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Mi pobre cabeza
Soy muy despistado, es cierto. "Un día
vas a olvidar la cabeza" suelen decirme. Y no tendría nada
de extraño; si acabo de salir de cualquier lugar, invariablemente
tengo que volver porque me he dejado algo: el encendedor, las llaves,
el tabaco, o los calcetines (en serio, me ha ocurrido). A veces voy a
saludar a algún conocido, alargo la mano, digo: hola... y su nombre
se acaba de borrar de mi memoria. Estas situaciones son para mi bastante
embarazosas y las tengo que resolver con buenas dosis de ingenio.
Al final he decidido hacerme tratar por un especialista en problemas de
amnesia, quizás él pueda hacer algo con mi extraña
cabeza que, por ejemplo, olvida el nombre de mi mejor amigo y acto seguido
recuerda los nombres de todos los reyes de Navarra, de carrerilla y por
su nombre, aunque no recuerde cuando ni donde los he leído.
Tal vez a vosotros os parezca una tontería. A cualquiera se le
puede olvidar algo, aunque sean unos calcetines. Pero lo que realmente
motivó mi preocupación hasta el punto de seguir un tratamiento
psiquiátrico sucedió cierta mañana en la que, como
todos los días hice de tripas corazón y me levanté
para ir a trabajar. Salí de casa medio dormido, como todos los
días a esas horas y me encaminé al metro. Subí al
vagón casi por instinto, casi por instinto me senté, me
adormecí enseguida. Una sacudida me hizo comprender que había
llegado a mi estación; baje del convoy y salí a la calle,
tomando la dirección que conduce a mi trabajo.
Noté que una penumbra asaz extraña envolvía mi alrededor,
pero no me alarmé; conocía el camino de memoria pese a ser
tan despistado y no era fácil que me diera un trompazo aunque no
viera nada. Continué inmerso en mis cavilaciones, referentes a
ciertas relaciones entre la política internacional y el pensamiento
de Hegel, cuando de pronto me sorprendió el silencio que había
a mi alrededor: No había ruido de coches ni se oían las
voces de los niños que a esas horas se dirigen al colegio.
Llegué al edificio donde trabajo, monté en el ascensor y,
cuando adelanté el dedo para pulsar el botón de la planta
donde se encuentra mi oficina me di cuenta de que no veía nada.
Abrí los ojos sobresaltado: Me encontraba en mi cama, en mi habitación.
Miré al techo y después al despertador ¡Las nueve
menos cuarto! Me había quedado dormido después de encender
la luz, ahora me tocaría correr como otras veces... un momento,
algo no tenia suficiente coherencia en esta situación... estaba
sintiendo cómo estaba saliendo en ese momento del ascensor y caminaba
por el pasillo de la empresa en la que trabajaba; ahora oprimía
mi mano el pomo de la puerta de mi despacho... y sin embargo permanecía
en mi habitación sin decidirme a levantarme. Fue en ese momento
cuando me quedé pálido si esto era posible.
No era mi falta de resolución lo que me mantenía pegado
a la cama, simplemente mi cuerpo no se encontraba en la alcoba, lo pude
comprobar bajando los ojos: mi cabeza descansaba en la almohada, pero
no había nada más. Mi cuerpo se había ido a trabajar
como todos los días, era su costumbre asumida; pero yo me había
quedado dormido. Por fin había ocurrido aquello que tantas veces
me habían vaticinado: me había dejado la cabeza. ¡Menos
mal que me la dejé en casa!
PacoEspada
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