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EL FILTRO
Iralamia, la infame Papisa del reino hereje de Sardukar, al que Alá
confunda en los más negros abismos, habíase enamorado de
un joven del reino vecino de Almanar; este joven, hijo del rey, estaba
a su vez prometido con la hija del gran Sultán de Shalmanrush,
predilecto del profeta y por ello poderoso enemigo de la Papisa.
Iralamia, que no era tonta, sabía que no tenía ninguna posibilidad
de obtener a Yasser, que así se llamaba el muchacho, en matrimonio,
ya que sus enemigos políticos y religiosos jamás lo permitirían.
Así pues, llamó a Shakkam, que así se llamaba su
mago particular, para que le ayudase a seducir a Yasser.
-Shakkam -dijo-, necesito que me ayudes a seducir a Yasser.
-Señora -contestó Shakkam-, mis inclinaciones son muy otras.
-Soy yo quien le ha de seducir, estúpido- todo hay que decirlo,
Iralamia tenía muy mala uva, su carácter era puro vinagre
concentrado.
-Señora -contestó Shakkam-, eso que me pedís está
fuera de todo lugar; no os puedo cambiar el rostro, que si bien aquí
en tu reino goza de la más alta admiración, puede que fuera
de él resulte algo...¿cómo diría? sorprendente.
Alá no me dejará mentir si digo que la Papisa era un verdadero
escuerzo, que asustaba a los perros que vagabundeaban por las calles,
pero claro, en su corte no faltaban aduladores para nombrarla más
hermosa que el Sol.
-Tal vez tengas razón, pero tendrás que buscar entonces
otra manera. Vuela a tus cacharros y tus conjuros y encuentrame una solución,
o de lo contrario te haré arrancar lo que tú ya sabes.
-Ya me lo hicísteis arrancar, señora.
-Pues te haré arrancar otra cosa, ya se me ocurrirá algo.
Después de consultar sus obras de alquimia, de invocar a otros
genios y de utilizar todas las sustancias y conjuros de su laboratorio,
el alquimista dio con un filtro que haría caer rendido a Yasser,
incluso en los brazos de semejante demonio.
Llegó el día y la Papisa de dirigió de incógnito
a Almanar en compañía del mago para poner su proyecto en
práctica.
Fue el propio mago el que se introdujo en la mezquita donde oraba Yasser
y con el pretexto de saludarle y pedirle su bendición como futuro
príncipe de los creyentes le aplicó sobre un brazo el filtro,
que en forma de ungüento había preparado.
La segunda parte del plan se puso en marcha; ya que las cualidades de
la sustancia consistían en que aquél al que le fuera aplicada
se enamoraría perdidamente de la primera mujer que se cruzara en
su camino, Iralamia solo tuvo que esperar a la puerta de la mezquita a
que saliera el príncipe.
Y todo sucedió como había previsto; el príncipe salió
y al verla quedó prendado de lo que para él era una belleza
mayor que cualquiera de las perlas de Orán. Y desde ese instante
no existió para él mayor anhelo que el de poseer aquella
rara hermosura.
Así pues, acercándose a ella empezó a requebrarla
con los más galantes versos que podían poner en sus labios
los poetas de su tierra. Le confesó su amor y le aseguró
muy serio que si no pudiera tenerla se quitaría la vida.
La Papisa le respondió que era de tierna edad y que no había
conocido varón, -el pobre estaba en situación de creerse
cualquier cosa- y le prometió que si le acompañaba a su
tierra le podría pedir permiso a su padre para unirse a ella, a
lo que con gusto accedería.
Iralamia sabía que el efecto del ungüento no tenía
mucha duración y que tenía que llevarse a su reino maldito,
que el profeta maldiga mil años, al pobre príncipe. Una
vez prisionero de ella ya no podría evitar ser suyo para siempre.
Esa misma tarde iniciaron el camino hacia Sardukar, para estar en sus
dominios al día siguiente. El bueno de Yasser no paraba de decirle
a Iralamia lo mucho que la amaba y lo felices que serían juntos.
Ella pensaba, "no lo sabes tú bien corderito mío"
y se relamía como una loba parda.
Pero Alá, que nunca duerme, quiso impedir que semejante desmán
se produjese y cuando ya enfilaban las puertas de salida de la ciudad,
una terrible tormenta estalló, la gente salió despavorida,
ya que era inusual la lluvia en aquellos contornos, en un instante las
calles quedaron vacías de la multitud que minutos antes contemplaba
sorprendida la extraña comitiva; el aguacero diluyó la sustancia
que Yasser portaba en el brazo y poco a poco comenzaron a desaparecer
sus efectos.
El joven contemplaba arrobado a su amada cuando le pareció ver
que las facciones de esta se tornaban borrosas, otro rostro inició
su aparición bajo la atractiva máscara que la droga le habia
hecho ver, un rostro oscuro, cubierto de antojos negros y peludos, en
el que brillaban como dos ascuas unos ojos demoníacos.
-¿Qué te pasa, mi vida? -fue lo único que acertó
a balbucear la infame, que intuyó lo que estaba sucediendo al ver
la expresión horrorizada del muchacho.
El príncipe, al ver tamaño adefesio ante él dio un
gran alarido, saltó del camello y salió corriendo calle
arriba, tirándo el turbante y gritando como un loco. Iralamia quedó
allí sola, corrida de vergüenza, temblando de ira y de frío
bajo la lluvia. Pero ya maquinando cómo se las iba a arreglar para
iniciar la reconquista de su amado.
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