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El llobádigo
Estoy en la sierra, escucho aullidos detrás de unas lomas alejadas;
los lobos de Sanabria se deben de estar llamando, acaso se reúnen
para realizar alguno de sus misteriosos rituales, esta será noche
de cantos a la luna o algo parecido. No puedo dejar de pensar en lo diferente
que es la actitud de la gente de ahora - principalmente la de ciudad -
de la de nuestros mayores.
Ahora se piensa en los lobos como en el indispensable vértice de
la pirámide ecológica, que como nos la presentaban en el
colegio es algo parecido a un triángulo cuyo estrato inferior representa
a los vegetales y el superior a los súper-depredadores, sin incluirnos
a nosotros; pirámide cuyos moradores debemos proteger y respetar.
Los sanabreses, como los habitantes de cualquier otra zona rural hasta
hace no mucho tiempo veían en el lobo a un enemigo al que había
que exterminar; devoraba los ganados y si se descuidaban, a las personas,
aunque no recuerdo haber oído hablar de nadie que haya sido comido
por estos animales. Hoy el único enemigo a exterminar es aquel
que pueda devorar las pensiones, las subvenciones y el turismo.
Pero hace años el lobo era tanto odiado como temido; tirano del
invierno y de la noche, el temor que incitaba podía trasladarse
más allá de lo real para instalarse en el reino de las leyendas
y estas, como el rumor, se pueden convertir en lo más cierto de
este mundo.
Aún recuerdo que de niño, era noviembre creo, en esa época
en que nuestros bosques se tiñen de tristeza y la lluvia es compañía
permanente, dijeron en un telediario que un lobo había atacado
a una mujer por tierras de Galicia, ¿Orense tal vez?; rápidamente
se propagó el rumor como un incendio, cada vez de mayores proporciones,
sobre una manada de lobos que atacaba a las personas y que ya había
entrado en Sanabria. Las mujeres alteradas comentaban que tal vecino había
aparecido medio comido en algún pueblo de la sierra; yo lo escuchaba
con oídos de niño asustado, aunque con ojos de futuro hombre
racional, no por nada ya había visto a Rodríguez de la Fuente
por la tele. La gente, sin embargo tenía pánico a esos lobos
de hocicos ensangrentados y mirada infernal; algo lamentable, aunque inexistente.
Así es el miedo.
Los pobres bichos no se habían comido a nadie, pero más
allá del simple rumor resulta sorprendente, como supe mucho tiempo
después, que tras el temor al lobo se ocultaba - en parte - un
fenómeno de licantropía. Siempre pensé que la leyenda
de los hombres lobo se circunscribía a los umbríos bosques
de Europa central y de los Balcanes con variantes en otras culturas, como
los hombres caimán y jaguar en las selvas americanas o los hombres
oso entre los esquimales; pero aquí, al lado de casa se conservan
restos de una tradición que aporta sus propios elementos originales
a la siniestra leyenda.
El llobádigo o llobádiga llaman en nuestra tierra a una
supuesta enfermedad que provocan los lobos, con una curiosa variante:
no son estos animales quienes la contagian directamente, ni es necesario
que muerdan o arañen a su víctima; son los perros que se
han peleado con lobos o simplemente hayan estado cerca de ellos los transmisores
del mal. Tampoco se sabe que afecte a los adultos, sólo a los niños;
basta que un perro haya estado en contacto con sus primos salvajes y se
acerque a un niño para que este se convierta en infortunado candidato
al contagio. Por supuesto, a los perros no se les permitía acercarse
a los niños, pero también una persona que hubiera visto
al lobo o que lo hubiera tenido cerca se convertía en agente del
contagio, y estos parecían entrañar mayor peligro que los
perros, según la creencia.
Mis informantes no se ponen de acuerdo sobre los síntomas, que
podrían ser crecimiento de pelo, mejor dicho, le saldría
vello por todo el cuerpo, le crecerían las uñas y los caninos
y se transformaría en una suerte de animalito salvaje, o tal vez
fuera una variante de la rabia. En el primer caso, no tengo noticia de
que el cambio sea reversible temporalmente como ocurre con los hombres
lobo al uso - personas normales durante la mayor parte del tiempo pero
cuya naturaleza cambia ante fenómenos como la aparición
de la luna llena -, parece un panorama ciertamente desolador para la víctima
y los desgraciados familiares, no obstante existe una forma, ciertamente
curiosa, de prevenir el maleficio.
Se trata de una ceremonia que por su estilo puede remontarse a una antigüedad
remota, posiblemente precristiana. Parece consistir - no dispongo de muchos
datos al respecto, lo confieso - en traer del monte una escoba blanca,
de las que tienen la flor amarilla; una vez en casa se arroja la planta
al fuego; cuando ha prendido, la madre o cualquier otra persona sospechosa
de producir el contagio pasa los brazos y el pecho por el humo que despide
la hoguera; este sencillo ritual parece bastar para que el peligro se
aleje y el condenado a licántropo o lo que sea se salve. Una explicación
racional consistiría en que los posibles microorganismos transmisores
de la enfermedad sean destruidos por el humo que produce esa planta en
concreto, yo prefiero la otra, ¿por qué no?, es más
poética: Una fuerza oscura de la Naturaleza vencida por la magia;
al fin y al cabo sólo es cuestión de puntos de vista.
Porque a nosotros, seres de la era eléctrica, del asfalto y de
Internet, estas historias no nos parecen otra cosa que cuentos, supersticiones
de gente ignorante, y al oírlas no podemos dejar de sonreír
con indulgencia mientras nos parapetamos tras potentes ordenadores, usamos
veloces vehículos y teléfonos móviles, tras habernos
formado en las aulas de la ciencia racional. Pero ¿Pensaríamos
igual si todas esas herramientas nacidas del progreso nos fueran negadas?
Si viviésemos como nuestros mayores vivieron, en esos pueblos aislados
y sin electricidad, en los que para salir de noche sólo se contaba
con el amparo de una vela, cuando había que ir de madrugada a regar
los campos por esos caminos oscuros, rodeados de bosques en los que cada
sombra de árbol podía no serlo, mientras se escuchaba a
lo lejos -o no tan lejos- el aullido de los lobos, acaso entonces, por
muy racionales que seamos ya no estaríamos tan seguros de lo que
es y lo que no es, acaso entonces podríamos llegar a comprender
lo que una tradición como esta del llobádigo significaba,
mas allá del cuento de vieja.
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