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Ciudad yerma
Aquella mañana me levanté y comprobé que no había
nadie en casa. Después del desayuno me asomé al balcón;
lo primero que me sorprendió fue el silencio que lo envolvía
todo. Tras comprobar que el día era soleado volví dentro
de la casa y encendí el televisor, pero se debía de haber
estropeado, porque no conseguí sintonizar ningún canal.
Decidí salir a dar un paseo para bajar el desayuno. Bajé
por General Ricardos; reinaba una tranquilidad inusual y no había
nadie a esas horas por la calle... ¿a esas horas?: las doce del
mediodía en mi reloj; no era posible. Miré a mi alrededor;
las tiendas estaban abiertas y había luz dentro, pero se encontraban
vacías; tampoco existía el habitual bullicio en los bares.
Por la calle no caminaba nadie; no había ruido de coches, ni de
pasos, ni de pájaros, no había miradas... Nada.
Llegué al puente de Toledo y crucé un Manzanares perezoso
y abandonado por los patos; el único signo de vida que había
encontrado en todo mi recorrido eran los árboles cuyas copas, al
no correr aire ninguno permanecían en silencio Subí por
la calle Toledo cada vez más perplejo. ¿Qué habría
pasado con la gente? No me había encontrado ni un alma en todo
el camino y la Puerta de Toledo parecía decirme con su boca enorme:
estás solo.
Crucé el Madrid de los Austrias envuelto en un manto fantasmal
y entré sobrecogido en la plaza Mayor que parecía inmensa
sin el bullicio de los turistas, los pintores callejeros y las palomas.
Ni siquiera la estatua ecuestre de su centro parecía prestarme
atención, extrañada quizá por tanto abandono. Atravesé
la plaza en silencio como una sombra que huye de la luz, crucé
la Puerta del Sol, carente de su gentío acostumbrado y entré
en los grandes almacenes de Preciados. ¡Nadie! La nieve iluminaba
las pantallas de televisión; decidí tomarme todo el asunto
a broma, después de todo la situación, aunque extremadamente
rara, tenía algunas ventajas: podía consumir lo que quisiera
y hacer lo que me diera la gana. Subí a la cafetería y me
serví una cerveza, que por supuesto no pagué. Después
de beber un par de cervezas y con el ánimo más alegre fui
a la sección de deportes, me puse una camiseta de Zidane y lancé
balonazos contra los maniquíes mudos; pero pronto me aburrí,
los maniquíes no eran buenos compañeros de equipo
Volví a la calle vacía y me senté en el suelo en
medio de la Puerta del Sol, asustado, mirando cara a cara a un Madrid
sin alma, porque la vida, el alma de la ciudad, había sido devorada
por algún dios siniestro. Tal vez lo que me estaba pasando fuese
una pesadilla, si, eso era, todo era un sueño; pronto despertaría
y quedaría inmerso en el santo ajetreo cotidiano Y allí
me quedé, solo, sin saber que hacer; esperando ese despertar que
no llegaba.
Y pasó ese día, y el siguiente, y el otro...
Paco Espada
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