| Te recuerdo, Amanda...
Te recuerdo, Amanda,
las calles mojadas...
(Victor Jara)
Para ti, mujer maravillosa
y terrible,
que me estás volviendo loco.
Te recuerdo, Amanda, perdida entre tantas noches
sin luna, ¿Recuerdas Amanda, cuando la luna bajaba a beber de nuestras
manos en el aljibe del viejo José? Tú le dabas de beber
en tu palma y yo te miraba reverente mientras me explicabas que a la luna
hay que darle de beber despacio, porque no es como las cabras, que suben
a una piedra y luego bajan; la Luna se puede ir para siempre, y entonces
ya no la veríamos más en el cielo.
Te recuerdo Amanda, como decía la canción de Víctor
Jara, tan silenciosa, de vuelta a la fábrica, aunque tú
nunca has estado en una fábrica, te has mantenido tan silenciosa
como has podido, en el útero de la "Madre Patria".
Yo bien, desde aquí, en el exilio; exiliado de tí, con ganas
de volver; quizá algún día recordaré las lunas
sin dormir que he pasado lejos; no todas, porque aquí siempre está
nublado, aquí es un poco más noche, Amanda, sin ti. Al sol
le cuesta salir; me grita: ¡No te levantes! Y yo dócil me
quedo en la cama, no por galundez, pues tu recuerdo me aplasta contra
una cama vacía que a fuerza de ser hollada por mi cuerpo, que un
dia fue tuyo, la hace más cercana a ti. Y aquí me quedo
todo el dia, recordando, Amanda, cómo mirabas el fondo del aljibe,
tu cabello cayendo suave sobre la luna, que te miraba codiciosa desde
el agua, porque tus ojos tan negros eran los ojos lunares que te observaban
desde el abismo de plata bordada de oscuridad, entonces olvidabas mi presencia
y canturreabas en una lengua desconocida, la lengua de las hadas, la lengua
del viento entre las hojas, la lengua de las estrellas que un día
se apagaron y que ahora me acercan su luz, como tu recuerdo viene a mi
cabeza aunque tú un día te marcharas.
Te recuerdo Amanda, ¿Te acuerdas de mí? de aquel loco rapado
en los manicomios de este mundo que babeaba cheposo y achacoso renqueando
una pierna tras de tí mientras tu huías y gritabas riendo
deja, suelta mono sucio, amor mío aquí mismo, no importa
que nos vean, y yo me transformaba por tu presencia en un sátiro
que rebosaba felicidad, y tu piel tenue, translúcida se hacía
abismo de carne, hasta que la madrugada sin estrellas nos besaba con el
hielo de sus labios y el suelo nos desalojaba con su frío, porque
como buen casero daba a las flores prioridad -inquilinos más fiables-
y caminábamos ateridos, abrazados para transmitirnos calor mediante
el trasvase de la energía producto del proceso mecánico
de nuestros temblores.
Pero el frío no escarchaba nuestras lenguas y hablábamos,
y hablábamos de que tal vez algún día, - ¿
Qué día será ese? - ya nada nos separaría,
ni nuestra juventud ni nuestra condición; algún día
yo te contaría cuentos junto al fuego mientras tu acariciarías
mis canas y te estremecerías de miedo, después, te cogería
de la mano y te acompañaría gentil hasta tu alcoba, construida
en la casa junto al aljibe del viejo José, que aún seguiría
siendo viejo, como los magos de los cuentos.
Pero la Luna siempre se escondía temerosa del alba traicionera
que le arrojaba su tinta rosácea de calamar celeste, y nosotros
nos despedíamos con un beso apresurado y una promesa de eternidad,
un dia más. Aún tengo tatuados en mi alma, como en un negativo
de mis sentidos, aquellos ojos tuyos, que de tan negros conservaban la
noche en pleno amanecer delator, que mantenían mi camino agradable
y oscuro como guarida de fiera hasta que llegaba a mi guarida y me desplomaba
ciego y muerto, soñando con la noche, soñando contigo Amanda,
y me despertaba soñando.
Y soñando contigo, Amanda, me dirigía a la fábrica,
donde alguien con gestos ostensibles me animaba al esfuerzo contínuo,
a levantar al país, al mundo, al universo, a levantar a todos menos
a mí, a todos menos a los que unían su brazo al mío
para hacer semejante esfuerzo. Y yo no pensaba más que en tí,
¿ Qué harías en ese momento en que yo atornillaba
una tuerca ajena y la luna te había abandonado ? ¿ Me recordarías,
Amanda ? ¿ Soñarías conmigo ? . Yo contigo sí.
Hasta que me despertaba el capataz con el látigo de lo cotidiano
y me recordaba que estaba en el mundo de los supuestos vivos.
Pero a tu familia no les gustaba, demasiado simple, demasiado pobre, demasiado
dueño de un solo destino: amarte.
Te recuerdo Amanda, las calles mojadas, y tú al fondo, contra el
gris del ayer...
Hoy el mundo es distinto, yo sigo igual, viviendo tu ausencia y tu recuerdo,
que ahuyentan mis dragones.
Pero hoy te vi, o creí verte, un poco ajada por el demonio que
se esconde tras el tiempo, pero ¡Tan bella!... Te recuerdo como
un destello al abrir los ojos, te recuerdo como el color del cielo en
el Mediterráneo, te recuerdo como carne que morder, te recuerdo...
Amanda.
Paco Espada
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