Érase una vez un país que, tras una larga historia, con sus
glorias y sus miserias, como casi todos los países, después de
haber sido imperio, de haberse visto abocado al pozo del olvido y unas cuantas
barrabasadas más, todo ello aderezado con mucho folclore, eso si, gracias
a la sabiduría de sus gobernantes había salido del dichoso pozo
y se había desarrollado hasta el punto de convertirse en el paradigma
de la modernidad, del progresismo, del igualitarismo y de todos los ismos. Quizá
el único ismo que deberíamos exceptuar debería de ser precisamente
el istmo, que era a la sazón el que le unía al resto del continente,
o más bien le separaba.
¿ Por dónde iba ? ah, si. En este maravilloso país todos
hacían gala de riqueza, tolerancia y de cultura ( yo creo que lo harían
más bien de boquilla, porque yo nunca he conocido un lugar así.
Aunque claro, ahora que lo pienso, esto es un cuento ) de felicidad, en suma.
En este país vivía un Rey, como en todos los cuentos, también
una reina, muy guapa y muy lista, como en todos los cuentos. El Rey había
dado la mano de su hija mayor a un caballero ( caballero después de casarse
con la princesa ) que no había matado ningún dragón que
se supiera, ni se le veían trazas de que pudiera hacerlo algún
día. Eso sí, este yerno suyo tenía unas bodegas de las
mas pintiparadas del reino, y lo que es al Rey, el buen vino...
A su otra hija la había casado con uno de los más apuestos, queridos
y honrados caballeros del reino, que no había matado ningún dragón,
pero había ganado muchas batallas y muchas medallas. Si hubiera por ahí
algún dragón, el pueblo no dudaba de que le daría pasaporte.
No importa que el caballero no tuviera ( relativamente ) tantas riquezas como
el otro, ni que descendiera de las feroces gentes del norte. Era querido y admirado
por los humildes. Y eso les gustaba a los reyes de nuestro cuento.
Nuestras princesas eran felices con sus mariditos y parían regularmente
herederos que eran acogidos con entusiasmo tanto por la plebe como por sus pregoneros,
que se apostaban horas y horas frente al paritorio dispuestos a trazar al carbón
las imágenes de las visitas o a interrogarlas para fruición de
aquellos que no podían estar en el feliz evento porque tenían
que trabajar. Porque en este país algunos trabajaban, no creáis.
A uno de ellos le bautizaron como Fulgencio Ignacio de la Pradera Inmarcesible
de los Señores de la Tabla Redonda; a otra la llamaron Servanda María
Procesadora de las Virtudes de las Llagas de Nuestro Señor en la Cruz
y Auxiliadora de los Pobres ( ah, no; esta era una monja que asistía
al parto ); pero al primer nacido le añadieron el nombre de todos los
santos para ahorrar. Con tanta santidad en la familia tenían asegurado
el cielo por muchas estupideces que cometieran en la tierra, ya que; como Sócrates
opinaba, la maldad no nace sino del error. Por suerte, nuestros reyes tenían
la suficiente inteligencia para no meterse en nada que pudieran averiar.
Pero en este país de ensueño, el Rey no era feliz, pues el príncipe
heredero del trono, su único hijo varón, aún no había
elegido compañera y ¡ Coño ! ya era mayorcito.
El Rey estaba afligido porque aunque a simple vista parecía tonto, era
muy listo, y además muy leído; por ello sabía que un rey
macedonio con el mismo nombre que su hijo, a la edad de este ya había
tenido - legalmente - un retoño que la historia conocería como
Alejandro el Magno. Es cierto que sospechaba que su hijo, como el rey macedonio
tenía concubinas, pero ¡Hombre! ¡Tener concubinas sin estar
casado! ¡Qué indecencia! Y además... ¡Qué pasa
con el reino!
Por si fuera poco, la idea del maldito padre macedonio de Alejandro se la machacaba
con la constancia del hilo de agua que perfora la piedra la reina que, además
de muy guapa y muy lista, como en todos los cuentos, era paisana del tal Alejandrito,
y... si mezclamos los afanes de gloria de oriente y occidente, el potingue es
explosivo.
Así pues, la reina se lo encontraba por un pasillo, - ¿qué
coño hará un rey por un pasillo?, supongo que andar o estar parado,
como todo el mundo - y le decía algo así como:
- Juanito, ¿cuándo casamos al nene?
- No le metas prisa mujer, si solo es un chaval.
- Pues el gran Filipo de Grecia se casó mucho más joven que el
nuestro, y su hijo conquistó el mundo.
- Perdona reina, pero el "gran Filipo" no era griego, era macedonio.
Como se casó joven, murió joven; no malinterpretes, quiero decir
que lo tenía todo hecho. Además, eso pasó hace más
de dos mil años, y los tiempos han cambiado. Hoy los jóvenes se
casan cuando les sale de la... Nariz.
