|
El matrimonio de Pedro Malas
Artes
Había una vez una moza que era rondada
por un rapaz que, aunque tenía buena planta, no tenía mucha
sal en la mollera. Muy listo no era, ni mucho ni poco, es decir: nada.
Se llamaba Pedro el mozo, pero le daban en decir "Pedro Malas Artes",
no por su maldad, que no la tenía, sino por los desaguisados que
organizaba él solito.
La moza que él rondaba fue un día a dar de comer a los cochinos
que tenía. Pedro estaba de visita en casa de ella, y desde la cocina
le oyó decir: "siete puercos menos seis nunca veis, pero os
mordéis", que viene a querer decir: os j..., os aguantáis;
ya que la comida que les había llevado estaba hirviendo y les quemaba
los hocicos, y los animales se quejaban.
Pero Pedro no lo entendió así, porque, como hemos dicho,
muy listo no era. "siete cerdos y otros seis hacen trece, ¡No
sabía que esta mujer fuera tan rica! Me tengo que casar con ella
enseguida, antes de que otro me la quite" pensó el bueno de
Pedro, y dicho y hecho: en cuanto la mujer regresó le pidió
que se casara con él inmediatamente; cosa que hicieron una semana
después.
Pero la vida de casado no solo era holgar como Pedro creía,; un
día llegó su esposa y le dijo:
- Pedro, el arado está roto, y no tenemos yugo ni herramienta que
valga la pena, así que a ver que hacemos.
El bueno de Malas Artes entendió la indirecta, aunque parezca mentira,
y le dijo a su mujer:
- Pues mañana mismo voy a cortar un carballo (un roble en nuestras
tierras), lo traigo a casa y yo mismo hago las herramientas.
Al día siguiente unció la pareja de vacas al carro y se
fue a un monte cercano; buscó un árbol en condiciones y
escogió el carballo más grande que encontró. Después
de unas cuantas horas de hacha y sudor el roble comenzó a ceder,
y Pedro pensó:" si pongo el carro debajo, cuando caiga el
carballo quedará encima y me ahorraré el trabajo de cargarlo".
Dicho y hecho, colocó el carro junto al árbol con vacas
y todo, cuando el corpulento y pesado roble cayó, aplastó
carro y vacas.
- Pero quei fice - el infeliz se echaba las manos a la cabeza -
rompí el carro y maté las vacas, y ahora mi mujer me va
a matar a mí. Ya sé: me voy a poner en ese camino por el
que pasan los gallegos que, como cambian de todo, me cambiarán
a mí también, así luego ella no me reconocerá.
Así pues, se fue al camino por donde pasaban los buhoneros gallegos
camino de la meseta, con la esperanza de que le cambiaran por otro, ya
que en su simpleza, Pedro creía que hacían trueque con todo,
incluidas las personas. Se tumbó a un lado en la hierba para esperarlos,
pero al rato se quedo dormido.
Cuando despertó ya estaba el Sol muy alto y tenía hambre,
pero recordó lo que le había pasado y le dio miedo volver
a casa; pero el hambre pudo más que el miedo, así que, muy
lógicamente pensó:
- Ya no soy yo; ya me cambiaron los gallegos.
Y se marchó a casa tan contento. Mientras, como tardaba en volver
su mujer había salido a buscarlo. Dentro de la casa no había
nadie y la comida estaba sin hacer; su suegra, con la que vivían
tampoco estaba, ya que debía estar trajinando en el huerto.
"Qué hambre tengo" pensaba, y fue a la alacena y cogió
lo primero que encontró dentro, que no era otra cosa que un trozo
de manteca del tamaño de un queso, al cual, ni corto ni perezoso
ensartó en un espetón y lo puso a asar en la lumbre. Bajó
después por vino a la bodega y, cuando estaba sirviendo el vino
de un pellejo que allí había a una jarra recordó
la manteca que había dejado en la lumbre y subió corriendo
porque temía que se le quemase, pero cuando llegó a la cocina
se encontró con la manteca derretida y echando chispas sobre el
fuego. Entonces recordó algo:
- ¡Ay, que me he dejado el pellejo abierto!
Bajó corriendo a la bodega y se la encontró convertida en
lagar, las patatas; las banquetas y todo lo que estaba en el suelo nadando
en vino. Chapoteando en el caldo huido buscó a tientas una escoba
para barrerlo, pero solo encontró a una gallina que había
elegido un rincón del sótano para incubar. Sin pensárselo
demasiado, cogió la gallina por las patas y se puso a barrer el
vino con ella, pero con tanta energía que acabó matando
al pobre animal.
- Esta gallina es de mi suegra - pensó al verla muerta - si se
entera me mata, si no lo hace antes mi mujer por las vacas, además,
¿quién incubará ahora los huevos? Ya sé lo
que voy a hacer: los incubaré yo, y así pensarán
que soy la gallina y me dejarán en paz...
En esto andaba cuando llegó la suegra diciendo:
- Mi pobre gallina, las horas que son y aún no le he dado de comer
- y la llamaba - Pita, pita, ven por la comida.
Y Pedro desde la bodega no hacía si no cloquear para que la vieja
no notara la falta. Pero la mujer, viendo que la gallina no aparecía
bajó a buscarla, encontrándose a Pedro Malas Artes sentado
en el nido y cloqueando. Al ver a la mujer, se llevó tal susto
que salió corriendo de la bodega y de la casa, y la mujer salió
detrás insultándole; lo huevos, que se le habían
pegado a los pantalones comenzaron a caerse a causa del vaivén
y Pedro, pensando que eran piedras que le estaba tirando la suegra y que
caían muy cerca, no paró de correr hasta Portugal.
Cuando su mujer llegó a casa y vio los destrozos que Pedro había
hecho se dio a todos los demonios y lo maldijo echando culebras por la
boca, y ya no quiso saber nada más de él. Se quedó
en casa con su madre y vivió feliz sin pensar ni por asomo en buscar
otro marido.
|