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Una revoluci�n que comienza
La historia de la agresi�n militar que se
consum� el 10 de marzo de 1952 -golpe incruento dirigido
por Fulgencio Batista- no empieza, naturalmente, el mismo d�a del cuartelazo.
Sus antecedentes
habr�a que buscarlos muy atr�s en la historia de Cuba: mucho m�s atr�s que
la intervenci�n del
embajador norteamericano Sumner Welles, en el a�o 1933; m�s atr�s a�n que
la Enmienda Platt, del
a�o 1901; m�s atr�s que el desembarco del h�roe Narciso L�pez, enviado
directo de los anexionistas
norteamericanos, hasta llegar a la ra�z del tema en los tiempos de John
Quincy Adams, quien a
principio del siglo XVIII anunci� la constante de la pol�tica de su pa�s
respecto a Cuba: una manzana
que, desgajada de Espa�a, deb�a caer fatalmente en manos del Unc1e Sam. Son
eslabones de una
larga cadena de agresiones continentales que no se ejercen solamente sobre
Cuba
Esta marea, este fluir y refluir del oleaje
imperial, se marca por las ca�das de gobiernos democr�ticos
o por el surgimiento de nuevos gobiernos ante el empuje incontenible de las
multitudes. La Historia
tiene caracter�sticas parecidas en toda Am�rica Latina: los gobiernos
dictatoriales representan una
peque�a minor�a y suben por un golpe de Estado; los gobiernos democr�ticos
de amplia base popular
ascienden laboriosamente y, muchas veces, antes de asumir el poder, ya est�n
estigmatizados por la
serie de concesiones previas que han debido hacer para mantenerse. Y, aunque
la Revoluci�n cubana
marca, en ese sentido, una excepci�n en toda Am�rica, era preciso se�alar
los antecedentes de todo
este proceso, pues el que esto escribe, llevado y tra�do por las olas de los
movimientos sociales que
convulsionan a Am�rica, tuvo oportunidad de conocer, debido a estas causas, a
otro exilado
americano: a Fidel Castro.
Lo conoc� en una de esas fr�as noches de M�xico,
y recuerdo que nuestra primera discusi�n vers�
sobre pol�tica internacional. A las pocas horas de la misma noche -en la
madrugada- era yo uno de los
futuros expedicionarios. Pero me interesa aclarar c�mo y por qu� conoc� en
M�xico al actual jefe del
Gobierno en Cuba. Fue en el reflujo de los gobiernos democr�ticos en 1954,
cuando la �ltima
democracia revolucionaria americana que se manten�a en pie en este �rea -la
de Jacobo Arbenz
Guzm�n- sucumb�a ante la agresi�n meditada, fr�a, llevada a cabo por los
Estados Unidos de
Norteam�rica tras la cortina de humo de su propaganda continental. Su cabeza
visible era el secretario
de Estado, Foster Dalles, que por rara coincidencia tambi�n era abogado y
accionista de United Fruit
Company. la principal empresa imperialista existente en Guatemala.
De all� regresaba uno en derrota, unido por el
dolor a todos los guatemaltecos, esperando, buscando
la forma de rehacer un porvenir para aquella patria angustiada. Y Fidel ven�a
a M�xico a buscar un
terreno neutral donde preparar a sus hombres para el gran impulso. Ya se hab�a
producido una
escisi�n interna, luego del asalto al cuartel Moncada, en Santiago de Cuba,
separ�ndose todos los de
�nimo flolo y todos los que por uno u Otro motivo se incomoraron a partidos
pol�ticos o grupos
revolucionarios que exig�an menos sacrificio. Ya las nuevas promociones
ingresaban en las flamantes
filas del llamado �Movimiento 26 de Julio�, fecha que marcaba el ataque al
cuartel Moncada, en 1953.
Empezaba una tarea dur�sima para los encargados de adiestrar a esa gente, en
medio de la
clandestinidad imprescindible en M�xico, luchando contra el Gobierno
mexicano, contra los agentes del
FBI norteamericano y los de Batista, contra estas tres combinaciones que se lo
conjugaban de una u
otra manera, y donde mucho interven�a el dinero y la venta personal. Adem�s,
hab�a que luchar contra
los esp�as de Trujillo, contra la mala selecci�n hecha del material humano
-sobre todo en Miami- y,
despu�s de vencer todas estas dificultades, deb�amos lograr algo important�simo:
salir... y, luego...
llegar, y lo dem�s que, en ese momento, nos parec�a f�cil. Hoy aquilatamos
lo que aquello cost� en
esfuerzos, en sacrificios y vidas.
