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El cura condenado
Una vez iba un mozo camino de un pueblo que había al lado del
suyo, donde vivía una moza que solía ir a ver todas las
noches, cuando vió a una mula que andaba sola por el camino, arrastrando
los atalajes.
- ¿De quíen será esta mula que va por aquí
sola con las correas a rastras? - se preguntó el mozo- ¿Andará
el amo por ahí?
Pero al fijarse mejor en el animal, vió algo insólito: este
tenía pies de hombre, y donde pisaba quedaba una huella de fuego.
Horrorizado, vió cómo la mula se le acercó y comenzó
a hablarle.
- Escucha, mortal - dijo la mula con una entonación extraña,
levemente metálica, al tiempo que iniciaba una transformación
que le hacía semejarse a un hombre - yo fuí un sacerdote
en vida, pero me condené por mis pecados, por ello no puedo entrar
en el cielo. Pero tampoco puedo entrar en el infierno con esta ropa -
dijo señalándose los hábitos sacerdotales - tienes
que ayudarme a expiar mi culpa.
El hombre, aterrorizado, salió corriendo y ya no paró hasta
llegar al pueblo de su novia, cuando llegó ante ella le relató
casi sin aliento lo que le había sucedido, y ella le aconsejó
que fuera sin perder un instante a despertar al cura del pueblo, que tenía
fama de santo.
Así lo hizo, llamó al sacerdote, que salió refunfuñando
contra aquel que le despertaba a esas horas, y le contó lo sucedido.
El cura, despues de reflexionar un rato y rezar una oración le
dijo:
- Tienes que ayudarle a expiar su culpa, sea como sea, porque si no lo
haces ya no te dejará en paz nunca. Para ello harás lo que
te voy a decir:
Volverás al camino y dibujarás un círculo en el suelo,
después dibujarás una cruz dentro del círculo y te
pondrás sobre ella; cogerás un palo largo (de los que se
usan para llevar las vacas), y le atarás una hoz a la punta Cuando
el espíritu aparezca, comenzarás a cortarle con la hoz el
hábito. Lo más importante: empieza a quitárselo por
los piés, si empiezas por la parte de arriba, las ropas vendrán
a tí, y con ellas la condena, entonces serás tú quién
quede vagando por ese camino...
El mozo hizo lo que el cura le había explicado, pese al miedo que
sentía, que le producía espasmos y temblores cada vez que
veía agitarse la sombra de una rama o escuchaba el crujir de las
escobas resecas; dibujó la circunferencia y la cruz, se puso sobre
ella sujetando el palo al que había atado una hoz que le había
dejado su novia y esperó al fantasma.
Este apareció en forma de mula y dejando las huellas de fuego para
luego transformarse en sacerdote. Volvió a reiterar su petición
de ayuda, a la que el joven accedió de buen grado; cuando el espíritu
vió la hoz, le pidió encarecidamente que empezara por arrancarle
el bonete que llevaba puesto en la cabeza, ya que así la liberación
sería más rápida.
Mas rápida para tí, pero no para mí.
Pensó el mozo, y comenzó a rasgar los hábitos por
los pies del fantasma. Según los iba rompiendo, el cura iba quedando
enterrado de abajo arriba, mientras aullaba de deseperación, hasta
que solo quedó fuera la cabeza cubierta con el bonete. Entonces
gritó con todas sus fuerzas:
- ¡Maldito sea quien tan bién te enseñó!
El hombre, como única respuesta segó el gorro de su cabeza,
que quedó enterrada definitivamente.
Desde esa noche, el mozo no volvió a sufrir contratiempos cuando
iba a ver a su novia, aunque, siempre que pasaba por el lugar donde estaba
enterrado el cura fantasma, no podía impedir que recorriera su
espalda un escalofrío.
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