LAS GARRAS
DE CÓMO TOMAR GUSTO POR LA TRASCENDENCIA DEJANDO ATRÁS EL DESEO EN LUJURIA
Síntesis
Solo nuestro gusto por la búsqueda consciente de regresar a Dios nos puede liberar sin artificio del deseo en lujuria o deseo de la contante excesiva y personal posesión y goce del mundo y del cuerpo para dejar vivo en nosotros el gusto del disfrute justo del mundo y nuestro cuerpo fundidos en el verdadero amor.
Reflexión
¿Cómo hemos de librarnos de las garras que cual fieras atormentan nuestras carnes?, ¿Cómo retraer su hiriente filo para convertir su roce en solo suave caricia?
Hemos de saber ante todo que el mundo a nosotros corresponde, que el deseo a nosotros corresponde, que nuestro yo en el cuerpo a nosotros corresponde y que nuestro espíritu también nos corresponde.
Hemos de saber que ya paso el tiempo del infierno y del príncipe del mal y el tiempo de la propia negación.
Hemos de reconocer como visiones centradas en la tentación y el castigo, o, la visión de la negación del yo, solo auscultaban nuestro temor el cual hay que superar.
Hemos pues de saber que tanto la tentación, como nuestro temor al castigo para contenerla, o, nuestra flaqueza para aceptarnos nacen es de nuestro propio corazón.
No hay ningún poder externo a nuestro corazón que nos llame en espera de obtener para si nuestro cuerpo y alma unidos al fuego eterno.
Nuestro único y total castigo ante nuestra debilidad es el no retorno al Padre hasta tanto nuestros actos no sean dignos del mismo.
Nuestro ser es capas hoy de reconocer como es de nosotros mismos donde nace nuestra propia flaqueza. Como nace dentro del ser la obstinación de sujetarse al mundo mas halla de lo estrictamente necesario. Y como en este apego se refuerza y revive nuestra propia debilidad.
Es nuestro cuerpo quien crea o recibe la ocasión para su propio provecho.
En el mundo es difícil desde siempre contener el vacuo llamado del apego si no se tiene una visión trascendente. (más ahora cuando se ha multiplicado por todo nuevo medio el llamado al deleite sensorial sin importar el precio que haya que pagar para obtenerlo) ¿Para que contener un hedonismo egoísta si nuestra vida no va mas allá de nuestra muerte? Es lo que pareciera pregonarse a cada paso en busca de vender o hacer despertar el deleite sensorial unido al propio cuerpo.
En este punto se encuentra en muchos su estado de conciencia. El goce sensual corresponde a su llamado y corren tras el mismo pervirtiendo toda regla y su propia humanidad e invitando en ello a todos a seguirles en su juego.
Puestos en una creencia trascendente la visión se torna diferente, mas allí también hay que olvidar toda imposición hechas con la advertencia de un castigo puesta en nuestro camino. Las imposiciones y los castigos cual rígidos mandatos carentes del aglutinante amor tal vez fueron necesarios en una etapa más obtusa de conciencia que en la carencia de conciencia terminaron convertidos en cadenas.
Antes de nuestra ampliación de la conciencia, en la antigua comprensión trascendente el camino estaba ligado al temor. Temíamos ser sujetos de tentaciones y las situábamos por fuera de nuestro propio corazón. Temíamos ser arrastrados por nuestras apetencias y negábamos nuestra existencia individual. Este camino acarreaba necesariamente el dolor y el dolor marcaba todos nuestros actos.
Las respuestas al dolor oscilaban entre:
Ver el deseo como una tentación externa y luchar por contenerlo ofreciendo el dolor de esta lucha como el precio a pagar por la propia trascendencia, o.
Negar nuestra propia individualidad para acallar en ello el deseo y evitar así su dolor para unirnos a un estado donde la quietud total nos absorbiera.
Resulta mas justa ante nuestra acción en el mundo una antigua respuesta purificada en el fuego de nuestra propia comprensión:
Nuestra visión a de ser declararnos en cada acto servidores del Señor en su calidad de absoluto e individual que también como parte integrante de nuestra propia individualidad nos anima a gozar en el justo medio del amor, de nuestros gustos y apetencias dispuestas también por Él para nuestro propio desarrollo.
El estar en el justo medio del amor significa que nuestros gustos y apetencias no pervierten a la sociedad en su conjunto y no la dañan a ella, y, a nosotros mismos tampoco nos dañan o apartan del camino trascendente.
Hemos de reconocernos como chispa y como llama, hemos de reconocernos no solo como servidores sino como señores de nosotros mismos y copartícipes de lo absoluto en su misma esencia y sus mismos anhelos.
En la medida de lograr esta comprensión y de dejar de procurar caminar en contrario a la misma, las tentaciones y los deseos se irán diluyendo en este único y total deseo.
Todo se centra es en el amor como la fuerza primigenia en la que se han de conjugar armónicamente todas nuestras facultades.
Nuestras facultades: materiales, sensoriales, mentales y conscientes se ha de buscar fundir en el amor a Dios y este amor en la medida de ser verdadero conjuga nuestro amor por nuestro ser individual fundido e integrado al absoluto del que todo y todos somos parte.
Igualmente Dios se funde en su amor en nuestro ser individual y nos permite el goce de las facultades en nuestro ser individual en tanto se conjuguen armónicamente, nuestro ser en Dios y Dios en nuestro ser.
En la medida de nuestro creciente amor al Padre cualquier deseo o dolor se va convirtiendo cada día en mas pequeño ante este máximo deseo y su goce o carencia no disminuyen el máximo goce de ser en Él, mas el deseo en el amor nos ajusta a Él y a nosotros mismos como remansos de paz en la fatiga del camino y el dolor nos señala como aún somos parte en el camino..
Por tanto cultivemos en nuestro ser el amor al Padre para que nuestro deseo, temor o dolor se vayan haciendo cada día más justos a nuestro deseo en trascendencia.
Ricardo Muñoz