, sobre todas las demás, la agenda del grupo de educadores de Caricuao: la no admisión de algunos niños en escuelas de la colonia (a pesar de lo que establece la Constitución bolivariana al respecto) y la reciente aprobación por parte de la Asamblea Nacional de la Ley de los Consejos Locales de Planificación Pública. Precisamente el instrumento legal que dará carta de naturaleza a experiencias como la de Caricuao y que en los hechos contribuirá a impulsar la democracia participativa de la que tanto se habla en Venezuela desde la llegada de Hugo Chávez al poder. Rafael, el propietario de la casa, pide la palabra y habla con gravedad. La retórica de su planteamiento no impide percibir el fondo de su propuesta: a tenor de los hechos no basta con denunciar ante las autoridades del Municipio Libertador (2) la situación de injusticia social que padecen los niños no admitidos en las escuelas de la colonia Caricuao. Hay que ir más allá: la presión, a partir de ahora, debe ejercerse en la calle. Wendell, otro educador con pinta de intelectual, interviene desde el otro lado de la mesa. Las coloridas hipérboles y floridas perífrasis con las que adorna su platica le llevan al mismo sitio: la necesidad de manifestarse ante las escuelas que practican la segregación social en Caricuao encuentra, además, respaldo jurídico en la Ley de Planificación Pública de la que se supone que se va a hablar más adelante. Afuera, comienza a llover. Mientras tanto, Johnny, un afrovenezolano de bigote canoso, hace todo lo posible por intervenir. Lo suyo, según nos apuntan, es establecer paralelismos. No defrauda: para él, lo que sucede en algunas escuelas de Caricuao se parece mucho a lo que está pasando en la biblioteca municipal Aquiles Nazoa. Allí, lugar de reunión de una decena de grupúsculos locales, las autoridades han establecido que como consecuencia de la aprobación de un nuevo reglamento los requisitos para reunirse serán mucho más estrictos a partir de ahora. El orador lo lamenta, pero no por mucho tiempo: Wendell vuelve a la carga para recordar que las autoridades tomaron esa medida porque desde que comenzaron a reunirse organizaciones populares en la biblioteca empezaron a desaparecer libros. Desde su punto de vista se trata de algo que resulta tan intolerable como que no haya espacios públicos en la colonia. A partir de ahí se genera un revuelo que alguien califica de arroz con mango: cada quien habla de lo que mejor le parece; las escuelas segregacionistas y la Ley de Planificación Pública, por el momento, pasan a un segundo plano. De hecho, hay quien evoca la corrupción policial y quien, con un discurso bastante estructurado, expone las connivencias de las que necesita el crimen organizado en la estructura del Estado para poder subsistir. En realidad, los allí presentes hablan con conocimiento de causa sobre todo a pequeña escala pues viven en una colonia que tiene fama de ser bastante conflictiva. Al parecer, cuando las cosas se ponen feas, los malandros (delincuentes) bajan desde el ranchito de enfrente y se dedican al viejo arte del desfalco generalizado. Son ellos, por ende, quienes llevan años padeciendo estadísticas dignas de una guerra civil y no la clase media alta del Este de Caracas. Quizás por eso saben que en Venezuela la exclusión se ha convertido en un riesgo que no se debe seguir asumiendo.
