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Un día de caza
A Tomás le gustaba el campo; le gustaba caminar desde el amanecer
por trochas y por veredas, subir laderas empinadas, cruzar arroyos con
paso sigiloso y decidido, camuflarse en el claroscuro que le brindaba
el juego de luz al franquear el sol las ramas de los árboles. En
medio de la naturaleza se sabía señor de todas las cosas.
Lástima que sólo pudiera ir al campo los fines de semana.
Durante el resto de los días iba a trabajar a la oficina, lugar
que no era precisamente su hábitat natural. Entre ordenadores se
encontraba algo incómodo, también hasta cierto punto artificial,
como los cacharros que le rodeaban. Aunque estos también le proporcionaban
alguna satisfacción: Internet, por ejemplo. La red le ofrecía
abundante información sobre su actividad preferida: la caza. Dentro
de Internet podía encontrar los precios de las monterías,
qué cotos estaban abiertos durante cada época del año,
o sobre qué especies estaba en ese momento la veda levantada.
La caza era su gran pasión. Acechar a la pieza, perseguir su rastro,
disparar... En ocasiones, el animal sólo se encontraba herido y
aún le quedaban fuerzas para correr; entonces Tomás iniciaba
una persecución que excitaba hasta sus últimas terminaciones
nerviosas. Perseguía a su presa a través de los matorrales
más intrincados, entrando en la cerrada espesura del bosque, saltando
las piedras que se le oponían, violentando el tejido vegetal que
trataba de cerrarle el paso. Seguía las huellas, la sangre, casi
oliéndola, sintiéndose tan animal como su adversario. Al
final la victoria; el venado o el verraco a sus pies, jadeando, trémulo
y poderoso.
A veces mostraba a sus compañeros de la oficina fotografías
en las que posaba orgulloso junto al trofeo recién cobrado. Siempre
aparecía alguno que le aguaba la fiesta, alguienque estaba en contra
de la caza, que le manifestaba que esa actividad era una salvajada y que
los que la practicaban eran, por extensión, unos salvajes. Tomás
había discutido en ocasiones con más de uno por culpa de
la caza; también había tenido broncas a causa de otras aficiones,
el fútbol o los toros; pasiones menores en comparación con
la cinegética, pero pasiones al fin y al cabo, y Tomás nunca
había sabido ni controlar ni medir los sentimientos.
Siempre había acabado estos lances teniendo que pedir perdón,
ya que llegaba a ponerse bastante violento. Decía, a modo de disculpa
que no era otra cosa que la verdad, que cuando le pinchaban demasiado
perdía la noción de las cosas, que lo veía "todo
rojo". Algunas veces había llegado a las manos por asuntos
de este tipo, aunque, por suerte siempre se hallaba presente alguien que
conseguía sujetarle.
Aquel sábado, mientras caminaba con otros tres cazadores por el
monte, pensaba en la bronca que había tenido con su mujer la tarde
anterior. Ella, después de tres años de casados, aún
no comprendía que pudiera dejarla sola todo el fin de semana para
irse a cazar. El día despertaba radiante, un maravilloso amanecer
asomaba sobre las montañas con su manto violeta mientras el sol
despuntaba en la lejanía. Ni una nube en el cielo, sin embargo,
el humor de Tomas era muy sombrío. Su mujer le había advertido
en medio del acaloramiento que si se marchaba a cazar se atuviese a las
consecuencias.
Había comentado el incidente con sus compañeros de montería;
estos al principio habían tratado de restar importancia al incidente,
pero le habían restado tanta que acabaron tomándole el pelo
a Tomás, las bromas eran cada vez de peor gusto; incluso uno de
ellos se había permitido advertirle a Tomas, en un tono bastante
grosero, que si él no cuidaba de su mujer ya se encargaría
otro de hacerlo, ofreciéndose incluso voluntario, provocando las
carcajadas de los demás. Esta vez, Tomás ni replicó;
no estaba de humor para hacerlo sin que acabasen muy mal.
Una vez llegados al lugar elegido, por ser zona de paso de jabalíes,
se colocaron en sus puestos de acecho, a una distancia prudencial unos
de otros. Tomás se encontraba en el extremo oriental; pensaba en
su mujer, en qué clase de consecuencias tendría el hecho
de haberla dejado sola para irse de caza, quizá ninguna, o quizá...
Mientras esperaba al verraco pensaba en las palabras del otro cazador:
"otro se ocupará de ella", le daba vueltas a la conversación
anterior, cada vez más vueltas; los otros se habían reído,
se habían reído de él; parecían saber algo,
sabían algo...
Comenzó a verlo "todo rojo".
La caza comenzó; sonó el primer disparo, luego sonó
el segundo, después un tercero.
Tomás no sabía cuanto tiempo había pasado; miró
su escopeta todavía humeante y luego volvió la vista al
cadáver envuelto en un manto de sangre. Deshizo el camino andado
hasta encontrar el segundo despojo, hasta llegar al tercero. No sabía
exactamente cómo había ocurrido, pero podía intuirlo.
Se puso a recoger sus pertrechos, guardándolos metódicamente.
Había decidido volver a casa para hablar con su mujer. Resolvería
el problema de una vez por todas y pondría las cosas en su sitio.
Si estaba seguro de algo, era de que esta vez no iba a pedir perdón.
Paco Espada
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