El Becerro de Oro


No es posible concebir el mundo actual sin el dinero; esta profunda reflexión se me ha ocurrido a mí solito, no he necesitado recurrir a autoridades económicas o científicos sociales, para que veáis. Las estructuras y funciones sociales, la política, la cultura y todo el hacer humano en general orbitan en torno a este elemento de intercambio. Para los antiguos sofistas griegos el hombre era la medida de todas las cosas; el "homo mensura" ha sido sustituido en nuestros días por el dinero y de esta forma los poderes tradicionales se han unificado en un solo poder, el económico; la nuestra es casi una cultura económica.
Las formas de obtener dinero no siempre son exageradamente lícitas, de modo que los hay que se tiran al monte y se dedican a conseguir el vil metal mediante el hurto, el timo, las diversas extorsiones y otras innumerables artes liberales de este tipo. Otros en cambio se mueven con agilidad por los cauces de la ley para obtener beneficios por medios que, aunque legales, distan leguas de ser éticos. Hay expertos en complicadas ingenierías financieras que lavan honores y haciendas; gentes de leyes que ponen sus conocimientos a su propio servicio antes que al de los demás, individuos que comercian con productos dudosos o con márgenes abusivos o políticos que administran la confianza depositada en ellos para su provecho, formando de este modo en la escuadra de los malos gobernantes descrita por Aristóteles en su Política.
Así podríamos seguir ad infinitum nombrando adoradores del becerro de oro hasta formar legión, ninguno afectado de escrúpulos al recibir sus treinta monedas.
Frente a estas legiones han surgido en los últimos años por todo el planeta personas y movimientos para los que ¡Sorpresa! el dinero parece tener un papel secundario; como si se hubiese formado una "internacional" de la solidaridad que tratara de volver al hombre al eje central de la vida del hombre. Un movimiento que engloba a organizaciones cuyos miembros se juegan a veces la vida, y de una forma nada metafórica, para tratar de ayudar a sus semejantes frente a la pobreza, la enfermedad o los abusos de aquellos que defienden intereses económicos o políticos espurios. Porque, ¿acaso los ecologistas de Green Peace que intentan abordar un navío de guerra a bordo de una lancha de goma lo hacen por dinero? ¿Y los miembros de Amnistía Internacional que recaban información sobre los detenidos políticos de su país? ¿o los facultativos de Médicos Sin Fronteras que curan enfermedades contagiosas en países del Tercer Mundo? A primera vista no parecen cometidos muy rentables para ellos, desde luego. A estas organizaciones se podría añadir una lista innumerable que ha ido creciendo con los años y con el asco que produce el ver cómo unos se aprovechan de los más desvalidos mientras el resto gira la cabeza hacia otro lado. Y así muchos miles de personas desinteresadas que trabajan por libre o que se engloban en ONGs, que consideran que el dinero es importante (como medio, no como fin) pero que las personas lo son más.
Quizá toda esa gente sea la excepción, honrosa excepción, que confirma la regla, y quizá nuestro futuro dependa de que llegue a ser regla esa excepción.
¿Dependerá de nosotros?

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