| LAS REBAJAS
Ya llegó enero con su cuesta; se acabaron las
navidades y ahora viene otro asuntillo. No dejo de pensar en el
extraordinario efecto que producen determinados fenómenos en el consciente
o inconsciente, no lo tengo muy claro, colectivo. Por ejemplo las rebajas.
En enero todos los años lo mismo; pongo el telediario y veo la entrada de
unos grandes almacenes todavía cerrada. Por los cristales se ve el gentío agolpado, como esperando la bendición del Papa. De pronto
se abren las puertas y se organiza una estampía que recuerda las
migraciones de los ñus en pleno apogeo; sólo faltan los cocodrilos
comiéndose a algún comprador para completar el cuadro. El pueblo llano
se desparrama por las estanterías y los expositores, la rebatiña alcanza
su máximo esplendor: aquí dos personas agarran un jersey, cada una
aferrada a una manga, se miran lanzando puñales por los ojos hasta que el
contrincante más débil suelta su presa; allá otros dos discuten por unos
pantalones de los que solo queda esa unidad; acullá varias mujeres rodean
a un vendedor hablando todas a la vez, mientras el pobre hortera (sin
ánimo de ofender) no sabe dónde meterse ni cómo apaciguar a las clientas
exaltadas. Poco a poco las aguas vuelven a su cauce, se desatan nudos
gordianos y se resuelven los conflictos a medida que van quedando menos
cosas interesantes que comprar. Cada cual lleva el fruto de su caza, unos
lo que querían, otros lo que les dejan, se dirigen con el rostro algo más
relajado a la caja. Este caballero con una chaqueta dos tallas más
grande que la suya; esa señora con un bikini de colores chillones que ya
veremos si lo llega a usar; esa otra cargada con ocho artículos, cuando
sólo había ido a comprar uno, a lo sumo dos; la que va detrás con dos uñas
rotas en la refriega, y puede dar gracias. La liturgia de las rebajas
se va desarrollando día hasta que termina enero, el público va desangrando
paulatinamente sus bolsillos o sus tarjetas de crédito, ya bastante
depauperadas anteriormente, al tiempo que engordan por el sistema de vasos
comunicantes las cuentas de comercios y grandes almacenes. Las rebajas
junto con las navidades representan Eldorado para sus
economías. Terminamos el mes de rebajas con una herida, no en el
corazón sino en la cartera, porque cuando echamos cuentas vemos que el
chollo no lo es tanto, que vamos a pasar febrero comiendo bocatas de
mortadela y que unos cuantos productos no los necesitamos ni, seguramente,
llegaremos a usarlos nunca, irán a parar a un trastero con parte de los
regalos de reyes, los que no queremos ver ni en pintura. Es entonces
cuando comprendemos que las sacrosantas rebajas no son una tradición que
nos ayuda a ahorrar, sino un anzuelo que nos engancha por los ojos y nos
obliga a malgastar el poco dinero que nos quedaba después de la maratón
consumista navideña. Así que, ya bien ordeñadas nuestras cuentas
corrientes y con unos cuantos objetos inútiles más pensamos: “bueno, esto
solo es una vez al año, y total, no vamos a salir de pobres”. Ya algo más
tranquilos después de esta brillante idea nos sentamos a esperar a las
rebajas de julio.
|