Fidel Castro auxiliado por un peque�o equipo de
�ntimos, se dio con toda su vocaci�n y su
extraordinario esp�ritu de trabajo a la tarea de organizar las huestes
armadas que saldr�an hacia Cuba.
Casi nunca dio clases de t�ctica militar, porque el tiempo le resultaba corto
para ello. Los dem�s
pudimos aprender bastante con el general Alberto Bayo. Mi impresi�n casi
instant�nea, al escuchar las
primeras clases, fue la posibilidad de triunfo que ve�a muy dudosa al
enrolarme con el comandante
rebelde, al cual me ligaba, desde el principio, un lazo de rom�ntica simpat�a
aventurera y la
consideraci�n de que val�a la pena morir en una playa extranjera por un
ideal tan puro.
As� fueron pasando varios meses. Nuestra punter�a
empez� a perfilarse y salieron los maestros
tiradores. Hallamos un rancho en M�xico, donde bajo la direcci�n del general
Bayo -estando yo como
jefe de personal- se hizo el �ltimo apronte, para salir en marzo de 1956. Sin
embargo, en esos d�as
dos cuerpos polic�acos mexicanos, ambos pagados por Batista, estaban a la
caza de Fidel Castro, y
uno de ellos tuvo la buenaventura econ�mica de detenerle, cometiendo el
absurdo error -tambi�n
econ�mic~ de no matarlo, despu�s de hacerlo prisionero. Muchos de sus
seguidores cayeron en
pocos d�as m�s; tambi�n cay� en poder de la polic�a nuestro rancho,
situado en las afueras de la
ciudad de M�xico, y fuimos todos a la c�rcel.
Aquello demor� el inicio de la �ltima parte de
la primera etapa. Hubo quienes estuvieron en prisi�n 57
d�as, contados uno a uno, con la amenaza perenne de la extradici�n sobre
nuestras cabezas (somos
testigos el comandante Calixto Garc�a y yo). Pero, en ning�n momento
perdimos nuestra confianza
personal en Fidel Castro. Y es que Fidel tuvo algunos gestos que, casi podr�amos
decir,
compromet�an su actitud revolucionaria en pro de la amistad. Recuerdo que le
expuse espec�ficamente
mi caso: un extranjero, ilegal en M�xico, con toda una serie de cargos
encima. Le dije que no deb�a,
de manera alguna, pararse por m� la revoluci�n, y que pod�a dejarme; que yo
comprend�a la situaci�n
y que tratar�a de ir a pelear desde donde me lo mandaran y que el �nico
esfuerzo deb�a hacerse para
que me enviaran a un pa�s cercano y no a la Argentina. Tambi�n recuerdo la
respuesta tajante de
Fidel: �Yo no te abandono�. Y as� fue, porque hubo que distraer tiempo y
dinero preciosos para
sacarnos de la c�rcel mexicana. Esas actitudes personales de Fidel con la
gente que aprecia son la
clave del fanatismo que crea a su alrededor; donde se suma a una adhesi�n de
principios, una
adhesi�n personal, que hace de este Ej�rcito Rebelde un bloque indivisible.
Pasaron los d�as, trabajando en la
clandestinidad, escondi�ndonos donde pod�amos, rehuyendo en lo
posible toda presencia p�blica, casi sin salir a la calle. Transcurridos unos
meses, nos enteramos de
que hab�a un traidor en nuestras filas, cuyo nombre no conoc�amos, y que hab�a
vendido un
cargamento de armas. Sab�amos tambi�n que hab�a vendido el yate y un
transmisor, aunque todav�a
no estaba hecho el �contrato legal� de la venta. Esta primera entrega sirvi�
para demostrar a las
autoridades cubanas que, efectivamente, el traidor conoc�a nuestras
interioridades. Fue tambi�n lo que
nos salv�, al demostrarnos lo mismo. Una actividad febril hubo de ser
desarrollada a partir de ese
momento: el Gramma fue acondicionado a una velocidad extraordinaria; se
amontonaron cuantas
vituallas conseguimos, bien pocas por cierto, y uniformes, rifles, equipos y
dos fusiles antitanques casi
sin balas. En fin, el 25 de noviembre de 1956, a las 2 de la madrugada,
empezaban a hacerse realidad
las frases de Fidel, que hab�an servido de mofa a la prensa oficialista: �En
el a�o 1966 seremos libres
o seremos m�rtires�.
