|
La esfera
Nevaba. Ernesto se detuvo delante de un escaparate; se miró en
él como en un espejo, ajeno a los turrones y los dulces que en
él se exhibían, ajeno a las luces rojas, verdes y azules
que parpadeaban cambiando de color su rostro. Contempló su mirada
triste enmarcada en las patas de gallo y las ojeras. Tras hacerle una
mueca al cristal volvió a sumergirse en la multitud que caminaba
alegre por la calle iluminada. "Una navidad más" pensó,
y sintió más tristeza.
Las navidades eran las fiestas que más le fastidiaban, porque le
recordaban más que cualquier otra fecha la soledad en que vivía
a sus cuarenta y tantos años, divorciado y sin hijos, sin padres
ya, sin nada que celebrar.
Se detuvo un instante y acarició el objeto que llevaba en el bolsillo
de su abrigo, una bola de cristal de esas en las que parece que está
nevando cuando se agitan. No la había comprado en unos grandes
almacenes, si no a una anciana con aspecto de mendiga que se la había
ofrecido por unos cuantos euros "por lo menos esta noche podrá
comer caliente" había pensado. La pobre mujer se deshizo en
agradecimientos y le señaló que por su bondad sería
muy feliz esas navidades. Ernesto le había correspondido con una
sonrisa amarga; bien sabía él que la nochebuena la pasaría
solo en su alcoba de la pensión.
Tras sortear a un grupo de adolescentes que gritaban y corrían
camino al mercadillo de adornos navideños, sacó la esfera
del bolsillo y la contempló a la luz de una farola; fijándose
un poco, pudo ver que bajo la nevada artificial jugaban unos niños
diminutos junto a un muñeco de nieve. Detrás de ellos había
una casita de dos plantas con tejado a dos aguas que parecía iluminada
desde dentro. La escena le recordó su infancia; la casita era como
la de sus padres y el muñeco se asemejaba al que hacía con
sus amigos cada invierno. Sintió añoranza por aquellas navidades
con sus padres al calor de la chimenea, el sabor de los dulces, de los
turrones... volvió a sentir el olor de los mazapanes y a oír
los gritos de sus amigos mientras se tiraban bolas de nieve. Recordó
la alegría al desenvolver los juguetes el día de reyes,
cuyo disfrute le duraba unas pocas jornadas que vivía con intensidad.
¡Qué hermosas eran entonces las navidades!
Recordó que una vez también le habían regalado una
bola como la que ahora tenía; en ella podía ver bajo la
nieve a un hombre solitario junto a una farola. Siempre le había
intrigado la figurilla, que en su mente infantil se transformaba en detective
o espía.
Fijándose mejor vio que uno de los niños vestía un
abrigo azul como el que él tenía a los diez años;
los otros niños se tiraban pelotazos de nieve. Trató de
aguzar aun más la vista porque le había dado la impresión
de que el niño del abrigo azul se parecía realmente a él
cuando tenía esa edad, incluso tuvo la sensación de que
le estaba mirando.
No podría asegurar cuando comenzó el mareo; la visión
de la bola de cristal se borró durante unos segundos al tiempo
que la oscuridad crecía a su alrededor, no llegó a caerse
porque el desfallecimiento duró muy poco. En seguida volvió
a sentir el frío y los copos de nieve cayéndole en el rostro.
Después volvió a escuchar los gritos de sus amigos que seguían
lanzándose pelotazos junto al muñeco que habían hecho,
mientras la luz de su casa les iluminaba. Ernesto oyó la voz cantarina
de su madre que le llamaba para cenar; pensó en los turrones, en
los dulces, en los juguetes que le esperaban en casa, en lo dichoso que
se sentía por ser navidad.
Pronto olvidó la enorme cara con bigote y ojeras que había
creído ver durante el mareo que había sufrido, que le observaba
como a través de una pecera con mirada triste. Se despidió
de sus amigos y corrió hacia la casa bajo la nevada, guardándose
en un bolsillo la esfera de cristal en la que continuaba el hombrecillo
bajo una farola.
Paco Espada.
|