| La bota de vino
Una vez una vieja fue a confesarse, y como le gustaba mucho el morapio
se escondió debajo del mantón una bota de vino que llevaba.
La mujer se arrodilló junto al confesionario y después del
Ave María Purísima, el señor cura le preguntó
si venia arrepentida de sus pecados y devota.
La mujer al oír que el cura decía devota le preguntó:
- ¿Véseme, señor cura,?, ¿Véseme?
- ¡Ande usted al cuerno, señora! - contestó el cura
- ¡Que yo a usted no la beso!
El origen de la maldad de las mujeres.
Iban una vez Jesucristo y San Pedro por el monte y al volver un recodo
encontraron un riachuelo, y cerca escucharon un gran griterío cuando
llegaron a la fuente de tantas voces se encontraron a un grupo de mujeres
que habían ido a lavar al río y que discutían toas
contra todas sin que hubiera forma de poner paz entre ellas.
- Anda, Pedro - dijo Jesús - vete hasta allí y averigua
por qué pelean esas mujeres y mira a ver si puedes poner orden.
San Pedro, que era muy bruto fue hasta donde las mujeres estaban, y sin
pararse a escuchar sacó la espada y les cortó la cabeza
a todas. Cuando volvió le preguntó Jesucristo:
- Pero, ¿qué les has hecho para que se callaran todas tan
de repente?
- Pues, nada - contestó Pedro - que les he cortado la cabeza...
- ¡Pero que animal eres! - dijo Jesús - anda y vete a ponerles
las cabezas como estaban.
San Pedro fue a cumplir la orden de su Maestro, pero estaba tan enfadado
por la reprimenda que había recibido que se limitó a coger
las cabezas y a tirarlas a los cuerpos y la que tocaba, tocaba. Pero entre
las mujeres también estaba el demonio transformado en mujer, y
por esa presencia las mujeres discutían desatinadamente antes;
Pedro, sin advertirlo arrojó la cabeza del diablo al cuerpo de
una mujer, y la cabeza de esta al cuerpo del diablo, y así volvieron
todas a la vida.
Por eso, desde entonces las mujeres son tan malas como el demonio, y el
demonio tan malo como las mujeres.
El hombre y las berzas
Érase una vez un hombre que tenía una cortina (Una huerta)
junto a la casa, y en ella tenía plantadas berzas que ya estaban
bien desarrolladas. El hombre tenía un padre ya muy mayor, y el
viejo estaba asomado a una ventana que daba al berzal, se cayó
de la ventana con un estrépito tremendo.
Cuando el hijo llegó y vio a su padre ya difunto sobre un montón
de berzas aplastadas, empezó a dar grandes voces. Un vecino que
pasaba, al ver lo ocurrido acudió a consolarle, entonces el hombre
le dijo:
- Lo que siento no es lo de mi padre, que ya estaba viejo, sino las berzas
que ha arruinado.
El cura y los tres gallos
Había una vez un párroco que tenía tres gallos
en su corral. Una mañana el primer gallo cantó de una manera
muy rara. El cura extrañado trataba de identificar lo que cantaba,
hasta que cayó en la cuenta; el gallo decía al cantar:
- ¡El cura duerme con la criada!, ¡El cura duerme con la criada!
Al oír esto, el cura montó en cólera y le retorció
el pescuezo al pobre gallo.
Otro día cantó uno de los dos gallos que quedaban también
de manera peculiar. El párroco aguzó el oído para
tratar de entender el canto, hasta que escuchó:
- ¡A mi hermano lo mataron por decir la verdad! ¡A mi hermano
lo mataron por decir la verdad!
Cuando lo oyó el cura volvió a enfurecerse y también
a este le retorció el pescuezo. Al día siguiente, el gallo
que quedaba comenzó a cantar como los otros. El cura se puso a
escucharle; al cabo de un rato, llegó a entender lo siguiente:
- ¡El que en este mundo quiera quedar, tiene que ver, oír
y callar!
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