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Cena de Navidad
Una cena magnífica, y yo como centro de la reunión dominaba
la sala de abajo a arriba hasta que nos sentamos a la mesa.
Desde el accidente ya no es el mismo.
Hacía tiempo que sabía leer las mentes; aunque en mi caso
no era una tarea difícil, me bastaba con sus miradas, y en ellas
siempre la misma frase.
Si rectificamos el punto de vista, eran los demás quienes habían
cambiado; a mí ya ni me preocupaba la situación.
Feliz Nochebuena. El cordero en el centro de la mesa, llenando la estancia
con su aroma, ese aroma. Toda mi familia reunida, Hacía mucho tiempo
que no tenía esa imagen tan agradable ante mis ojos. Hasta mi tía
Petronila, que siempre estaba a punto de morirse, se encontraba allí,
dispuesta a acabar ella sola con el cordero lechal sin ninguna piedad,
al tiempo que presumía de sus achaques con voz de urraca beata.
- Hijos míos; no sabéis la suerte que tenéis por
estar sanos - decía esto la buena mujer con el orgullo de quien
ha desenterrado una cita de Sócrates, hasta que parecía
darse cuenta de que algo andaba mal, y entonces me lanzaba una mirada
nerviosa por el rabillo del ojo.
Yo miraba a unos y a otros sin acabar de creerlo, sabía que casi
todos se odiaban entre sí. El cordero olía a gloria, pero...
Lo sorprendente era que se hubieran acordado de mí, nunca me invitaban
a estas fiestas y yo se lo agradecía, tampoco ellos eran santos
de mi devoción. No podía olvidar que tras la muerte de mis
padres habían intentado sacar tajada de la herencia de cualquier
manera, muy mala manera, aunque el tiro les salió por la culata:
no sabían que aunque me faltaba un año para la mayoría
de edad, mi padre había firmado un documento ante notario que me
habilitaba como mayor de edad y me otorgaba poder de firma. Ese año
que me faltaba transcurrió entre tribunales y apelaciones, de modo
que no pudieron hacer nada y después de haberme tratado a cara
de perro ahora se deshacían en atenciones. Quizá mi conducta
también tuviera algo que ver. Desde el accidente estaba apagado,
era lógico, desde mi silla de ruedas el mundo, la gente, las cosas
eran ahora mucho más grandes que yo; me había apocado y
solo me sentía en igualdad cuando los demás estaban sentados,
como ahora. Aunque más que mi conducta, ahora que lo pienso, tal
vez fuera la forma en que me veían los demás: así
como para mí las cosas se habían agrandado, para ellos yo
había encogido, ahora era un ser pequeño, inofensivo, de
salud quebradiza, que quizá durara poco.
El cordero del sacrificio...
De pronto entro mi tía salomé en el comedor con paso triunfal,
llevaba una bandeja tapada que dejó en el centro de la mesa.
- Esto no se me había olvidado; para ti Jonás, que sé
que siempre te gustó...
Qué detalle. Aunque ahora no recordaba qué era aquello que
me gustaba tanto. Tía Salomé destapó la bandeja y
pude verlo: la cabeza del cordero asada en su punto. Seguía sin
recordar que me hubiera gustado nunca ese plato, la vista se me nubló,
porque veía la cabeza y veía más cosas. El camión
viniendo de frente, yo dando un volantazo al tiempo que Nuria gritaba,
mis piernas atrapadas entre los hierros, y la mirada de Nuria fija en
mí, desde su cabeza separada del cuerpo en una pirueta extraña,
una mirada de la que no podía escapar porque tenía las piernas
atrapadas, porque a pesar del tiempo transcurrido desde el accidente seguía
sin poder moverme, sin poder huir de su mirada...
- ¿Qué broma es esta? -grité, al tiempo que salía
del comedor a toda la velocidad que daban las ruedas.
Pero yo sabía bien que clase de broma era. Una broma para volverme
loco del todo, para provocarme un infarto, para mandarme al carajo...
estos todavía andaban detrás de la herencia. Recorrí
pasillos en penumbra, no sé si por falta de luz o por mi vista
nublada, seguí por laberintos interiores llenos de miradas muertas
que me llevaban a mi objetivo: las armas de caza de mi tío Luis.
Elegí una repetidora que cargué y comprobé con cuidado.
Ahora , ya sereno, volví al comedor, quería ver sus miradas
asustadas, ver como el miedo sustituía a la burla en ellas.
Y entré en el comedor, por primera vez desde hacía mucho
tiempo, con una sensación de triunfo, de libertad...
El resto de esta historia la podéis leer en los periódicos.
Paco Espada.
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