(NOTA: Les acerco esta
“crónica-reflexión” por si les interesa darla a
publicidad. Las personas que la leyeron me instaron a darla a conocer. Pueden
Uds. usarla del modo que crean conveniente. Sólo les pediría un
breve aviso sobre su publicación. ¡El Señor los bendiga y
los cuide!.)
Con su muerte
se hizo realidad
su sueño
PRIMER MILAGRO DEL PAPA JUAN PABLO II
Hoy, viernes 8 de
abril de 2005, despedimos a Juan Pablo II.
Con esta
crónica me gustaría transmitirles lo que vivimos.
Desde que
murió Juan Pablo, Roma es otra ciudad, y nosotros también hemos
cambiado. Esta mañana, mientras miraba su humilde cajón, pensaba
¿qué hizo este hombre para merecer tanto cariño y
admiración?… Dos millones de personas viajaron para despedirlo. Y
muchísimos más hubieramos dado cualquier cosa para que no se
fuera.
Nuestra Iglesia lo
hizo todo bien, hasta en sus mínimos detalles.
El gobierno de
Roma y de toda Italia estuvieron maravillosos.
Antes dije que
“nuestra Iglesia lo hizo todo bien” hasta en los más
pequeños detalles, como reservar un cuarto de la plaza para los
peregrinos polacos, como entregar a los participantes los textos de la misa
exequial (incluída la homilía) en distintos idiomas…
Por su parte, los
diarios italianos parecían diarios católicos: trataron al Papa
con tanto cariño y buen gusto como si fuera el mejor de los italianos.
Las emisoras de radio y de TV le dedicaron hermosos programas y reseñas
especiales durante días y días: hasta las elecciones regionales
del domingo 3 de abril quedaron relegadas a un segundo plano. Roma quedó
empapelada con afiches en colores y diferentes mensajes: “Gracias, Juan
Pablo II”, “Adiós, Karol” y otros.
Después de
participar de la misa exequial, no quise volver al convento: quería
estar con la gente, seguir caminando con los demás, sentir y pensar con
ellos… Como el gobierno de la ciudad había prohibido la
circulación de todos los medios que no estuvieran al servicio de la
celebración, podíamos caminar por las calles sin problemas:
había miles de policias a ambos lados de las principales avenidas y
cruces, pero para cuidar a la gente, no molestaban a nadie. Los voluntarios
repartiendo botellas de agua mineral… Pero, lo más hermoso era
estar en medio de esa marea humana que, en silencio, caminaba y meditaba sobre
lo que había ocurrido: Juan Pablo ya no estaría más con nosotros…
Una señora me dijo “Quedamos huérfanos”…
Sí, papá se había ido y nosotros debíamos hacernos
cargo de nuestras vidas.
Varias veces me
pregunté ¿por qué estoy caminando con ellos? ¿a
dónde vamos?… No sé porque, pero todos íbamos hacia
el Coliseo, y allí nos quedamos. Yo tenía la sensación de
que “todos sentíamos lo mismo, todos nos queríamos
respetar, acompañar, hacernos bien unos a otros, mirarnos con
cariño como si fuéramos amigos desde siempre, una fresca
sensación de acoger a los otros como hermanos sólo con una mirada
cálida, comprensiva, suave”…
¿Qué
hizo este pequeño-gran hombre para que nos sintiéramos
así, para que nos miráramos así?… Tal vez,
sencillamente, él nos miró así, y nos hizo sentir
aceptados, serena y gratuitamente amados, como hijos y hermanos en una
soñada gran familia… No sé. Cuento lo que ví y
experimenté mientras “alguien” me llamó a estar y
caminar con mis hermanos, por las calles de Roma, compartiéndolo todo
sin usar palabras porque no hacían falta…
Era como si Juan
Pablo hubiera creado ese clima, ese “milagro” que él, ahora
nos damos cuenta, trató de hacer realidad durante estos años. Ahora entendemos mejor sus
encíclicas… que muchos, en su momento, ni siquiera leímos
porque “¿qué podía decirnos de nuevo el
Papa?”.
