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ANIMALIA
Romualdo volvía de las
vacaciones como adormecido. Las tres semanas que había pasado en
un pueblecito al sur de Francia con unos familiares le habían sentado
como el mejor sedante.
Bueno, quizá al principio fue algo más parecido a un laxante,
parece ser que el problema se debio al agua, que estuvo unos días
contaminada, pero después todo fue sobre ruedas.
El vuelo de regreso estaba siendo tranquilo, incluso agradable; sentada
junto a él iba una chica preciosa, de su edad más o menos,
que se había presentado como Monique e iba a Madrid con el objetivo
de conocer España.
Romualdo se quedó un poco extrañado, sobre todo cuando la
chica le dijo que pensaba ver la Alhambra, la Giralda, el Acueducto...
y todo eso en Madrid. Romualdo guardó silencio respecto a la opinión
que acababa de formarse sobre la chica; los ojos verdes rasgados y la
cabellera negra de esta antes merecían un silencio piadoso que
una opinión impertinente sobre sus dotes intelectuales.
Por de pronto, él ya se había ofrecido a enseñarle
cuanto monumento quisiera ver en la capital ¡coño, como si
quería ver la Torre Eiffel y el Coliseo!
De todas formas, recordó Romualdo, para brutos los paisanos del
pueblo donde había pasado las vacaciones. El día de la fiesta
mayor querían hacer un encierro con novillos -en el sur de Francia
gustan mucho los toros-, pero el ayuntamiento, presionado por los del
Partido Verde había prohibido mediante un bando que se utilizara
ganado bobino en ningún tipo de espectáculo público.
Los del pueblo, ni cortos ni perezosos organizaron el encierro de todas
formas, pero en lugar de toros utilizaron cuatro avestruces de la granja
del tío Antoine, porque según declararon después
los organizadores del encierro, el uso de estos animales no contravenía
las órdenes municipales, ya que estos animales no eran ganado bobino.
El encierro fue accidentado y los avestruces resultaron más peligrosos
que los novillos. De hecho hubo que atender a más de treinta mozos
heridos por picotazos y patadas de los animales.
Monique le estaba contando que su padre era científico y que estaba
estudiando con monos algo así como un fármaco contra la
vagancia humana; Romualdo asentía con un poco de envidia. Quién
pudiera presumir de un padre científico, o explorador o algo así!
El suyo en cambio sólo era un madero, ni siquiera un Geo ó
un Tedax, un simple policía de patrulla que atrapa a carteristas
ó camellos con cien gramos de costo encima. Monique estaba tan
orgullosa de su padre que llevaba hasta una foto suya en la cartera.
- Este es mi papá ¿A
que es guapo?
Pues tampoco era para tanto Un
tío de mediana edad con barba y un lamparón en la chaqueta.
Un poco pija la niña, pensó Romualdo, aunque si conseguía
que le dejara enseñarle Madrid no importaba que fuese pija, tonta
ó que tuviera un padre asesino de monos. A los diecinueve años
hay prioridades. Le sacó de sus pensamientos un grito que venía
de la parte trasera del avión, giró la cabeza hacia atrás,
hacia abajo y hacia el frente en una fracción de segundo, con tiempo
escaso para enfocar la vista sobre un bulto negro del tamaño aproximado
de una caja de zapatos que se desplazaba casi a la velocidad de la luz
para desaparecer en la cabina de los pilotos, cuya puerta estaba solo
entrecerrada.
No es que el amigo Romualdo viajara en primera, se trataba de un vuelo
barato de esos en los que no dan ni cacahuetes rancios, por eso estaba
en primera línea de combate. Tan cerca como para oir un dentro
de la cabina que superaba las exclamaciones de los pasajeros... ¡Que
ha sido! ¡Dios, que nos matan! ¡Era el Demonio! ¡Señora,
que era muy pequeño para ser un terrorista!
Esto último lo decía un fumeta con rastas que se había
pasado medio vuelo cantando en susurros, unas veces el himno del Atlético
de Madrid y otras el del Barça.
