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A ver. Si fueras un mejillón, ¿Tú
qué harías?
(Luis Buñuel)
Hombre, nunca me había planteado la posibilidad de ser
tal ente, tal molusco. Hasta ahora me había limitado a comerme
los mejillones sin entrar en sus dilemas existenciales, sin considerar
los avatares de estos señores de negro que descansan en el fondo
del mar comiendo la sopa boba de marisco.
Tiene que ser fantástico vivir en esas aguas acariciadoras, siempre
unido a tu roca adosado preferida, o en todo caso dar un salto con el
impulso de tus balbos hasta unos metros más allá, pero sin
pasarse. Descansar esperando que los bocados más suculentos se
pongan al alcance de tu boca mientras contemplas la belleza de la vida
submarina, como a través de una lente de aumento. Y siempre a salvo,
o eso crees, pues cuando viene uno de esos energúmenos de fauces
enormes te echas la capota negra encima y esperas a que se largue con
viento fresco, o agua fresca en este caso.
¿Y cómo será el resto del mundo?
Seguro que más salvaje y peligroso cuanto más profundo.
En continua lucha por sobrevivir, el próximo instante puede ser
el último. Me gustaría conocerlo en toda la extensión
de su belleza y su miseria animal, pero mientras no me oferten algún
viaje organizado que me permita visitarlo sin peligro permaneceré
tan a gusto en mi concha.
Solo hay que ver cómo me miran esos pulpos obscenos y esos peces
luna que vienen de quién sabe dónde, con su pico de oro
y sus vaivenes seductores. Seguro que lo que buscan es una presa que devorar.
Yo en mi concha, que cierro cuando tratan de molestarme, y en paz. Viviendo
sin sobresaltos aunque sea en un gueto, aunque nunca llegue a conocer
nada.
Dedicó esta disertación mejillónica a la sociedad
occidental en general, opulenta y ociosa, que siente una profunda solidaridad,
que tiene tiempo y dinero para preocuparse de los desheredados, pero no
estómago ni nervios para aguantarlos. Y a mí, por supuesto.
Paco Espada.
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