La reina se quedaba mirando con el ceño fruncido y arrugada su chata
naricilla, más que griega pekinesa, la protuberante nariz dinástica
de su regio esposo y pensaba: ¡Tiene narices! Pero el de las narices volvía
a la carga.
- Además, no querría que se repitiera la historia, ya sabes que
aquí también tuvimos a un tal Felipe, más poderoso, si
me apuras, que tu Alejandro, pero le pasó como al Alejandro este. Sus
herederos eran tan inútiles que perdieron el imperio.
- Pues aplícate el cuento, porque tú también eres su heredero.
Y así se marchaba la reina y dejaba al pobre rey con un palmo de narices.
Otro día encontraba al rey mirando extasiado a otro antepasado suyo,
famoso por lo bien que había dejado la ciudad siglos atrás, llena
de fuentes, como ahora el de las manzanas ¡qué tío más
repelente! Por lo visto, este antepasado suyo no había conseguido borrar
del todo el acento italiano como él. Pero aparece la reina y pregunta:
- ¿Y qué hacemos con el nene pues?
- ¡Joder que susto me has dado! No me hables así que creía
que se había colado un terrorista en palacio.
- Es que me lo ha pegado Ignacio.
- ¡Que bonito! Acabamos de hacer un pareado... y el caso es que me cae
bien el yerno este. Tan recio, tan rubio, tan del norte.
- Pero ¿no habíamos dejado lo de las razas para clasificar a nuestros
perros?
- No, si estaba pensando en el nene; es como el yerno más o menos, y
quizá quiera una moza parecida a él...
- El yerno, el yerno. Como si solo tuvieras un yerno...
- Ja, ja, ja. - el rey suspira - ¡Ojalá!
Otro día, el rey miraba embelesado una colección de sellos. Se
acercó la reina; guardando silencio se aprestó a mirar los raros
ejemplares por encima del hombro de su esposo. El le señala un timbre
marrón con un acartonado retrato de perfil:
- Mira este: es un tío bisabuelo, creo. Era misionero en Malaysia. Se
lo comieron los tiburones. Da gusto ver a un familiar al que no le han cortado
la cabeza ni ha acabado en un pudridero.
- Que majo. Sobre lo del otro día... el hecho de que busque una chica
rubia y guapa no le debe condenar a quedar virgen.
- Ja, ja, ja, ja, ja, etc. etc. etc.
- Me refiero a virgen para el reinado, idiota.
- Ahora que lo dices, en eso no había caído... esta claro que
al animal le gustan las rubias altas... je, je, en eso ha salido al padre. Pero
hemos de pensar en la sucesión.
- Si, a mí me gustan morenos, enérgicos e inteligentes, pero ya
es tarde para elegir.
- Ejem... cada cual tiene sus gustos aunque no los disfrute, ¿no?
- El caso es que ese hijo tuyo va a complicar los intereses del estado, del
pueblo, de la familia. Y sobre todo, los nuestros.
La reina acerca la cara a unos pocos centímetros de los ojos del rey;
su mirada, habitualmente entre bovina y ovina, como en las fotos oficiales,
se transforma de pronto en ofidia; una mirada ante la que se espantaría
el propio Philipo II. Una mirada digna de su esposa Olimpia.
- O le buscas novia tú o se la busco yo.
- También la puede buscar él. A menos que sea marica...
- Aunque así sea, hay que asegurar el futuro de los nuestros. Que un
chollo así no se encuentra todos los días, y si no que se lo digan
a mi familia. Y si el niño es maricón lo casamos con un travelo
o con una drag queen, me da lo mismo. Que adopten un norueguito hambriento de
esos que venden por Internet.
Y el rey, que era tonto, aunque perecía muy listo y muy leído
(no, de al revés) le dijo:
- No existen norueguitos hambrientos, de hecho, los norueguitos sin padre adoptan
príncipes.
- Pues razón de más.
- ¿Y no será algo peor? ¿no será republicano? Porque
algo rojiblanco si que es.
- Pues con los gustos tan caros que tiene, que viva la república.
- Mujer, que te pueden oír.
- Mira, ¿sabes que te digo? Que o espabilas y me casas al nene o me lío
la manta a la cabeza, me voy al Caribe y se monta un escándalo que ni
en Mónaco o en las islas. Tantos años trabajando para nada...
Y se fue la reina indignada, casi diría cabreada como una mona, dejando
al rey pensativo " Mujeres, quién las entiende". Y como todos
los cuentos tienen un final feliz, en este, el príncipe acaba casándose
con la ex del príncipe noruego, después de que ambos tienen que
escapar de su país por una invasión de políticos que explican
en los medios de comunicación que el país puede ser invadido,
naturalmente, por alguien de fuera del país. Aunque a estas alturas ya
no sé si huyen del norte, del sur, si es nuestro príncipe el exiliado
o son los otros.
El caso es que fueron felices y comieron perdices. ¡Pero no a nuestra
costa!
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