Una azafata entró en tromba y se dio un trompazo con la puerta
de la cabina, que seguía entreabierta.
A los gritos de los pilotos se unieron los de la mujer, hasta que, un
minuto después volvió a aparecer con la cara ensangrentada
y un chichón enorme en la frente.
- ¡Un médico! – gritó un pasajero con aspecto
de ejecutivo aunque, pensó Romualdo al observar con más
detenimiento y ver que no podría tener más edad que él,
no podría ser más que un becario con suerte ó enchufe
- ¡Esta mujer esta heridaaaaaaaa...!
El avión había girado a babor de un modo tan brusco que
se había llevado al héroe y a su frase heroica al carajo.
Monique se abrazó con fuerza a Romualdo que, al el contacto de
la joven con su cuerpo dio gracias a un Dios que nunca le había
parecido demasiado convincente por dos cosas: Por no consumir los alimentos
ricos en fibras de los que se atiborraban sus progenitores y por llevar
unos vaqueros tan apretados que no permitían traslucir ninguna
emoción.
La azafata se levantó y dando traspiés se dirigió
hacia la cola del aparato sin que nadie se molestara en ayudarla; todos
los pasajeros consideraban que era una profesional y ellos ya tenían
bastante con mantenerse sujetos en sus asientos entre los vaivenes del
aparato.
-Vamos a morir– Dijo de pronto Monique; sus ojos brillaban como
una aurora boreal, sobre todo sus iris, ó así se imaginaba
Romualdo que debían de ser estos fenómenos – me alegro
de haberte conocido.
-¡Me cago en mi puta vida! – Esto sólo lo pensó
el muchacho mientras acariciaba el cabello de la virginal belleza que
se apretaba junto a su cuerpo- Con lo bien que la tenia que chu…
-. Atención, señores – interrumpió el hilo
de sus pensamiento la voz del piloto – por motivos de seguridad
¡Hijo pu....! Perdón, por motivos de seguridad nos vemos
obligados a realizar un aterrizaje forzoso. Abróchense los cinturones...
Monique se abrazaba cada vez más, pero, tal vez fuera la trascendencia
del momento, tal vez la ternura que sentía ante un ser indefenso
– como él -, la hinchazón dejó paso a un atisbo
de pensamiento; el ser negro que había visto pasar hacia la cabina
de los pilotos le hizo hablar:
- Oye, Monique, si sobrevivimos podríamos salir, no sé,
si te apetece...
Todo esto se lo debió de contar muy despacio, susurrando en su
oído, porque cuando se quiso dar cuenta estaba en tierra, con Monique
todavía abrazada a él, pero con una expresión en
los ojos muy distinta a cuando se había presentado.
Besó en los labios a Romualdo, que no entendía nada, sólo
le había dicho adiós a su manera, aunque no sabía
qué cojones le había contado.
El capitán salió de la cabina maldiciendo en seis o siete
lenguas mientras se limpiaba la sangre de la cara y de los brazos; su
ayudante de vuelo, en idénticas condiciones levantaba en vilo a
un gato negro, que bufaba como endemoniado, sujetándolo por el
cogote.
- ¡Quiero que se identifique
al dueño de este animal!- gritaba el comandante- y se le detenga.
La policía interrogaba fuera ya del avión a los pasajeros
mientras el comandante seguía despotricando.
- Hay que sacrificarlo! - gritaba
– es un peligro para la seguridad.
- Pero capitán, sólo es un gato.....
- ¡No me refiero al gato! ¡Al dueño, cojones, Al dueño!.
Romualdo y Monique, ajenos al
jaleo que se había formado en torno al avión, se marcharon
juntos a la terminal de pasajeros, sentían que de alguna manera
una vida nueva se presentaba ante ellos, algo parecido a la felicidad
llenaba sus corazones o sus mentes o lo que fuera.
- ¿Sabes? – dijo Romualdo – A pesar de todo estas son
las mejores vacaciones que he pasado.
- Pues yo creo que estas van a ser las mejores vacaciones que voy a pasar
– contestó ella- si comienzan de esta manera...
Paco Espada.
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