Maduramos,
evidentemente maduramos: un día nos damos cuenta que “papá
tenía razón”. ¿Lo habrán entendido así
“los grandes de la tierra” mientras se daban la paz en la misa de
despedida?.
Doy gracias a Dios
por haber participado en estos acontecimientos y por haberlos sentido tan
profundamente. Ahora hay que volver atrás para descubrir su legado, para
hacer nuestra su herencia. ¿Qué quiso decirnos Juan Pablo II
durante todos estos años?
Para mí, y
tal vez para muchos otros, quiso alentarnos a no tener miedo a la vida, a los
hombres, al sufrimiento y al trabajo, a la esperanza y a la alegría. Que
no tengamos miedo de amar a los jóvenes, a los pobres, a los alejados, a
los que no piensan como nosotros. Que no tengamos miedo a la libertad, a la
belleza, al arte, a la paz, a
Que la vida de
Juan Pablo II sea un estímulo constante para ser fuertes, entusiastas,
llenos de amor, incansables, fervorosos, siempre a favor del hombre y de la
vida, de la paz y del bien, de Jesús y su bendita madre María.
Siento que la vida
y la obra de nuestro querido Padre nos invitan a encontrar en él un
modelo y constante aliento para nuestra vida y nuestras tareas: él
ruegue por nosotros para seguir sus pasos y su entrega generosa.
Ahora Jesús
nos dará otro Vicario, ahora conoceremos otra forma de guiar al Pueblo
de Dios, alguien que pronunciará otras palabras, que tendrá otra
sonrisa, que nos invitará a asumir los desafíos de nuestro tiempo…
Pero que lo nuevo no nos haga olvidar las enseñanzas y ejemplos del Papa
que hoy despedimos. Volvamos sobre su gran enseñanza: no tener miedo
al esfuerzo que exige y acompaña al amor.
Esta tarde,
mientras caminábamos, una persona me preguntó si lloré durante
las exequias del Papa. Le contesté “Sí,
lloré”. Y ahora mismo volvería a hacerlo, pero de
alegría, porque me parece haber
encontrado hoy
"mi lugar" entre la gente, en la inmensa familia de las personas que
aman, comprendren, esperan, perdonan y sueñan: “yo soy uno de
ellos“, ellos me lo decían con sus miradas, y yo les aseguraba
-sin palabras- que los quería, quee siempre los había buscado y
que ¡por fin! alguien nos había enseñado el camino para
encontrarnos. Siempre fuimos amigos y hermanos, lo sabíamos, y hoy nos
habíamos encontrado, y disfrutábamos del encuentro. Ya nadie
podría quitarnos esa alegría, ni personas ni distancias:
habíamos descubierto la felicidad de vivir la comunión. Y nos
imaginamos que, tal vez, sea eso la vida eterna, el así llamado Cielo,
infinitamente iluminado un día con la presencia del Padre.
¿Estábamos
equivocados?... Esa pregunta no apareció en nuestros labios porque no
teníamos ni tiempo ni ganas de hacerla: era todo tan evidente que
sólo quisimos gozar de esa certeza.
Al atardecer,
volviendo al convento San Francisco, me detuve por un momento a mirar las aguas
del Tiber. Y, sin habérmelo propuesto, me sentí cantar:
- ¿Qué
viste en la noche, dinos centinela?
¿Qué viste?…
- Vi los
cielos nuevos y la tierra nueva.
Cristo
entre los vivos y la muerte muerta.
Dios en
las criaturas ¡y
eran todas buenas!…
Nunca más
miraremos a las personas de otra manera, gracias a ÉL!...
Padre Damián
Via San Francesco
a Ripa, 20 (Tel. 0039 06 5881121)
00153 ROMA
(Italia)
Damián.