| ENTRE EL LAGO Y LA MONTAÑA
Entre el lago y la montaña fluye la existencia
en nuestra tierra, descrita por Unamuno con la sencilla majestad que solo
de su genio podía nacer. Ahora ya no es tan mísera ni triste
como él la vio, aunque Sanabria sigue siendo esa catedral de piedra
y roble a la que cuando podemos nos vamos de romería, como en un
acto de Fe que no trata de mover montañas, como la Fe de los antiguos,
sino de mantener a estas en su sitio, fuera del tiempo, en perpetua espera.
Cuando el peregrino motorizado de hoy se acerca a Sanabria hay un instante
en que siente la frontera, acaso sea el clima, la luz o el color, algo
nos indica que hamos entrado en otro mundo; entonces, al mirar de frente
vemos alzarse torres rocosas tapizadas de vegetación que nos miran
con cierto orgullo mineral, como diciendo, "¿qué te
crees, bicho de ciudad?, nosotras estaremos aquí siempre".
Y llegamos hasta su eternidad fragante y nos dejamos deslizar por su particular
modo de existir, con tiempo para los amigos y para los recuerdos, para
volver a los rincones que de niños buscábamos a escondidas;
cada paso que damos nos introduce en un mundo mítico; subimos una
cuesta y al asfalto moderno se superpone como un holograma nítido
la memoria de los tiempos sin electricidad, cuando caminábamos
de noche a la luz de las velas, un poco asustados por saber que aquel
camino era feudo de brujas y de lobos. Y al rescoldo del recuerdo se avivan
cantos silenciosos al sol y a la montaña, a la lluvia, aquí
perenne, a los druídicos bosques con sus piedras coronadas de musgo
y al águila cuyo grito escuchamos en la lejanía.
Y en los días de sol bajamos a la pila bautismal del lago, nos
zambullimos en su frío cristal, espejo de soledades - de nuevo
el maestro - y nos purificamos en su bautismo pagano mezclándonos
con los turistas que nada de esto entienden, pero que algo recogen sin
saberlo.
Nadamos sobre el pueblo dormido en el fondo de las aguas, que por sus
pecados quedó sumergido en la leyenda. Nadamos sobre las piedras
mudas de otro pueblo, que por los pecados no-suyos fué arrollado
por la marea de la historia, encajonado con el barro y la broza en el
NO-DO ; nadamos y salimos del agua primero anfibios, luego reptiles y
al fin humanos en perfecta evolución que se tumba al sol como las
sábanas de nuestras abuelas.
Y un buen día nos marchamos, volvemos al otro mundo, al mundo artificial
y mutante para vivir otra vida, o para olvidar que hemos vivido. Nos marchamos
dejando desperdicios físicos y del alma, nos marchamos llevándonos
parte de nuestra tierra, que es nuestra porque está fertilizada
por nuestros huesos ancestros, allí duermen nuestros abuelos, dormiremos
nosotros y, quién sabe, también nuestros nietos ; y nosotros,
seres efímeros, nos vamos sabiendo que regresaremos, con el cuerpo
o con el espíritu, siempre ilusionados por entrar en ese especial
fluir del tiempo que, entre el lago y la montaña nos aguarda con
su verde eternidad.
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