| David Bowie, Polvo de estrella
Como polvo de estrella caí sobre una
generación de jóvenes peludos e irredentos. Sobre ellos
ejercí mi reinado, con mi corte de arañas de Marte que me
devoraban en público sacrificio; ante los alucinados, los adormilados
ojos de mis greñudos ofrecía mi carne y mi genio mientras
mi sangre heroica me arrastraba muy lejos de ellos y de mí, hacia
las aterradoras profundidades del espacio sin vida. Allí estaba
yo, polvo de estrella, moviéndome arriba y abajo, saltando, gritando,
cayendo y volviendo a levantarme. A veces me levantaban.
La música flotaba en torno a mí, me acariciaba, me sumía
en mares de luz caótica y perversa, y como ángel caótico
y perverso agitaba mi cabellera roja en un torbellino de sinfonías
de las esferas que no sabía si venía hacia mí o surgía
del fondo de mi inconsciencia. Lady Polvo de Estrella cantaba su canción
de oscuridad y desgracia mientras los jóvenes en blue jeans saltaban
enloquecidos frente a ella, frente a mí porque también era
yo.
Yo también era joven y cometía errores, pero los fallos
de los genios, por extrañas alquimias del cosmos, del ser y el
devenir, se trasmutan en proezas que trascienden los aciertos de las personas
normales. Mis fracasos fueron nuevas caídas de Roma, grandiosas
en su miseria. Me encontraban tirado en las calles y me recogían
roto y desahuciado para alzarme por encima de las montañas, auque
solo fuera para demostrar que podemos ser héroes, un día
nada más.
Aparecía y desaparecía, un día era astronauta perdido
en una odisea espacial, otro día era sepulturero que arrojaba cenizas
a las cenizas y acusaba a aquel astronauta de ser un yonki. A los jóvenes
peludos se les empezaba a caer el pelo, algunos morían, otros desaparecían
simplemente, pero todos estaban siempre, añadiéndose nuevas
generaciones al extraño culto mientras seguía sonando la
armonía de las esferas. Y yo continuaba tras la estela de los años,
de los nuevos mundos de ideas y modas que me permitían sobrevivir
en la tierra de los hombres mortales, yo, vampiro, camaleón, perro
alado de Babilonia que les había enseñado a moverse en la
extraña danza de los astros.
Hoy, tengo ya cincuenta y tantos años, ¡tantos años!
y poseo la llave del espíritu, pues para robarla bajé a
los infiernos. Todavía hay quienes no me han olvidado, de hecho
ahora va a sonar una canción mía en la radio. ¡Silencio!
Habla el locutor:
- Ahora, para todos vosotros suena en la noche el rey del glam, la gran
estrella de los setenta: David bowie.
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