Aventuras de Pedro Malas Artes
Pedro, ya de niño, se ganó el apelativo de Pedro
Malas Artes, no porque fuera un individuo avieso; simplemente era travieso,
como todos los críos, y tenía mala pata además; solía
estar en el sitio equivocado y tomar la decisión equivocada. Pedro
Mala Pata habría sido un apodo que le hubiera venido más
al pelo, pero en los pueblos ya se sabe, los nominalismos conceptuales
se trabajan antes desde un enfoque subjetivo, intuitivo y analógico
que desde un prisma lógico-racional. En lenguaje coloquial: ponen
los motes que les sale de las narices sin pensarlo dos veces y que salga
el sol por Antequera. Tras esta digresión algo pedante volvemos
con Pedro, todavía un rapazaco (adolescente) a la sazón,
al que su madre le mandó ir al mercado. En Sanabria antes se hacían
las compras los lunes en El Puente, pueblo donde se reunían tratantes,
pulperas y toda clase de mercachifles, y allí acudían los
vecinos de toda la comarca para hacer sus mercaderías, dándole
al lugar durante unas horas un aire de zoco norteño de lo más
saludable.
Pedro llegó pues al Puente a recoger un cochino que su madre había
apalabrado con un tratante, así que el ganadero le entregó
el cerdo a Pedro y este regresó presuroso a casa para entregárselo
a su señora madre. Por el camino se encontró con unos amigos
–de Pedro- y decidió quedarse a jugar un rato con ellos,
pero recordó: “mi madre me dijo que trajera el cochino enseguida
y que no me entretuviera”
Ya iba a abandonar su proyecto cuando tuvo una idea, así que se
fue al cerdo y le dijo:
- Tu pareces listo, escucha atentamente porque no te lo voy a repetir...
Se puso a hablar con el animal muy seriamente; le explicó cómo
llegar a casa, que se tenía que presentar ante su madre y, finalmente,
le conminó que fuera derecho y sin entretenerse por el camino.
Una vez dadas las explicaciones dejó al bicho solo y se marchó
tan contento con sus amigos.
Cuando Pedro llegó a casa su madre ya estaba preocupada por la
tardanza del rapaz.
- ¿Dónde has estado? Te fuiste al mercado esta mañana
y ya casi es de noche.
- Jugando en la era. ¿Ya lo vio? ¿Qué le pareció?
- ¿Si ví el qué?
- Qué va a ser, el cochino.
- ¿Cuándo trajiste el cochino? Yo no he visto ninguno.
- No lo traje yo, vino él. Ya se habrá metido en la corte*
- ¿Qué vino el solo?- La mujer ya se estaba temiendo lo
peor.
- ¡Pues claro! Yo le enseñé el camino, así
que no se puede haber perdido.
- ¡Pero condenado! ¡hijo del Demonio! – gritaba la pobre
mujer a todo pulmón - ¡Pero cómo va a venir un cochino
solo a casa! ¡Yo lo mato!
Suerte para pedro que corría más que su madre, que si no,
allí mismo fuera despellejado vivo y nos quedábamos sin
cuento.
Cuando se le pasó un poco el enfado a su madre –una semana
despues más o menos- esta le explicó a Pedro como se traía
un cerdo a casa, ya que el rapaz era inexperto en estos menesteres.
- Mira, Pedro, los cochinos no son listos, ni entienden lo que les dices.
Si tu lo dejas suelto, se va a escapar al monte y se lo comerán
los lobos o lo cogerá el primero que lo encuentre. Cuando traigas
un marrano o un ternero o lo que sea, lo atas con una cuerda y lo llevas
bien sujeto hasta casa. También hay que llevar una vara para darle
unos palos si no quiere seguir.
Pedro dijo que si a todo; grabó en su memoria las palabras de su
madre y prometió que seguiría al pie de la letra sus consejos.
Al lunes siguiente su madre le mandó al mercado porque necesitaba
un barreño de aquellos de cinc que se usaban para la ropa, encareciéndole
que no se entretuviera por el camino.
Y así lo hizo Pedro.
Llegó al mercado y compró el barreño. Luego, atendiendo
a lo que su madre le había explicado, se marcho derecho a casa,
no sin antes proveerse de una cuerda que ató al asa del cacharro
y de un palo para arrearle.