Salimos, con las luces apagadas, del puerto de
Tuxpan en medio de un hacinamiento infernal de
materiales de toda clase y de hombres. Ten�amos muy mal tiempo y, aunque la
navegaci�n estaba
prohibida, el estuario del r�o se manten�a tranquilo. Cruzamos la boca del
puerto yucateco, y a poco
m�s, se encendieron las luces. Empezamos la b�squeda fren�tica de los
antihistam�nicos contra el
mareo, que no aparec�an; se cantaron los himnos nacional cubano y del 26 de
julio, quiz� durante
cinco minutos en total, y despu�s el barco entero presentaba un aspecto rid�culamente
tr�gico:
hombres con la angustia reflejada en el rostro, agarr�ndose el est�mago.
Unos con la cabeza metida
dentro de un cubo y otros tumbados en las m�s extra�as posiciones, inm�viles
y con las ropas sucias
por el v�mito. Salvo dos o tres marinos y cuatro o cinco personas m�s, el
resto de los 83 tripulantes
se marearon. Pero al cuarto o quinto d�a el panorama general se alivi� un
poco. Descubrimos que la
v�a de agua que ten�a el barco no era tal, sino una llave de los servicios
sanitarios abierta. Ya hab�amos
botado todo lo innecesario, para aligerar el lastre.
La ruta elegida comprend�a una vuelta grande
por el sur de Cuba, bordeando Jamaica, las islas del
Gran Caim�n, hasta el desembarco en alg�n lugar cercano al pueblo de Niquero,
en la provincia de
Oriente. Los planes se cumpl�an con bastante lentitud: el d�a 30 o�mos por
radio la noticia de los
motines de Santiago de Cuba que hab�a provocado nuestro gran Frank Pa�s,
considerando
sincronizarlos con el arribo de la expedici�n. Al d�a siguiente, primero de
diciembre, en la noche,
pon�amos la proa en l�nea recta hacia Cuba, buscando desesperadamente el
faro de Cabo Cruz,
carentes de agua, petr�leo y comida. A las dos de la madrugada, con una noche
negra, de temporal,
la situaci�n era inquietante. Iban y ven�an los vig�as buscando la estela
de luz que no aparec�a en el
horizonte. Roque, ex teniente de la marina de guerra, subi� una vez m�s al
peque�o puente superior,
para atisbar la luz del Cabo, y perdi� pie, cayendo al agua. Al rato de
reiniciada la marcha, ya ve�amos
la luz, pero, el asm�tico caminar de nuestra ancha hizo interminables las �ltimas
horas del viaje. ya de
d�a arribamos a Cuba por el lugar conocido por Belic, en la playa de Las
Coloradas.
Un barco de cabotaje nos vio, comunicando telegr�ficamente
el hallazgo al ej�rcito de Batista.
Apenas bajamos, con toda premura y llevando lo imprescindible, nos
introdujimos en la ci�naga,
cuando fuimos atacados por la aviaci�n enemiga. Naturalmente, caminando por
los pantanos
cubiertos de manglares no �ramos vistos ni hostilizados por la aviaci�n,
pero ya el ej�rcito de la
dictadura andaba sobre nuestros pasos.
Tardamos varias horas en salir de la ci�naga, a
donde la impericia e irresponsabilidad de un
compa�ero que se dijo conocedor nos arrojara. Quedamos en tierra firme, a la
deriva, dando traspi�s,
constituyendo un ej�rcito de fantasmas, que caminaban como siguiendo el
impulso de alg�n oscuro
mecanismo s�quico. Hab�an sido siete d�as de hambre y de mareo continuos
durante la traves�a,
sumados a tres d�as m�s, terribles, en tierra. A los 10 d�as de salida de M�xico,
el 5 de diciembre de
madruga de una marcha nocturna interrumpida por los desmayos y las fatigas y
los descansos de la
tropa, alcanzamos un punto conocido parad�jicamente por el nombre de Alegr�a
de P�o. Era un
peque�o cayo de monte, ladeando un ca�averal por un costado y por otro
abierto a unas abras,
inici�ndose m�s lejos el bosque cerrado. El lugar era mal elegido para
campamento, pero hicimos un
alto para pasar el d�a y reiniciar la marcha en la noche inmediata.
Fragmento inicial de �Una Revoluci�n que
comienza�,
publicado en O Cruzeiro, 16 de junio ,
1 de julio y 16 de julio de 1959
 
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