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LA CRUZ DE HIERRO
La cruz de hierro del cementerio refulgía lúgubre
bajo la luna en las partes en que el óxido se lo permitía.
Podía verla tras las rejas de la entrada entre las lápidas
avejentadas y los ángeles de mármol carcomido.
Destacaba entre los demás monumentos funerarios porque, a pesar
de ser una cruz, desprendía un aire maligno que me producía
escalofríos; quizá fueran sus brazos retorcidos, quizá
la sugestión debida a la hora y el lugar...
Deseché la idea y dejé de mirarla. Mi objetivo no era el
cementerio, sino la iglesia que se encontraba enfrente de él. Uno
de mis informantes de confianza – en mi oficio es importante tenerlos
– me había indicado que en el sótano de esa iglesia,
abandonada igual que el camposanto, había un lienzo antiguo, quizá
renacentista. Un descendimiento de valor incalculable que había
visto una vez y que no tenía noticia de que hubiera salido de aquel
sótano.
Sería pan comido. La construcción estaba apartada unos cuantos
kilómetros del lugar habitado más próximo y era muy
probable que no pasara nadie por allí durante meses, o años.
Naturalmente me había extrañado que mi confidente no hubiera
sustraído personalmente el cuadro, y que hubiera preferido repartir
conmigo un botín tan sustancioso pudiendo quedarse él de
un modo tan fácil con todo. Se excusó con alusiones a sus
creencias religiosas, aunque pude notar en él un halo de temor
supersticioso; pese a esto no rechazaba llevarse su parte.
Penetré en la iglesia, envuelta en una penumbra rota en algunas
partes por la luz de la luna que se introducía por las vidrieras
rotas y que parecía retorcerse en torno a las columnas de piedra
tosca que sustentaba el edificio. Apenas quedaban algunos objetos desperdigados
por el polvo del suelo, y ninguno de valor. Solo se veían los restos
podridos de los bancos y un simulacro de altar de piedra que había
perdido una de las bases que le sustentaban. Aproveché un rayo
de luna que se colaba por el rosetón sin cristales para orientarme
hacia una capilla lateral que me habían indicado, ya huérfana
de santos, hasta encontrar una puerta apartada discretamente junto a lo
que debió ser un retablo. No fue fácil abrirla, sus goznes
de hierro corroído se resistían a abandonar su estado actual,
después de forcejear un rato con ella, con un último empujón
tuve una abertura suficiente para poder colarme. Fui recibido por el aliento
de humedad y abandono que venía de la cripta.
Dejé que se renovara el aire del interior por precaución
antes de sumergirme en la oscuridad solo acompañado por la luz
de mi linterna, no me gustaba la idea de quedarme allí para siempre
por haber inhalado gases tóxicos producto del largo encierro, después
comencé a bajarlos escalones de piedra con cuidado, ya que un limo
compuesto de polvo y humedad se había depositado en ellos, haciéndolos
muy resbaladizos. Solo ponía el pie donde la luz de mi linterna
me daba garantías; poco a poco pude alcanzar la cripta, de altura
escasa, tanto que tenía que caminar encorvado, el haz de mi linterna
exploró las paredes y el suelo de mampostería, que se me
antojaron mucho mas antiguas que el edificio superior, sin encontrar nada
interesante, solo algún cristo o santo roto y enfermo de carcoma,
inservible ya. Pero un poco más adelante encontré lo que
buscaba: Un cuadro se encontraba en el suelo, apoyado en la pared, con
el marco casi deshecho pero con el lienzo sorprendentemente bien conservado,
que representaba un Cristo inerte sobre el regazo de María, recién
descendido de la cruz, de la que colgaba un velo blanco. Aunque bastante
sucia, la pintura parecía estar en buen estado. Sin más
dilación desprendí el lienzo de lo que quedaba del marco
y lo empecé a enrollar con cuidado para introducirlo en un tubo
que había traído a propósito; estaba enrollando la
pintura cuando creí ver que el Cristo había abandonado su
postura hierática y había girado los ojos, que antes los
tenía casi en blanco, y me estaba mirando fijamente. Di un respingo
y solté el cuadro que cayó al suelo con un eco sordo, traté
de tranquilizarme y volví a cogerlo; lo observé de nuevo
y reí aliviado, qué tonto había sido: la imagen seguía
tan muerta como cuando la pintaron y de momento no tenía aspecto
de poder resucitar. Terminé de guardarla, volví sobre mis
pasos y comencé a subir la escalera mientras calculaba los beneficios
que iba a obtener por la venta; si conseguía colocar bien la pintura,
cosa que no sería difícil, sin duda podría retirarme,
al menos por una larga temporada.