Café con leche Por eso preocupa mucho que la participación sea un hecho real. Nadie quiere caer en aventuras representativas como las que en el pasado llevaron a Acción Democrática (3) (AD) a la debacle. En su momento nos explica el recién llegado Larry, fue la leche la que desbordó el vaso: hasta mediados de los ochenta, la base del poder electoral de AD en la colonia se estructuró alrededor del reparto de bienes como el cemento o la leche. La excesiva confianza de los cuadros adecos en líderes locales cada vez más corruptos y menos representativos fue el principio del fin… La gente del lugar que había aprendido a organizarse en parroquias regentadas por seguidores de la Teología de la Liberación se dio cuenta de que la leche que vendían en su colonia los de siempre podía conseguirse mucho más barata si se le compraba directamente a los productores. La organización popular y la ley de la oferta y de la demanda hicieron el resto: a comienzos de los noventa, AD había dejado de existir en la colonia. Dicho proceso se aceleró recuerda alguien más después de experiencias como la del Caracazo o la del intento de golpe de Estado de 1992 que en Caricuao se vivieron con especial intensidad (4). Los lazos que unen a los presentes son muy viejos, se han forjado con el tiempo y en la lucha. Eduvigis, entre galleta y galleta, recuerda que "Chávez, jamás hubiera existido sin un trabajo previo". Como sea, reconoce que el impulso político que actualmente viven en Venezuela las organizaciones populares no hubiera sido posible sin la Revolución bolivariana que encabeza el Presidente de la República. Quizás ese es el motivo por el que el día del Golpe (el pasado 11 de abril) "la colonia entera se lanzó a la calle para defender su Proceso". No faltó nadie: desde la clase media baja de los edificios de protección oficial hasta las clases populares del ranchito de enfrente, pasando por los buhoneros (vendedores ambulantes) e incluso los lateros (mendigos), todos, estuvieron en su lugar… Ese impulso, según los presentes, ha perdurado: la falta del quórum del Día del Niño fue un hecho aislado. Por lo general nos explica Rafael la Asamblea del Poder Ciudadano de Caricuao tiene más problemas con la implicación de los vecinos en la puesta en marcha de las actividades que se deciden en las distintas mesas (educación, seguridad, ecología, servicios públicos y economía), que con la participación en las mismas que, por lo general, suele ser siempre bastante numerosa. A todos les preocupa, pese a todo, que haya gente que pueda continuar quedando al margen. Por eso, y por si con Radio Perola (una emisora comunitaria local) no basta, se está pensando prosigue Rafael en habilitar grandes carteles ubicados en puntos estratégicos de la colonia donde puedan anunciarse las actividades "a los cuatro vientos". Se ve que a todos les aterra perder apoyos horizontales pues, según cuentan, las relaciones con las autoridades políticas distan mucho de ser las mejores. Con la Alcaldía Mayor, controlada por la oposición, sencillamente no existen; con el Municipio Libertador la cosa no es fácil pese a que se trate de su gente. El problema recuerda Dubia no sólo es que Alfredo Peña (el Alcalde Mayor) bloquee el drenaje de recursos hacia las instancias administrativas que dependen de él; sino que, en el fondo, "a todos les gusta poco la autogestión"… Se hace un silencio catártico. Todos se miran como tratando de digerir unas palabras que seguramente, hasta ahora, nadie se había atrevido a expresar tan clara e ingenuamente como la bella Dubia. "Necesitamos recaudar recursos para poner en práctica nuestras ideas porque, en realidad, estamos solos", concluye Sarai. Una posible vía son las cooperativas que, al amparo de la Constitución, están comenzando a surgir en la colonia como alternativa al desempleo. Johnny, el afrovenezolano de bigote canoso al que le gusta hacer paralelismos, ha formado varias con sus familiares: en una producen textiles; en la otra, tostones; y en una tercera, comercializan el café que, hasta ahora, estaba en manos de unos pocos y enriquecidos intermediarios. El éxito del trabajo de la Asamblea del Poder Ciudadano de Caricuao está aún por verse, pero los sabrosos y abaratados marroncitos (cafés con leche) que se preparan en casa de Johnny son ya un hecho irrefutable.
Notas 1. Cuando en Venezuela se habla del Llano, a lo que se hace referencia
es al interior del país. Los instrumentos fundamentales de la música que
allí se compone son el cuatro (una especie de guitarrita chiquita), las
maracas (dos calabazas secas y huecas que se rellenan de granos de maíz y
se les pone un mango) y el arpa. | |||||