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Uno de los símbolos
de la guerra de Iraq, símbolo que difícilmente se borrará
de mi memoria, por mucho que esta se llene con los milagros que hagan
los americanos en ese país de ahora en adelante, es Alí.
Me refiero a ese niño de doce años al que una bomba "inteligente"
le arrancó los dos brazos, y de paso se llevó la vida de
su padre, de su madre y de sus cuatro hermanos. La bomba, que solo entiendo
que se la considere inteligente si se la compara con los que ordenaron
su lanzamiento, le ha cambiado la vida a Alí; una vida que no debía
ser maravillosa, pero que la vivía mejor o peor rodeado del calor
de su familia; una vida en la que ese calor ha sido sustituido por fuego,
el del infierno. El infierno de la soledad, el infierno de la mutilación,
el infierno de las quemaduras que han ennegrecido su cuerpo.
Los norteamericanos quieren implantarle unos brazos (Dios, que da la llaga
también da la medicina; y algunos se creen Dios), y Alí
está de acuerdo, porque dice que así podrá trabajar;
curiosa idea en un niño de doce años, y que muestra lo distinto
que es su mundo del nuestro, en el que los niños piensan en el
fútbol y en la play. Pero Alí también ha dicho otras
cosas, que su dolor es como una montaña, ¿cómo será
ese sufrimiento, como serán las montañas para él,
que vive en un país sin montañas? Cuando le oigo hablar
no escucho a un niño, parece un hombre de cuarenta años
que ha pasado por cien calvarios. Podría ser que las palabras que
salen de la boca de Alí hayan sido enseñadas por algún
adulto de su entorno, y eso sería un consuelo, porque significaría
que aún piensa como un niño, pero su mirada lejana, fija
en algún punto de sus recuerdos, desmiente esa posibilidad. Si
piensa así con doce años, ¿cómo pensará
con treinta? Dice que odia a los que le hicieron eso; es lógico,
y será muy difícil que nadie le convenza de que todo lo
que ha ocurrido es por su bien, por el bien de la familia que ya no tiene,
o por el bien de su pueblo, personas y casas, ahora en ruinas. Nadie podrá
convencerle de que esta fue una guerra humanitaria, de que el piloto que
jugaba el videojuego de la muerte trabajaba por la paz.
Porque Alí, el niño sin brazos y sin familia, indefenso
como su gente, cuando piense en la paz no verá una paloma blanca
con una ramita de olivo en el pico, verá un pajarraco enorme pintado
de camuflaje que arroja sus heces de destrucción sobre los inocentes.
Que tengas mejor suerte Alí, daño colateral.
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