Llegué hasta la puerta para descubrir que estaba cerrada; tardé
unos segundos en reaccionar, ya que estaba perplejo: me había costado
un esfuerzo tremendo abrirla y ella ¿sola? se había cerrado...
necesariamente se había cerrado sola, ya que me constaba que no
había nadie en kilómetros a la redonda, quizá una
ráfaga de aire, más bien un huracán... pero no debía
perder la calma... barrí la puerta con el haz de la linterna en
busca de un tirador, pero la puerta era completamente lisa de este lado.
Otro contratiempo añadido, pero yo era hombre de recursos y no
me iba a dejar vencer por el desaliento, de otras peores había
salido; lo primero era comprobar si se podía abrir en sentido contrario,
es decir, hacia fuera. Ya me había encontrado en alguna ocasión
con puertas así y no recordaba haber visto al entrar ningún
tope que lo impidiera. La empujé con el hombro para probar, pero
oponía resistencia, así que empujé más fuerte;
la maldita puerta no cedía, además, al estar sobre una escalera
no podía coger carrerilla, aún así tomé impulso
como pude y me lancé contra ella. Lo único que conseguí
fue resbalar en el légamo del suelo y caer escaleras abajo, estuve
a punto de romperme un brazo y de perder la linterna, por suerte no llegó
a apagarse; pero peor que el dolor del brazo era el nudo que tenía
en el estómago, que cada vez era más grande, el que tenía
en la garganta no le iba a la zaga. Estaba desfalleciendo y me senté
en un peldaño para recuperar el aliento mientras buscaba una alternativa
para el caso de que no pudiera abrir. Subí y lo intenté
de nuevo, pero la hoja parecía estar soldada al marco. No quería
caer en la desesperación, así que volví a la cripta
, la exploraría en busca de un pasaje secreto que pudiera conducirme
al exterior. Por muy absurda que me pareciera la idea en aquella situación,
no era algo imposible, este tipo de pasadizos suelen existir en los edificios
medievales; de todas formas tenía que intentarlo, la alternativa
era...
Comencé a tantear las paredes del sótano buscando un hueco,
un resorte o algo parecido, una palanca o yo qué sé; no
estaba teniendo demasiado éxito y estaba a punto de darme por vencido,
cuando una ráfaga de aire frío me alcanzó de cintura
para abajo. El corazón se me esponjó de alegría al
comprobarlo, ya que no podía tener más suerte: allí
mismo encontré una pequeña abertura que no había
observado antes, ocupado como estaba en llevarme el cuadro y que sin duda
conducía directamente al exterior, el aire helado que salía
por ella así lo atestiguaba.
Me lancé a través de ella atravesando la pared como un espectro
y aparecí al otro lado en un pasillo estrecho, tanto que los sillares
de las paredes casi me tocaban los hombros, pero por lo menos podía
caminar erguido. Avancé por el corredor durante un tiempo interminable,
notando el aire cada vez con más intensidad; tras un recodo el
pasillo se izo más ancho, pero mi linterna alumbró un espectáculo
que me erizó el vello: me encontraba ahora en un osario, estaba
rodeado de los huesos de los antiguos habitantes de la zona, que flanqueaban
mi camino como una guardia macabra. Seguí caminando, ligeramente
ladeado para evitar el contacto repugnante con los huesos y calaveras
que atestaban los nichos de las paredes hasta que por fin gané
unos escalones que me llevaron a un espacio abierto, o por lo menos más
amplio y donde se respiraba aire mucho más puro que el de la cripta
que acababa de abandonar. Me invadió una ola de esperanza que pronto
se desvaneció: estaba en un mausoleo circular, había una
serie de féretros en el suelo y en nichos amén de algunos
esqueletos sin caja que sujetaban entre los huesos de las manos diversos
objetos: uno sostenía un cáliz que parecía de oro;
otro un crucifijo, también valioso; y así dos o tres cadáveres
más. La visión de las piezas me llenó de satisfacción,
ya que había visto ya la luna un poco más adelante; ya había
encontrado la salida, y además estos nuevos tesoros se unirían
a mi ya sustancioso botín. No perdí el tiempo y me dirigí
a la salida; antes de nada quería respirar a pleno pulmón
el aire de fuera; luego volvería a por el resto del tesoro. Cuando
llegué a la salida el corazón me golpeó violentamente
contra el pecho y las rodillas se me doblaron: me tuve que apoyar para
no caerme en la puerta de hierro que me cerraba el paso y a través
de cuyas rejas entraba el aire frío que me había dado esperanzas.
Tras algunos esfuerzos pude comprobar que la puerta estaba herméticamente
cerrada y que no podría abrirla nunca. De pronto ví el cementerio
y comprendí la burla. Me senté en el suelo aferrando con
desesperación el tubo que portaba el lienzo, mientras contemplaba
la cruz de hierro del cementerio, que brillaba maligna bajo la luna, a
través de las rejas de la cripta.
Paco Espada
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