Desencuentro en el frío
El reloj de la torre estaba a punto de dar las
doce. El hombre giraba a cada momento la cabeza para mirar la hora; se
paseaba nervioso por la plaza en la mañana más fría
que recordaba en mucho tiempo. Algunas personas pasaban a su lado, indiferentes
a la agitación que él sentía, arrebujadas en sus
abrigos trataban de hurtar el cuerpo a la ventisca feroz de esa jornada
mesetaria del mes de enero; corrían buscando algún refugio
mientras el hombre hollaba la nieve con sus paseos nerviosos alrededor
de la estatua ecuestre que ocupaba el centro de la plaza.
Las doce campanadas rebotaron contra la atmósfera gris. Ella no
aparecía. El cielo seguía estando muy oscuro; parecía
proyectar un velo sobre el corazón del hombre que, mientras tanto,
golpeaba el suelo con los pies para calentarlos. Pensaba en ella, su imagen
clavada siempre en su cerebro; en el silencio de la noche o en el bullicio
de las calles, daba igual. Ella siempre estaba allí.
Los latidos de su corazón se redoblaron; un torrente de sangre
corría loco por sus venas como el fuego sobre un reguero de pólvora.
Sentía arder sus sienes y se apoyó en el
pedestal del monumento porque temió desfallecer. Una mujer atravesaba
la plaza caminando hacia él, se cubría con un abrigo de
pieles y un gorro del mismo material; aquel andar airoso, decidido, insinuante…
era ella, no le cabía duda. La mujer pasó de largo sin mirar
a Sergio. Se había equivocado, no era ella como había creído
al verla de lejos, con la cara tapada por el cuello del abrigo. Sintió
una losa pesada y fría sobre su pecho, anticipo de otra aún
más fría y pesada que pronto le cubriría por entero
y que él ya no sentiría sobre sí. Había tomado
ya la decisión porque sabía que ella seguiría siempre
con ese otro al que estaba unida por el matrimonio, por las apariencias,
elemento fundamental en las relaciones sociales, sobre todo en una ciudad
de provincia.
Sabía que nunca llegarían a unir sus vidas, ni siquiera
sus cuerpos, y sabía también que esa cita era una locura,
una estupidez. La promesa que le había arrancado la tarde anterior
en un momento de desesperación no era una muestra de amor si no
de preocupación; ella podía temer que el hombre se arrojara
al río desde el puente como juró que haría si no
accedía al encuentro.
Pero… ¿Y si no fuera así? ¿y si ella acudía
al fin y al cabo dispuesta a huir con él? ¿Y si le amaba?
Sin embargo, a medida que el tiempo se separaba de las doce del mediodía
y ella continuaba sin aparecer, lo que había intuido, lo que había
sabido siempre en el fondo de su ser, es decir, que el objeto de su pasión
no llegaría a vivir a su lado nunca, se convertía en una
realidad tangible, inexorable como una sentencia. Se acabó el tiempo,
se acabaron las ilusiones; Solo quedaba el puente y debajo el río
con sus aguas profundas, heladas, acogedoras. Ellas calmarían para
siempre su dolor y su ansiedad.
Pero aún esperaría un poco más. Podría haber
pasado algo, tal vez se hubiera retrasado por algún motivo imperioso,
motivo que no impediría que fuera por fin a su cita y que pudiera
verla venir corriendo para arrojarse en sus brazos, porque, ¿qué
podía haber más importante que la pasión que los
unía?
La campana dio la una en el reloj de la torre. Una figura masculina arrastró
los pies por la nieve al salir de la plaza por una calle lateral que desembocaba
en el puente que cruzaba el río.
Diez minutos después una mujer llegaba a la plaza mirando alrededor,
con movimientos rápidos de cabeza, casi como un pájaro.
Parecía buscar a alguien. La mujer cruzó la plaza pensando
en tragedias, en llamas que se apagan. Entendía que algo malo había
ocurrido a causa de su retraso. Si era así nunca podría
perdonárselo. El viento invernal la rodeaba con aullido de reproche
y la mujer pensó en el hombre. Tenía la sensación
de que el último encuentro que tuvo con él había
sucedido hacía mil años.
En realidad lo había conocido el mes anterior y, en ese espacio
de tiempo se había convertido en el centro de gravedad sobre el
que giraba su vida. Comenzó a notar su propia transformación
a los pocos días de conocerle, en una fiesta que se celebraba en
casa de una amiga común, por quien fueron presentados. Pronto comprendió
que el interés del hombre por ella era muy especial, vio esta situación
con unos ojos que no eran corporales, porque a ella también su
aparición le había calado hondo. Sabía que no eran
casualidades los encuentros en la entrada del teatro cuando ella llegaba
con su marido, o que en todas las fiestas de notables a las que acudía
estaba él, y ello sin ser ninguna de los personajes locales relevantes.
El desdén que había sentido en un principio hacia el hombre
se había transformado al poco tiempo, sin saber cómo, en
una pasión irremisible, una sensación de vacío y
de plenitud a un tiempo que le hacía soñar con él
en todas y cada una de aquellas noches escarchadas de ciudad esteparia.
Temía incluso, que pudiera haber pronunciado su nombre en sueños;
la sospecha derivaba de algunas miradas de su marido que parecían
ocultar un trasfondo amargo, de aguas turbias donde antes había
fuente de cristal.
A ella sin embargo, en el fondo le traía sin cuidado lo que pudiera
pensar su esposo ya que, cuando el hombre le había declarado su
amor y su deseo sintió que las ataduras de su matrimonio se habían
roto definitivamente y ahora ya no recordaba qué nexo real le había
unido al hombre que dormía con ella.
Recibió el azote del frío en la cara y recordó el
ultimátum que él había pronunciado días atrás
después de rogarle, y maldecirle: Si no se marchaba con él
se quitaría la vida.
Pensar que ahora estaría muerto en cualquier sitio era algo que
sufría como una y mil muertes; sintiendo una agonía que
no le dejaba pensar salió de la plaza y se encaminó calle
abajo casi a tientas pues sus ojos se habían cuajado de lágrimas,
hacia el puente sobre el río helado. Si todavía pudiera
encontrarle, detenerle…
Las palabras del hombre resonaban sin cesar en su cabeza mientras recorría
el jeroglífico de calles que conducían al río, sin
fijarse demasiado por donde iba, los pies la conducían por la fuerza
de la costumbre, llegó al puente sintiendo que el corazón
se le escapaba garganta arriba por el miedo y la esperanza. Pronto vio
que allí no había nadie, salvo ella y su terror, que parecía
haber tomado cuerpo. Sabía que el puente era el lugar favorito
de él y que, por confesión de este, era su lugar ideal para
morir. Las lágrimas corrían por su rostro como glaciares
diminutos mientras buscaba algún indicio, algún vestigio
por mínimo que fuera, que le permitiera pensar que estaba vivo,
pero lo único que la acompañaba era su desesperación,
que junto con sus lágrimas heladas descendió a unirse con
la corriente turbulenta.
Alguien oyó un grito desgarrado de mujer que se interrumpió
en seco, alguien que no le prestó más atención y
siguió su camino mientras, al otro lado de la ciudad, en una taberna
mugrienta, el hombre apuraba su enésima copa y, con los consejos
del vino trataba de justificar el hecho de que aún continuara en
este mundo con la idea de que no merecía morir por una mujer que
había faltado a su promesa. Dentro de él, en lo más
profundo de su conciencia, brindaba por su cobardía.
Paco Espada
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