El resultado es fácil de imaginar: el barreño fue llevado
a rastras durante todo el camino, golpeándose con todas las piedras
y árboles que se le oponían. Por si esto fuera poco, si
se atascaba en una raíz o entre dos piedras, recibía una
tunda de Pedro que, al tiempo que le daba con la vara decía:
- No te hagas el remolón que te está esperando madre.
Cuando llegó a casa, ató el extremo de la cuerda a una argolla
que había en la fachada y que servía para sujetar a los
burros, y se fue a avisar a su madre.
- Madre, ya traje el caldero.
- ¿Y dónde lo dejaste, que no lo veo? –preguntó
ella.
- ¿Dónde va a ser? Atado a la puerta.
La madre salió con la mosca detrás de la oreja, barruntando
alguna trastada del chaval. Cuando salió y vio el estado del cacharro,
roto, sucio y lleno de abolladuras, la mujer se dio a todos los demonios.
- ¡Pero hijo de Satanás! ¿Qué has hecho con
el barreño, que ya no sirve para nada?
- ¡Pues hice lo que me dijo, madre!
- ¿Te dije yo que lo despanzurraras, desgraciado?
- Me dijo que lo trajera atado con una cuerda para que no se escapara...
y es lo que hice.
La madre ya no sabía si reír o llorar o matar a palos a
su hijo, aunque casi estaba inclinada por esto último. Ante la
duda, Pedro optó por una retirada prudente usando por ello toda
la fuerza de sus piernas.
Una vez más, cuando a su madre se le pasó el enfado y le
perdonó la pifia, le explicó cómo tenía que
traer un barreño del mercado.
- Mira, hijo. El barreño lo tienes que poner encima de la cabeza.
Así no te estorbará para andar y te quitará el sol;
así que ya lo sabes para la próxima vez.
La próxima vez se presentó el lunes siguiente. Se habían
quedado sin manteca para hacer el caldo y la madre mandó a Pedro
al mercado del Puente a comprarla. Pedro compró la mercancía
y volvió a casa; era mediodía y el sol estaba en todo lo
alto. Recordó los consejos que su madre le había dado la
semana anterior, y como era un hijo obediente los siguió al pie
de la letra. Se puso la manteca en la cabeza y se dirigió al pueblo
silbando una cancioncilla.
Por el camino notó que unos goterones espesos le caían por
la cara, al detenerse y ver cómo caían las gotas sobre los
helechos del sendero, pensó:
- ¡Cómo pega el Lorenzo, si parece que se me derriten los
sesos!
Sin darle demasiada importancia siguió su camino apretando el paso
para llegar cuanto antes a casa y ponerse en la sombra. Cuando llegó,
hecho un charco de manteca, su madre le dijo:
- Pero... ¿Qué te ha pasado? ¿Y la manteca que te
mandé traer?
- Pues aquí, en la cabeza – Y le entregó a su madre
un trapo pringoso, el mismo que había contenido la manteca- ¿Y
esto? Claro, ya me notaba yo la cabeza más ligera...
Su madre, al explicarle Pedro cómo la había traído,
volvió a montar en cólera y este tuvo que poner tierra por
medio, hasta que se le pasó el enfado a la mujer, que debía
de ser una santa. De nuevo le explicó cómo se debía
traer la manteca del mercado, explicación que Pedro memorizó
cuidadosamente.
- Mira hijo, la manteca la tienes que llevar bajo el brazo para que no
le dé el sol, y la tienes que meter en cada fuente que encuentres
por el camino para que se mantenga fresca y no se derrita.
Pedro prometió que así lo haría la próxima
vez, cosa que hizo el lunes siguiente, que su madre le mandó al
mercado por sal que se le había acabado. Pedro compró la
sal en el mercado y obediente como siempre, hizo lo que su madre le había
dicho. Se paró en todas las fuentes del camino para meter el saquito
de sal en ellas un buen rato, no sin dejar de notar que el saquito era
cada vez más ligero, aunque estaba siempre fresco.
Cuando llegó a casa, de la sal no quedaba nada, y cuando le explicó
a su madre cómo le había traído, ella se enfadó
muchísimo, salió con un palo detrás de él
y, como Pedro vio que la cosa iba en serio, decidió escaparse una
temporada a casa de unos tíos suyos, que vivían en el pueblo
de al lado, y allí vivió otras aventuras que dejaremos para
otra ocasión. Desde luego, pensaba Pedro, a su madre no había
quién la entendiera.
*Así llamaban a la pocilga en estos pagos.
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