Propicia la ocasión, diáfana la noche,
el cielo se adornaba con la luna y las estrellas,
volaban al aire danzarinas cual centellas
las notas melodiosas de acordes tropicales.
La gente gozosa se esparcía
algunos con el fruto de la parrilla
a mantelles raudos se movían,
otros sentados en sus sillas
al son de agridulces aguardientes
calentaban el bullir de la mente,
allí los más alborotados
en el naciente baile
gozosos danzaban abrazados,
y en un rincón un par de enamorados
olvidándose de miradas subrepticias,
se recreaban con besos y caricias.
Todo era un hervir de sensaciones
se expandía una aromática belleza,
no había pues lugar a la tristeza,
pleno el solazar de alegres corazones.
Fue entonces cuando por un solo instante
el que no podré olvidar de hoy en adelante
cuando brilló una luz no sé de donde salida
iluminando para mí la escena vivida.
No fue un magnético destello de enceguecedor brillo
mas bien fue como un haz infrarrojo
imperceptible a otros ojos
quien descubrió para mí el bullir de la revuelta
a través del prisma de mi conciencia yerma.
Puede así ver de todos la osamenta
no como inmóviles desechos de batallas cruentas,
sino actuando como una floreciente raza ya posesionada
Unas eran blancas y esbeltas cual columnas gélidas
otras corvas y amarillas como el fruto de la trilla
había rotas y astilladas cual árboles de partidas ramas
y la más bella con visos diamantinos.
Desde entonces por siempre he predicado
el producto de este instante alocado,
si tú piensas de esta forma nunca yerras,
al final no somos más que alegres calaveras.
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